Sin la naturaleza, los seres humanos no podrían estar sanos ni ser felices. Y, sin embargo, el mundo natural puede ser arrasado por completo sin que eso provoque ni el más mínimo cambio en nuestros indicadores habituales de progreso económico o pobreza.
Una importante reunión de la ONU sobre medio ambiente analizó recientemente la posibilidad de poner en marcha una evaluación de los distintos valores que las personas atribuyen a la naturaleza y de lo que esta aporta a las sociedades humanas. Sin embargo, estas conversaciones de alto nivel serán inútiles a menos que nuestras medidas del progreso social se amplíen para incluir explícitamente lo que la naturaleza aporta al bienestar y la prosperidad de las personas, especialmente de las más pobres.
La naturaleza importa para el bienestar de las personas de muchas maneras distintas. Es evidente que nos proporciona necesidades básicas como alimentos, aire limpio y agua, además de protección frente a los peligros ambientales. También existe una relación clara con el bienestar físico y mental, especialmente para quienes tienen la fortuna de acceder a espacios verdes.
Más allá de estas funciones instrumentales, hay pruebas en todo el mundo de que la naturaleza contribuye de manera más fundamental al sentido de identidad de las personas. Es una parte integral de lo que constituye el bienestar, algo que para algunas personas se refleja en los momentos sobrecogedores de estar en la cima de una montaña, en la impresionante vista de un hermoso río o en la sensación de libertad que produce recorrer un paisaje abierto y extenso.
El problema de los indicadores económicos
A pesar del valor que obtenemos de la naturaleza, nuestras medidas del progreso y el bienestar siguen siendo mucho más limitadas y se centran en lo visible y mensurable. El producto interno bruto (PIB) ha sido el enfoque predominante desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pues se considera una instantánea útil del estado de la economía y del bienestar de las personas. Estas cifras suelen ocultar aquello que, como el papel de la naturaleza, no se mide en la economía monetaria, pero forma parte importante de la vida cotidiana y puede ser crucial para sostener la prosperidad futura.
Existen alternativas. Una que ha cobrado cierto impulso es el Índice de Riqueza Inclusiva, que tiene en cuenta medidas más amplias del bienestar humano y natural; su evaluación más reciente indicó que las cifras convencionales del PIB habían exagerado considerablemente el crecimiento durante el período 1992-2010. En el ámbito del desarrollo internacional, el Índice de Desarrollo Humano de la ONU y el «índice de pobreza multidimensional» reconocen un conjunto más amplio de cuestiones y combinan los niveles de vida material con medidas de salud y educación. Sin embargo, siguen sin incorporar adecuadamente el papel de la naturaleza.
Ignorar la naturaleza crea algunas paradojas perversas. El PIB medido podría incluso aumentar a raíz de un gran desastre ambiental, debido a la actividad económica que generan las labores de limpieza y reparación. Mientras tanto, las propias pérdidas ambientales no aparecen en las medidas económicas. Un país podría enriquecerse talando todos sus bosques primarios (y muchos lo han hecho), pero la pérdida asociada de hábitats y especies silvestres no quedaría reflejada en las cuentas nacionales.
Los gobiernos siguen tomando decisiones basadas en un conjunto clave de cifras principales. Entre ellas figuran el PIB y el ingreso per cápita, que reflejan la prosperidad económica, y, en los países más pobres, la magnitud y la incidencia de la pobreza. Pero podemos hacerlo mejor: nuestra investigación en curso se centra en desarrollar medidas de la pobreza multidimensional ajustadas en función del medio ambiente, partiendo de la idea de que las personas suelen ser más pobres cuando no tienen acceso a la naturaleza.
Nuestra investigación indica que no tener en cuenta estos aspectos ambientales omitidos puede dar lugar a una evaluación incompleta de las múltiples dimensiones de la pobreza y de los factores que la originan. En consecuencia, tanto la identificación de las personas pobres como la comprensión de las causas de su pobreza corren el riesgo de ser parciales, lo que dificulta abordar la pobreza de manera adecuada.
El statu quo actual perjudica a las personas, especialmente a las más pobres, y también amenaza la prosperidad futura al infravalorar la naturaleza. Quienes se benefician de los enfoques actuales suelen ser las élites globales que obtienen ganancias de la destrucción ambiental, que pasa inadvertida.
Quienes salen perdiendo son quienes más dependen de la naturaleza para sus medios de vida y quienes son especialmente vulnerables al cambio ambiental. Incluso cuando se asigna un valor a la naturaleza, este suele traducirse en equivalentes monetarios, lo que favorece a quienes pueden y quieren dividirla en pequeños lotes comercializables que luego se venden al mejor postor. Esto no tiene en cuenta las opiniones de quienes creen que la naturaleza importa de otras maneras o por sí misma, y valoran la belleza de la naturaleza y la pura alegría que brinda a tantas personas.
Las consecuencias de desatender las diversas opiniones y aspiraciones de las personas se han hecho evidentes en acontecimientos políticos recientes en Europa y Estados Unidos. La naturaleza importa para nuestro bienestar, y las personas conciben de muchas maneras distintas su relación con ella. Reconocerlo es un paso crucial para construir una sociedad más inclusiva, equitativa y sostenible.




