Un nuevo estudio ha analizado cómo contribuyen los sistemas alimentarios a las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
Según se desprende del estudio, en 2015 los sistemas alimentarios mundiales fueron responsables de entre el 25 % y el 42 % (o aproximadamente un tercio) de todas las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (GEI).
Según los expertos, es urgente reformar los sistemas alimentarios para hacerlos más sostenibles.
Cada alimento tiene una historia que contar. Los kiwis pueden cultivarse en Nueva Zelanda, pero pueden transportarse por avión a todo el mundo para acabar en un estante de un supermercado en EE. UU. El maíz puede comenzar su vida en Argentina y luego enviarse a miles de millas de distancia, al Reino Unido, para convertirse en cereales para el desayuno. Cada etapa del recorrido de un alimento produce gases de efecto invernadero, ya sea por las emisiones de carbono de los bosques que se talan para cultivar, o por el metano liberado por el ganado, como las vacas y las cabras. También están los gases de escape de los camiones, trenes, barcos y aviones que transportan alimentos a través de las fronteras, y los gases fluorados que se filtran de los refrigeradores que mantienen los alimentos frescos hasta que se compran.
Un nuevo artículo publicado en Nature Food ofrece una visión de los sistemas alimentarios al estimar cuántos gases de efecto invernadero (GEI) se emiten cuando los alimentos se producen, procesan, transportan, envasan, consumen e, incluso, se desechan. Según se desprende del estudio, en 2015 los sistemas alimentarios mundiales fueron responsables de entre el 25 % y el 42 % (o aproximadamente un tercio) de todas las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (GEI).
Antes de la publicación de este artículo, otros estudios trataron de cuantificar las emisiones de GEI de los sistemas alimentarios mundiales, entre ellos un informe de 2019 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) que concluyó que los sistemas alimentarios eran responsables de alrededor del 21 % al 37 % de las emisiones antropogénicas totales. Este nuevo estudio, realizado principalmente por investigadores de la Comisión Europea, se basa en el informe del IPCC, pero ofrece una visión más exhaustiva de las distintas etapas de la cadena alimentaria. Por ejemplo, no solo tiene en cuenta la energía necesaria para producir y distribuir los alimentos, sino también la que se requiere para cocinarlos y para desechar cualquier residuo.
Los resultados del estudio pueden consultarse en una nueva base de datos llamada EDGAR-FOOD, que forma parte de la Base de Datos de Investigación Atmosférica Global de Emisiones (EDGAR) de la UE.
Si bien todas las etapas de la cadena alimentaria contribuyen de forma significativa a las emisiones mundiales de GEI, el estudio reveló que la pesca, la acuicultura y la agricultura produjeron la mayor cantidad de emisiones —alrededor del 39 %— del sistema alimentario mundial en 2015. El uso de la tierra y los cambios en el uso de la tierra fueron el segundo mayor contribuyente, con alrededor del 32 % de las emisiones de GEI del sistema alimentario. Después, la distribución (incluidos el transporte, el envasado y la venta), el procesamiento, el consumo y la eliminación de residuos representaron el 29 % restante.
El estudio también reveló que, en 2015, los países industrializados emitieron el 27 % de los GEI relacionados con los sistemas alimentarios mundiales, mientras que los países en desarrollo emitieron el 73 % restante.
Adrian Leip, coautor del estudio y miembro de la Comisión Europea, afirmó que este artículo confirma en gran medida estimaciones anteriores, pero que también arrojó algunos detalles sorprendentes. Según explicó, un hallazgo interesante fue que el transporte regional de alimentos emitió muchos más GEI que el transporte de larga distancia. Por ejemplo, el transporte de alimentos por carretera representó el 81 % de las emisiones del transporte de alimentos, y el ferrocarril, el 15 %. Por otro lado, el transporte marítimo solo contribuyó con un 3,6 %, y la aviación, con alrededor del 0,4 %.
“Hay que decir que los datos sobre el sistema alimentario que utilizamos aquí son en sí mismos inciertos, pero aun así demuestra que la idea de que lo local equivale a sostenible es muy compleja y tiene muchas facetas”, dijo Leip a Mongabay por correo electrónico. “Sin embargo, nos alegró ver que la aviación sigue teniendo una cuota muy pequeña. Es importante decir que esto no significa que esté bien comprar alimentos transportados en avión, [sino que] afortunadamente, todavía una cuota muy pequeña de los alimentos utiliza este medio de transporte”.
Alessando Galli, científico sénior de la ONG Global Footprint Network, que no participó en este estudio, afirmó que el artículo confirmó gran parte de lo que ya se sabe sobre las emisiones de GEI de los sistemas alimentarios, pero que ofreció una visión más detallada de las actividades que generan esas emisiones.
“Con demasiada frecuencia, en mi opinión, la mayoría de los estudios … que abordan la sostenibilidad de la agricultura se centran solo en el lado agrícola, en el lado de la producción, [pero] se excluyen otras etapas de la cadena alimentaria, como el procesamiento de los alimentos, el transporte, el almacenamiento, el consumo y, después, la eliminación de los desperdicios alimentarios”, dijo Galli a Mongabay en una entrevista. “Creo que un aspecto muy positivo de este estudio es que proporciona información sobre la … cantidad total [de] gases de efecto invernadero que se libera[n] debido a todas estas distintas etapas de la cadena de suministro de alimentos.”
Sin embargo, afirmó que el estudio no indicó explícitamente que las altas emisiones procedentes de países en desarrollo o de bajos ingresos se deberían en gran medida a «las elecciones dietéticas de las personas» de los países desarrollados «que se encuentran lejos de esos lugares».
Un estudio de 2016 coescrito por Galli demuestra este concepto al mostrar que la mayoría de los países mediterráneos dependen de las capacidades biológicas de otras naciones para abastecer la mayor parte de sus alimentos. También concluyó que los países que prefieren dietas ricas en proteínas, con gran cantidad de carne, lácteos y pescado, requerían la mayor cantidad de energía y recursos para producirlas.
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En general, la forma en que los sistemas alimentarios funcionan actualmente no es sostenible, afirma Galli.
“Ya estamos demandando el equivalente a 1,6 planetas de recursos”, dijo. “Así que se ve que se ha superado el límite del único planeta que tenemos.”
La Tierra tiene nueve “límites planetarios”, según un grupo de científicos internacionales dirigido por Johan Rockström, del Centro de Resiliencia de Estocolmo, y Will Steffen, de la Universidad Nacional de Australia. Cada límite se refiere a un proceso del sistema terrestre que es esencial para regular la estabilidad y la resiliencia del planeta, pero que tiene un límite ambiental hasta el cual puede tolerar los cambios provocados por las actividades humanas. Por ejemplo, el límite seguro para el cambio climático, que se correlaciona con la cantidad de dióxido de carbono en el aire, se fijó en 350 partes por millón, pero se superó en 1988, lo que empujó a la Tierra a una zona de incertidumbre. Otros límites planetarios, como los cambios en el uso de la tierra y los cambios en los flujos biogeoquímicos, también han superado sus límites seguros de funcionamiento, y las actividades agrícolas contribuyen a alterar estos sistemas, según una investigación.
Cuando se superan algunos de los límites planetarios, el bienestar humano puede verse comprometido. Pero cuando se rebasan los límites fundamentales, como el cambio climático y la integridad de la biosfera, la Tierra puede entrar en un nuevo estado, según la investigación.
Los científicos que participaron en el estudio de Nature Food sugieren que el sector alimentario requerirá «políticas de mitigación específicas» para que los sistemas alimentarios sean más eficientes energéticamente y menos contaminantes. Galli afirma estar de acuerdo, pero añade que las personas también pueden desempeñar un papel importante para que los sistemas alimentarios sean más sostenibles. Por ejemplo, afirmó, los esfuerzos por reducir el desperdicio de alimentos, consumir productos de temporada y adoptar una dieta basada en plantas pueden marcar la diferencia.
«Creo que el tenedor», dijo, «es la herramienta de sostenibilidad más poderosa que tienen las personas».








