Por qué las turberas del mundo son clave para frenar el cambio climático

A channel, blocked with a dam, is seen at a marsh called Galoye, near the town of Cherven, Belarus October 2, 2018. The new GEF (Global Environment Facility) funded and UNDP (United Nations Development Programme) implemented “Wetlands” project, which will help to restore 12,456 ha of the degraded peatland forests, and decisions on restoration/wise management of 260,000 ha of Belarusian peatland forests will be made, according to UNDP in Belarus. REUTERS/Vasily Fedosenko - RC19D1B8C4D0
Peatlands cover approximately 3.7 million square kilometres, roughly the size of than India.Image: REUTERS/Vasily Fedosenko
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  • Las turberas ocupan solo un pequeño porcentaje de la superficie terrestre del mundo, pero, y esto es crucial, almacenan casi una cuarta parte del carbono del suelo.

  • Desempeñan un papel vital en la regulación del clima, pero están amenazadas.

  • Un nuevo estudio de la Universidad de Estocolmo ha demostrado que el aumento de las temperaturas hará que las turberas pronto empiecen a emitir más carbono del que almacenan.

  • Los investigadores descubrieron que, limitando el calentamiento global, se podría evitar lo peor.

Las turberas cubren solo un pequeño porcentaje de la superficie terrestre mundial, pero almacenan casi una cuarta parte de todo el carbono del suelo y, por ello, desempeñan un papel crucial en la regulación del clima. Mis colegas y yo acabamos de elaborar el mapa más preciso hasta la fecha de las turberas del mundo: su profundidad y la cantidad de gases de efecto invernadero que han almacenado. Descubrimos que el calentamiento global pronto hará que estas turberas empiecen a emitir más carbono del que almacenan.

Las turberas se forman en zonas donde las condiciones de encharcamiento ralentizan la descomposición del material vegetal y la turba se acumula. Esta acumulación de restos vegetales ricos en carbono ha sido especialmente intensa en las zonas de tundra y taiga del norte, donde han contribuido a enfriar el clima global durante más de 10 000 años. Ahora, grandes extensiones de turberas de permafrost (suelo permanentemente congelado) se están descongelando, lo que provoca que liberen rápidamente el carbono congelado de vuelta a la atmósfera en forma de dióxido de carbono y metano.

Los geocientíficos llevan mucho tiempo estudiando las turberas. Han analizado por qué algunas zonas tienen turba y otras no y han estudiado cómo funcionan las turberas como archivos naturales a través de los cuales podemos reconstruir cómo eran el clima y la vegetación en el pasado (o incluso cómo era la vida humana: muchos seres humanos antiguos muy bien conservados han sido hallados en turberas).

Los científicos también reconocen desde hace tiempo que las turberas son componentes importantes del ciclo global del carbono y del clima. Cuando las plantas crecen, absorben CO₂ de la atmósfera y, a medida que este material se acumula en la turba, hay menos carbono en la atmósfera y, por tanto, el clima se enfriará a largo plazo.

Dada la importancia de las turberas del norte, puede resultar sorprendente saber que, hasta hace poco, no existía ningún mapa exhaustivo de su profundidad ni de la cantidad de carbono que almacenan. Por eso dirigí un grupo internacional de investigadores que elaboró dicho mapa, que podemos utilizar para estimar cómo responderán las turberas al calentamiento global. Nuestro trabajo acaba de publicarse en la revista PNAS.

Las turberas cubren gran parte del extremo norte y a menudo se superponen con el permafrost.Image: Hugelius et al / PNAS,

Las turberas son sorprendentemente difíciles de cartografiar, ya que su crecimiento está relacionado con numerosos factores locales diferentes, como la forma en que el agua drena en el terreno. Por ello, tuvimos que recopilar más de 7000 observaciones de campo y utilizar nuevos modelos estadísticos basados en el aprendizaje automático para elaborar los mapas.

Descubrimos que las turberas cubren aproximadamente 3,7 millones de kilómetros cuadrados. Si fuera un país, “Peatland” sería ligeramente más grande que India. Además, estas turberas almacenan aproximadamente 415 gigatones (miles de millones de toneladas) de carbono, tanta cantidad como la que almacenan todos los bosques y árboles del mundo juntos.

Muestreo de turberas en Siberia.Image: Gustaf Hugelius

Casi la mitad de este carbono de las turberas del norte se encuentra actualmente en el permafrost, el terreno que permanece congelado durante todo el año. Pero, a medida que el mundo se calienta y el permafrost se descongela, las turberas se colapsan y cambia por completo su relación con los gases de efecto invernadero. Las zonas que antes enfriaban la atmósfera al almacenar carbono liberarían, en cambio, más CO₂ y metano del que almacenaban. Descubrimos que el deshielo proyectado a partir del calentamiento global futuro provocará emisiones de gases de efecto invernadero que superarán y revertirán el sumidero de dióxido de carbono de todas las turberas del norte durante varios cientos de años. El momento exacto de este cambio aún es muy incierto, pero es probable que ocurra en la segunda mitad de este siglo.

Existen regiones con turberas de permafrost muy extensas en Siberia Occidental y alrededor de la bahía de Hudson, en Canadá. Estos entornos y ecosistemas únicos se transformarán profundamente a medida que el permafrost se descongele, y su característica combinación de montículos de turba congelada y pequeños lagos será sustituida por extensas zonas de turberas húmedas.

Estos cambios provocarán que se liberen más CO₂ y metano a la atmósfera, ya que la turba previamente congelada queda disponible para los microbios que la descomponen. El deshielo también conllevará grandes pérdidas de turba hacia ríos y arroyos, lo que influirá tanto en las cadenas tróficas como en la bioquímica de las aguas continentales y del océano Ártico.

Estos nuevos hallazgos refuerzan aún más la urgencia de reducir rápidamente nuestras emisiones, ya que la única forma de detener el deshielo del permafrost es limitar el calentamiento global. No existen soluciones de geoingeniería que puedan aplicarse en estas vastas y remotas zonas. Nuestros resultados muestran claramente que un calentamiento global más limitado, de entre 1,5 ℃ y 2 ℃, sería mucho menos perjudicial que nuestras trayectorias actuales de 3 ℃ a 4 ℃ o más.

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