La erupción del volcán La Soufrière está afectando a todos los aspectos de la vida en San Vicente y las Granadinas, con repercusiones en la seguridad alimentaria, los ecosistemas marinos y el sector del ecoturismo.
Las erupciones en San Vicente son solo el ejemplo más reciente de los daños que este tipo de sucesos puede causar a infraestructuras que no están diseñadas para ser resilientes.
Para crear las infraestructuras resilientes, sostenibles e inclusivas que estas islas necesitan, se requiere un cambio en la forma en que pensamos sobre la infraestructura y, después, en la manera en que llevamos ese pensamiento a la acción.
La erupción del volcán La Soufrière, tras permanecer inactivo durante 40 años, ha sumido a la nación caribeña de San Vicente y las Granadinas en niveles inimaginables de devastación y sufrimiento.
Miles de personas han sido evacuadas de sus hogares. Las escuelas y los comercios han cerrado. Pueblos enteros están cubiertos de ceniza gris, donde antes solo había un verdor exuberante del Caribe. Las nubes de ceniza han llegado incluso a islas vecinas como Antigua y Barbuda, Barbados, Granada y Santa Lucía.
Normalmente, una historia como esta habría conmovido a muchas personas, ya que las imágenes de un imponente La Soufrière humeante se difundieron y publicaron en todo el mundo. Sin embargo, con la pandemia de COVID-19 saturando todavía las noticias, esta es solo otra tragedia sumada a una situación ya devastadora.
Afecta a todos los aspectos de la vida
El impacto de las erupciones volcánicas afecta a todos los aspectos de la vida: los agricultores han perdido sus cultivos y su ganado, lo que repercute en la seguridad alimentaria no solo en San Vicente, sino también en las islas vecinas. Las erupciones han afectado a los ecosistemas marinos y a un sector del ecoturismo ya gravemente castigado, lo que agrava aún más los medios de vida.
La calidad del aire y la retirada de la ceniza siguen siendo motivo de gran preocupación. Como la ceniza contamina los recursos hídricos, la escasez de agua es grave. Todo esto ocurre durante la pandemia de COVID-19, cuando el acceso al agua limpia es una cuestión de vida o muerte.
Y el desastre no podría haber llegado en un momento más difícil para San Vicente, que lucha contra la COVID-19 tras un grave brote de dengue, en plena temporada seca y antes de la temporada de huracanes.
La devastación es desgarradora. La magnitud de los daños en la infraestructura del país exige esfuerzos masivos y urgentes de respuesta y recuperación, cuyo coste se estima en cerca de la mitad del PIB del país.
Lamentablemente, la infraestructura que nos rodea a menudo no está preparada para resistir este tipo de choques, desde pandemias mundiales hasta peligros naturales, y las erupciones volcánicas en San Vicente son solo el ejemplo más reciente de los daños que este tipo de sucesos puede causar a infraestructuras que no están diseñadas para ser resilientes, y, por tanto, al desarrollo humano. Lamentablemente, es una situación muy conocida.
En septiembre de 2017, el huracán Irma, una tormenta de categoría 5, dejó un rastro de destrucción en todo el Caribe, desplazando a más de 1,7 millones de personas, incluidas las de Cuba, la República Dominicana, Haití y Antigua y Barbuda. En la isla de Barbuda, el 90 % de toda la infraestructura quedó destruida, lo que dejó a aproximadamente el 50 % de la población sin hogar. En la isla de San Martín, el huracán dejó dos tercios de las viviendas inhabitables, sin electricidad, gas ni agua potable.
De hecho, la crisis climática supone una amenaza existencial para los pequeños Estados insulares en desarrollo (PEID), como San Vicente. Con casi un tercio de su población viviendo a menos de cinco metros sobre el nivel del mar, la crisis climática es un hecho innegable de un futuro incierto para las personas que habitan en estos Estados.
La infraestructura es clave para los esfuerzos de mitigación y adaptación al clima en todo el mundo. Para Estados como San Vicente, tal como han demostrado las erupciones de La Soufrière, la infraestructura determinará la lucha por la supervivencia.
Cómo desarrollar resiliencia
Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos evitar las catástrofes que se avecinan? ¿Cómo podemos crear las infraestructuras resilientes, sostenibles e inclusivas que estas islas necesitan?
La respuesta exige un cambio en la forma en que pensamos sobre la infraestructura y, después, en la manera en que convertimos ese pensamiento en acción. Para empezar, junto con la cartografía de los riesgos de desastre, la identificación de los activos críticos y el respeto de las mejores prácticas internacionales, debemos considerar cómo dependen unos de otros los sistemas de infraestructura, como el transporte, la vivienda o el saneamiento, y debemos analizar con cuidado su relación con el medio natural. Necesitamos una planificación que tenga en cuenta con detenimiento los contextos, las necesidades y las vulnerabilidades locales.
UNOPS, la agencia de las Naciones Unidas especializada en infraestructuras y adquisiciones, apoya a los países en el fortalecimiento de la planificación nacional de infraestructuras a largo plazo. En la vecina Santa Lucía, por ejemplo, UNOPS y la Universidad de Oxford han trabajado conjuntamente con el gobierno para desarrollar un enfoque de planificación nacional de infraestructuras basado en datos y evidencias. Este nuevo modelo ayuda al país a responder a las prioridades de desarrollo tanto nacionales como internacionales.
Los proyectos de infraestructura son costosos y de larga duración. Los recursos son limitados y las necesidades, inmensas. La infraestructura en la que invertimos hoy debe responder a las necesidades de las generaciones presentes y futuras, y ya no podemos permitirnos equivocarnos.
Las erupciones de La Soufrière nos han recordado lo violento e impredecible que puede ser nuestro planeta. También nos han demostrado lo frágiles que son nuestras civilizaciones en todo el mundo. Probablemente nunca podamos evitar que vuelvan a producirse catástrofes como esta, pero cuando la ceniza se asiente y el infierno del volcán se apague lo suficiente como para que los vicentinos puedan regresar a sus hogares, tendremos la oportunidad de reconstruir. Si no planificamos esto ahora, las escenas apocalípticas que presenciamos en San Vicente se convertirán en una pesadilla recurrente.
Debemos sentar las bases de una infraestructura sostenible, resiliente e inclusiva que garantice que los habitantes de las islas estén mejor protegidos, ahora y para las generaciones venideras.



