¿Cómo transformará el cambio climático nuestro mundo en el siglo XXI? ¿Seremos capaces de adaptarnos y sobrevivir? Como ocurre con muchas cosas, el pasado es una buena guía para el futuro. Los humanos han experimentado en el pasado cambios climáticos que transformaron su entorno: estudiar su respuesta podría revelarnos algo sobre nuestro propio destino.
Las poblaciones y culturas humanas se extinguieron y fueron reemplazadas en toda Eurasia durante los últimos 500 000 años. No está claro cómo ni por qué una población prehistórica desplazó a otra, pero estas personas antiguas estuvieron expuestas a cambios climáticos que, a su vez, alteraron su entorno natural.
Analizamos la región de Lyon, Francia, e imaginamos cómo les habría ido a los cazadores-recolectores de la Edad de Piedra hace 30 000 a 50 000 años a medida que el mundo que los rodeaba cambiaba. Aquí, como en otras zonas de Eurasia durante los períodos más fríos, el entorno habría evolucionado hacia una vegetación similar a la tundra – hábitats amplios y abiertos que pudieron ser los más adecuados para perseguir a las presas durante la caza. Cuando el clima se calentó durante unos siglos, los árboles se habrían extendido, creando bosques densos que favorecen los métodos de caza basados en la emboscada.
La forma en que estos cambios afectaron al comportamiento cazador de una población pudo determinar si prosperaba, se veía obligada a migrar o incluso se extinguía. La capacidad de los cazadores-recolectores para detectar presas a distintas distancias y en distintos entornos habría determinado quién dominaba y quién era desplazado.
Sin construir una máquina del tiempo, averiguar cómo respondieron los pueblos prehistóricos al cambio climático solo sería posible recreando sus mundos como entornos virtuales. Así, los investigadores podrían controlar la combinación y la densidad de la vegetación e invitar a humanos modernos a explorarlos y comprobar cómo les iba encontrando presas.
Sobrevivir en la Edad de Piedra virtual
Diseñamos un entorno de videojuego y pedimos a voluntarios que encontraran ciervos rojos en él. El mundo que exploraban cambiaba a matorral y pastizal a medida que el clima se enfriaba, y a un bosque denso cuando se calentaba.
Los participantes podían detectar ciervos rojos a mayor distancia en pastizales que en bosques, cuando la densidad de la vegetación era la misma. A medida que la vegetación se volvía más espesa, les costaba más detectar presas a grandes distancias en ambos entornos, aunque más en el bosque. Los pueblos prehistóricos habrían enfrentado dificultades similares cuando el clima se calentó, pero existe un patrón interesante que nos dice algo sobre las respuestas humanas al cambio.
El cambio ambiental gradual no afectó al rendimiento para detectar ciervos en el experimento hasta que un determinado umbral de bosque dio paso a pastizal, o viceversa. De repente, cuando el paisaje estaba más de un 30 % cubierto de bosque, los participantes fueron significativamente menos capaces de detectar ciervos a mayor distancia. A medida que un entorno abierto se volvía más boscoso, este pudo ser el punto de inflexión en el que perseguir presas dejó de ser una estrategia viable y los cazadores tuvieron que pasar a la emboscada.
Este es probablemente el momento crítico en el que las poblaciones antiguas se vieron obligadas a cambiar sus hábitos de caza, a trasladarse a zonas más favorables para sus técnicas existentes o a enfrentarse a la extinción local. Con el calentamiento del clima actual y los cambios en los ecosistemas, nuestra propia supervivencia podría verse amenazada por estos puntos de inflexión repentinos.
Los efectos del cambio climático sobre las poblaciones humanas pueden no ser evidentes. Nuestros estilos de vida pueden parecer funcionar perfectamente hasta cierto punto. Pero ese momento de crisis, cuando llega, a menudo determinará el resultado: adaptarse, desplazarse o morir.






