La transición mundial hacia una economía más sostenible va con retraso y se prevé que sus costes asciendan a unos 9,2 billones de dólares al año hasta 2050.
El enorme desafío consiste en reconstruir en apenas unas décadas una economía que tardó siglos en formarse.
Los compromisos para reducir las emisiones que alteran el clima ya abarcan alrededor del 90 % de la economía mundial, pero las acciones concretas suelen ir rezagadas.
Los grandes cambios de mentalidad y la financiación a gran escala necesarios para impulsar una rápida transición mundial hacia una economía compatible con el clima van muy retrasados, aunque ya existe la mayor parte de la tecnología necesaria, advirtieron responsables políticos y analistas.
Habrá que gastar unos 9,2 billones de dólares al año hasta 2050 solo en nuevas infraestructuras energéticas y en cambios en el uso del suelo y la agricultura, frente a los 5,7 billones actuales, afirmaron el martes investigadores de la consultora McKinsey & Company.
Ese aumento anual de 3,5 billones de dólares equivale a la mitad de los beneficios empresariales mundiales, a una cuarta parte de los ingresos fiscales totales y al 7 % del gasto de los hogares en 2020, señalaron en un informe concebido como un «llamamiento a la acción».
«En la práctica, planeamos reconstruir en las próximas tres décadas una economía que tardó entre uno y dos siglos en construirse», afirmó Dickon Pinner, responsable mundial de McKinsey Sustainability y uno de los autores del informe.
«No se aprecia lo suficiente la magnitud de algo así, tanto por su escala como por su velocidad», añadió.
Lograr la aceptación pública de los cambios para proteger el clima —también entre los trabajadores afectados y quienes pagan las facturas de energía— y gestionarlos de manera que se evite una reacción adversa puede ser una tarea tan grande como conseguir nueva financiación.
La economía de las energías renovables debe crecer al mismo ritmo al que se contrae la economía de los combustibles fósiles para mantener estables el empleo y los precios de la energía, declaró Pinner a la Thomson Reuters Foundation.
«Si no se gestiona bien, aumentan mucho las probabilidades de volatilidad, escasez de suministro, subidas de precios y perturbaciones del sistema», dijo en una entrevista telefónica.
Lentitud en la acción
Alrededor del 90 % de la economía mundial está ahora cubierta por compromisos de reducir a cero neto las emisiones que alteran el clima hacia mediados de siglo, según la organización sin ánimo de lucro Net Zero Tracker.
Pero convertir esos compromisos en acciones será un desafío mucho mayor: exigirá reforzar la cooperación mundial y la supervisión, aumentar la financiación y garantizar que las personas vulnerables no queden rezagadas en el proceso.
«Nadie avanza lo bastante rápido. El mundo tiene que acelerar de verdad», declaró la semana pasada el enviado especial de Estados Unidos para el clima, John Kerry, en un evento virtual del Foro Económico Mundial (FEM), e instó a un «cambio drástico en la conducta de los gobiernos y del mundo».
Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía, afirmó que la inversión anual de aproximadamente un billón de dólares en energía limpia, tecnologías de captura de carbono y eficiencia energética debía aumentar hasta unos tres billones de dólares al año.
Transformar los sistemas energéticos con la rapidez necesaria será «muy, muy difícil, pero no imposible», afirmó, y añadió que la única alternativa es un clima más extremo y otros efectos climáticos mortales.
Pero, aunque los riesgos de no actuar frente al cambio climático son cada vez más evidentes con el aumento de las inundaciones, los incendios forestales, las tormentas, las sequías y las olas de calor, las emisiones que los impulsan siguen creciendo, señaló el secretario general de la ONU, Antonio Guterres.
Los científicos afirman que las emisiones de gases de efecto invernadero deben caer un 45 % para 2030 a fin de mantener el rumbo hacia los objetivos de cero neto; sin embargo, se prevé que aumenten un 14 %, «desafiando toda lógica», dijo Guterres.
«Dar un giro a este barco exigirá una voluntad inmensa», afirmó en otro evento del FEM.
Reducir las emisiones
Otro problema es el desacuerdo de fondo sobre la vía adecuada para alcanzar los objetivos climáticos.
La semana pasada, el ministro de Energía de Arabia Saudí, país rico en petróleo, recalcó que su país considera que el camino a seguir es capturar las emisiones de los combustibles fósiles, no eliminar su uso.
«Debe dejarse que cada país elija la opción que más le convenga», afirmó el príncipe Abdulaziz bin Salman.
Vicki Hollub, directora ejecutiva de Occidental Petroleum, dijo que su empresa, al igual que otras, buscaba maneras de «reducir» las emisiones del petróleo y el gas, e invertir en instalaciones que extraigan dióxido de carbono (CO2) directamente del aire.
«Todos sabemos que el cambio climático es real, que va a ocurrir, que está ocurriendo hoy, y que hay que tomar medidas para garantizar que lo mitigamos», afirmó durante un evento del FEM.
Pero los investigadores afirman que, aunque existe la tecnología para capturar y almacenar o utilizar las emisiones de carbono de las centrales eléctricas o del aire, sigue siendo cara y se está construyendo una capacidad muy inferior a la necesaria para satisfacer la demanda.
Esto sugiere que probablemente fracasará una fuerte dependencia de la tecnología para reducir rápidamente las emisiones y frenar el cambio climático.
De las 46 tecnologías consideradas fundamentales para reducir casi a la mitad las emisiones en esta década —desde el almacenamiento en baterías hasta la captura directa de CO2 del aire—, 44 «no avanzan lo bastante rápido», afirmó Kerry.
«Los gobiernos invierten demasiado poco en las propias tecnologías de energía limpia», dijo.
Parte del problema es el coste: los países más pobres, en particular, afrontan elevados costes iniciales para pasarse a la energía solar o eólica, aunque a largo plazo produzca energía más barata, señaló el informe de McKinsey.
Pérdida de empleos
Las barreras sociales a una economía compatible con el clima son igual de difíciles de superar, afirmaron los investigadores de McKinsey.
La transición a una economía de energía limpia podría generar unos 200 millones de empleos y eliminar alrededor de 185 millones de puestos de trabajo directos e indirectos para 2050, concluyeron.
Pero esos cambios podrían concentrarse en unas pocas zonas geográficas en lugar de distribuirse por todo un país, como ocurre con los cambios provocados por la automatización o la globalización, señaló Mekala Krishnan, autora del informe e investigadora del McKinsey Global Institute.
Por ejemplo, al menos siete condados del estado de Texas, en Estados Unidos, obtienen el 20 % o más de sus ingresos de la extracción de petróleo y gas, según el informe. Esta fuerte dependencia podría generar resistencia al cambio si no se cuenta con buenos planes de transición económica.
Los inversores que poseen activos de combustibles fósiles cuyo valor podría desplomarse durante una transición energética también podrían bloquear el cambio si no se les ofrecen incentivos para aliviar sus pérdidas, dijo Krishnan.
Para impulsar una transición justa, eficaz y rápida, «el gobierno y las empresas [...] deben actuar con unidad, determinación e ingenio», recomendó el informe de McKinsey.




