En 2021, las inundaciones causaron muertes, destrucción y enormes pérdidas económicas en muchos países.
El experto Ilan Kelman sostiene que es vital cambiar nuestra perspectiva para evitar más desastres en el futuro.
Kelman aboga por más medidas de mitigación de las inundaciones, como construir en terrenos elevados y mejorar la gestión de los bosques y los ríos.
Kelman comparte ejemplos de cómo algunas regiones ya se han adaptado y de lo que podemos aprender de sus medidas preventivas.
Para muchos, 2021 fue el año de las inundaciones. Desde Canadá hasta la India, y en toda Europa occidental y Australia, los aguaceros de este año han causado cientos de muertes, enormes pérdidas económicas y un sufrimiento inconmensurable.
Las investigaciones que he realizado junto con otras personas sobre el riesgo de inundaciones en todo el mundo muestran cómo cambiar nuestra perspectiva al respecto puede ayudarnos a evitar desastres. Por mucha lluvia que caiga, los desastres por inundaciones se producen debido a decisiones que ponen en peligro a personas y lugares, y pueden evitarse.
Por ejemplo, la zona sur de la provincia de Columbia Británica, en Canadá, tiene una larga historia de inundaciones y deslizamientos de tierra. Los aguaceros de noviembre causaron al menos cuatro muertes, arrasaron carreteras y obligaron a evacuar pueblos.
Lo más probable es que el cambio climático provocado por la actividad humana agravara las lluvias excesivas que causaron esto, pero sus efectos se vieron intensificados por la deforestación generalizada y la construcción de infraestructuras en llanuras aluviales e incluso en un lago drenado.
Las inundaciones de 2018 en Kerala, en el sur de la India, también se vincularon con la deforestación y la mala planificación urbana; el creciente desarrollo urbano contribuyó a las inundaciones de este año en la región.
En Europa occidental, muchos lugares afectados por la crecida de las aguas en julio de 2021 —como la localidad de Altena en Alemania— ya se consideraban de alto riesgo de inundación debido a las inundaciones de décadas y siglos anteriores. A pesar de que un sistema de alerta de inundaciones pronosticó lluvias intensas con varios días de antelación, esta información nunca se tradujo en medidas concretas.
Sin embargo, cada una de estas situaciones trágicas podría haberse evitado que se convirtiera en desastre tomando medidas sencillas para reducir el riesgo antes de que lleguen las tormentas: por ejemplo, planificar la construcción de edificios en terrenos más seguros y elevados, mejorar la gestión de los bosques y los ríos, reducir la pobreza y ofrecer formación pertinente en materia de seguridad.
Cómo reducir el riesgo
En 1970, un ciclón arrasó Bangladesh y causó cientos de miles de muertes. Otro ciclón mató a más de 100.000 personas en 1991. Sin embargo, en las décadas siguientes, los esfuerzos concertados de los gobiernos y los líderes locales se centraron en la concienciación sobre los riesgos, la resiliencia de los medios de vida y los procedimientos de evacuación. Estas medidas redujeron el número de víctimas mortales en todo el país a solo unas decenas cuando los ciclones azotaron la zona en 2020 y 2021.
Un trabajo similar salvó miles de vidas durante los huracanes en Texas. En 1900, un huracán que atravesó la ciudad de Galveston dejó al menos 6.000 muertos a su paso. En cambio, más recientemente, la tormenta tropical Allison en 2001, el huracán Rita en 2005, el huracán Ike en 2008 y el huracán Harvey en 2017 causaron muchas menos muertes.
En el caso de Rita, más del 80 % de las 119 muertes en Texas se atribuyeron a procedimientos de evacuación mal gestionados. Del mismo modo, a pesar de las lluvias récord durante Harvey, la destrucción causada por el huracán se debió en gran medida a que los texanos cubrieron de edificios zonas inundables, sin preparar a la población para saber qué hacer cuando llegaran las inundaciones.
Cómo gestionar el agua
A medida que se agrava el cambio climático, se prevé que los ciclones tropicales —y las inundaciones que provocan— serán menos frecuentes, pero más intensos. Las consecuencias de las tormentas futuras dependen de lo que hagamos ahora. Si la menor frecuencia de las tormentas hace que nos preparemos para ellas de manera descuidada, los desastres serán peores.
Podemos observar este fenómeno cuando se construyen estructuras para controlar las inundaciones, como diques, malecones y presas. Como crean una barrera entre el agua y las zonas inundables, la gente suele suponer que es seguro construir en esas zonas y que no hace falta preocuparse por el riesgo de inundación. En efecto, estas estructuras evitan muchas inundaciones menores. Pero cuando las grandes inundaciones inevitablemente se producen y un río o el océano recupera su territorio, la devastación es igualmente inevitable.
La historia de Nueva Orleans ofrece un ejemplo clásico. En la actualidad, alrededor de la mitad de la ciudad se encuentra por debajo del nivel del mar, y los registros de inundaciones urbanas provocadas por el río Misisipi se remontan a más de dos siglos y medio. Además, Nueva Orleans siempre ha sido propensa a las tormentas: sufrió el huracán Betsy en 1965 y el huracán Camille en 1969.
En julio de 2004, el ejercicio de entrenamiento Hurricane Pam para funcionarios de emergencias puso de manifiesto lo poco preparada que estaba la ciudad para el impacto directo de un huracán, especialmente en lo relativo a la evacuación de hospitales, las operaciones de búsqueda y rescate, la retirada de escombros y los refugios temporales. Trágicamente, esta situación se reprodujo en la vida real cuando el huracán Katrina arrasó la ciudad en 2005. Los diques cedieron, los sistemas de evacuación y refugio fueron caóticos y hubo personas que se ahogaron mientras esperaban al teléfono a que las rescataran.
Las ciudades propensas a las inundaciones suelen estar “protegidas” por “defensas” contra las inundaciones, que han servido principalmente para fomentar la construcción de viviendas y el desarrollo empresarial en terrenos inundables, como ocurre en Londres y Singapur. Ambas ciudades se encuentran aguas arriba de enormes defensas que reducen el número de inundaciones pequeñas y permiten construir grandes centros financieros en las llanuras aluviales.
Cuando —y no si— una inundación supera la capacidad de una defensa, la falta de preparación se hará evidente en el desastre que se produzca. Existen sistemas de alerta muy capaces de emitir avisos precisos de inundación, pero, como ocurrió con las inundaciones de este año en Alemania, no serán eficaces si no se prepara a la población para evacuar.
En lugar de construir presas, la ciudad canadiense de Toronto optó por retirar los edificios de las llanuras aluviales después de que el huracán Hazel abriera una brecha a su paso por la ciudad en 1954 y causara al menos 81 muertes.
En vez de reconstruir las calles residenciales devastadas por las inundaciones, Toronto las convirtió en reservas naturales para mantener los edificios fuera y el agua dentro. Después, los urbanistas integraron las reservas en la ciudad en expansión mediante la creación de senderos peatonales y ciclistas a su lado. Hoy, estos son rutas de ocio y desplazamiento, espacios de educación ambiental y refugios para la fauna.
Cuando los huracanes Isabel, en 2003, y Sandy en 2012 volvieron a transformar los cursos de agua de Toronto en torrentes impetuosos, sus llanuras aluviales estaban despejadas de edificios. Los árboles caídos cubrían los senderos embarrados y resbaladizos, y se interrumpieron el transporte y el suministro eléctrico. Pero solo hubo una víctima mortal. Aprovechemos estos conocimientos y esta experiencia para preparar a otros pueblos y ciudades para hacer frente a futuras inundaciones.





