El cambio climático nos obligará a redefinir el crecimiento económico

Pope Francis delivers a speech after a meeting with Patriarchs of the churches of the Middle East at the St. Nicholas Basilica in Bari, southern Italy July 7, 2018. REUTERS/Tony Gentile - RC1F46415D80
Economic development and environmental responsibility don't need to be at odds. We can build a new form of growth.Image: Reuters/Tony Gentile
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El pasado viernes, el papa Francisco pidió nada menos que un «cambio de paradigma financiero» para hacer frente al cambio climático. Sus declaraciones, realizadas en una conferencia organizada por el Vaticano, en la que participaron empresarios, responsables políticos de distinta orientación, líderes indígenas, académicos y jóvenes, no podían ser más oportunas: la humanidad se encuentra en un punto de inflexión. Pero, en lo que respecta a la economía, si se gestiona con sensatez y sin demora, este punto de inflexión no tiene por qué convertirse en un punto de ruptura.

En los últimos 70 años, el mundo ha registrado avances notables y sin precedentes en su historia. Entre ellos, la esperanza de vida media en todo el mundo ha aumentado de unos 40 a unos 70 años, la renta per cápita se ha multiplicado por unos cuatro y el número de personas que viven en la pobreza absoluta ha disminuido enormemente. Como resultado, la población mundial casi se ha triplicado, ya que cada vez menos personas mueren prematuramente. Estos logros se han impulsado en gran medida gracias a un espíritu de internacionalismo, a la colaboración internacional y a un orden económico internacional que funciona, todo ello creado después de la Segunda Guerra Mundial.

Paralelamente a este crecimiento récord de nuestro número y de nuestra riqueza, hemos observado cambios fundamentales en nuestro capital natural, incluidos la atmósfera, los océanos, los bosques, los glaciares, los ríos y la biodiversidad. Por ejemplo, en 142 países tropicales, la superficie total de bosque natural disminuyó un 11 % entre 1990 y 2015. Los océanos han registrado un aumento del 30 % de la acidez desde el inicio de la revolución industrial, y se prevé que la acidez aumente hasta un nivel de pH que los océanos no han experimentado en más de 20 millones de años.

Al mismo tiempo, la contaminación del aire, tanto en interiores como en exteriores, fue responsable de unos 6,5 millones de muertes prematuras en 2015. La contaminación atmosférica supone una amenaza especialmente grave para los niños y es especialmente frecuente en grandes países de rápido desarrollo, como India y China.

Image: NASA/datos de testigos de hielo de Vostok/J.R. Petit et al.; registro de CO2 de Mauna Loa de la NOAA

Las próximas dos décadas serán decisivas. Determinarán si sufrimos daños graves e irreversibles para los medios de vida y el mundo natural o si, por el contrario, emprendemos un camino más atractivo de desarrollo y crecimiento económicos sostenibles e inclusivos.

La ciencia del cambio climático deja claro que debemos reducir las emisiones al menos un 30 % en las próximas dos décadas para evitar niveles peligrosos de calentamiento. Si seguimos emitiendo gases de efecto invernadero a los ritmos actuales durante las próximas dos décadas, es probable que superemos con creces un aumento de 3 °C de la temperatura media de la superficie global en comparación con finales del siglo XIX, el punto de referencia habitual.

Un aumento de 3 °C sería extremadamente peligroso, ya que nos llevaría a una temperatura que no se ha registrado en este planeta desde hace unos 3 millones de años. Recordemos que el Homo sapiens moderno lleva aquí solo unos 250 000 años. Un calentamiento de esta magnitud podría transformar los lugares en los que podríamos vivir, dañar gravemente los medios de vida, desplazar a miles de millones de personas y provocar conflictos graves y prolongados. Y corremos el riesgo de alcanzar temperaturas considerablemente más altas que esa si no cambiamos radicalmente la forma en que producimos y consumimos. Ahora es crucial avanzar en la agenda mundial para reducir las emisiones, a gran escala y con urgencia.

Un manifestante en la cumbre del G20 en Hamburgo (Alemania) el año pasado. Image: Reuters/Hannibal Hanschke

Debemos hacerlo durante un periodo de dos décadas, durante el cual es probable que la economía mundial se duplique aproximadamente y que las infraestructuras más que se dupliquen. Dada la necesidad de reducir las emisiones un 30 %, está claro que debemos actuar ya para cambiar radicalmente la relación entre nuestra actividad económica y el daño que causa al medio ambiente.

La economía de ese cambio es convincente. Por ejemplo, en muchos países ya resulta más barato generar electricidad a partir de fuentes renovables que de combustibles fósiles. Desde 2006, el coste de los módulos de energía solar ha disminuido un 79 %, y desde 2010 los precios de las baterías para el almacenamiento de energía han disminuido un 72 %.

Podemos construir una nueva forma de crecimiento y de reducción de la pobreza que sea limpia, sostenible e inclusiva. Es una vía económica mucho más atractiva, sólida y duradera. El mundo empieza a darse cuenta del atractivo del nuevo modelo de crecimiento, así como de los riesgos del cambio climático no gestionado. Vemos lo que hay que hacer, que puede hacerse y que resulta muy atractivo. Si actuamos con sabiduría, podemos crear ciudades en las que podamos movernos y respirar, ecosistemas robustos y fructíferos y niveles de vida que puedan seguir aumentando. La alternativa conduciría a graves trastornos y a la pobreza para muchos.

No hay una carrera entre la responsabilidad climática y el desarrollo económico. Pero debemos crear la voluntad política, y con rapidez, para tomar las decisiones firmes que son necesarias.

Su Santidad el Papa está demostrando un liderazgo extraordinario al tratar de salvar la brecha entre la obligación moral y la voluntad de actuar. Nos guía para reconocer la combinación de urgencia y oportunidad en la crisis a la que nos enfrentamos. Es un ejemplo destacado y crucial para quienes vivimos en el mundo laico. Solo combinando el liderazgo político y moral, junto con los movimientos sociales y una economía sólida, se tomarán las decisiones necesarias con la urgencia que hoy se requiere.

El profesor Nicholas Stern es presidente del Instituto de Investigación Grantham sobre el Cambio Climático y el Medio Ambiente de la London School of Economics

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