Bill Gates: 3 lecciones de la COVID-19 para ayudarnos a combatir el cambio climático

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  • La COVID-19 ha causado daños económicos sin precedentes, además de más de 600,00 muertes en todo el mundo.

  • El cambio climático podría suponer una amenaza económica y sanitaria aún mayor.

  • Pero hay lecciones que podemos aprender de la pandemia de coronavirus para mitigar este riesgo.

Una crisis mundial ha conmocionado al mundo. Está causando un número trágico de muertes, hace que la gente tema salir de casa y provoca dificultades económicas no vistas en muchas generaciones. Sus efectos se extienden por todo el mundo.

Obviamente, me refiero a la COVID-19. Pero en apenas unas décadas, la misma descripción encajará con otra crisis mundial: el cambio climático. Por terrible que sea esta pandemia, el cambio climático podría ser peor.

Entiendo que es difícil pensar ahora en un problema como el cambio climático. Cuando sobreviene un desastre, es propio de la naturaleza humana preocuparse únicamente por satisfacer nuestras necesidades más inmediatas, sobre todo cuando el desastre es tan grave como la COVID-19. Pero el hecho de que temperaturas mucho más altas parezcan lejanas en el futuro no las hace menos problemáticas, y la única forma de evitar los peores resultados climáticos posibles es acelerar nuestros esfuerzos ahora. Mientras el mundo trabaja para detener el nuevo coronavirus y empieza a recuperarse de él, también debemos actuar ya para evitar un desastre climático, desarrollando e implementando innovaciones que nos permitan eliminar nuestras emisiones de gases de efecto invernadero.

Quizá hayas visto proyecciones según las cuales, debido a que la actividad económica se ha ralentizado tanto, el mundo emitirá este año menos gases de efecto invernadero que el año pasado. Aunque estas proyecciones son ciertamente correctas, su importancia para la lucha contra el cambio climático se ha exagerado.

Los analistas no coinciden en cuánto bajarán las emisiones este año, pero la Agencia Internacional de la Energía sitúa la reducción en torno al 8 %. En términos reales, eso significa que liberaremos el equivalente a unos 47 000 millones de toneladas de carbono, en lugar de 51 000 millones.

Es una reducción significativa, y estaríamos en muy buena forma si pudiéramos mantener ese ritmo de descenso cada año. Por desgracia, no podemos.

Consideremos lo que cuesta lograr esta reducción del 8 %. Más de 600 000 personas han muerto y decenas de millones se han quedado sin trabajo. En abril, el tráfico de automóviles fue la mitad del de abril de 2019. Durante meses, el tráfico aéreo prácticamente se detuvo.

Lo sorprendente no es cuánto bajarán las emisiones a causa de la pandemia, sino lo poco que bajarán.

Bill Gates

Por decirlo suavemente, esta no es una situación que nadie quiera que se prolongue. Y, sin embargo, seguimos encaminados a emitir un 92 % del carbono que emitimos el año pasado. Lo sorprendente no es cuánto bajarán las emisiones a causa de la pandemia, sino lo poco que bajarán.

Además, estas reducciones se están logrando, literalmente, al mayor coste posible.

Para entender por qué, veamos cuánto cuesta evitar una sola tonelada de gases de efecto invernadero. Esta cifra —el coste por tonelada de carbono evitado— es una herramienta que los economistas utilizan para comparar el gasto de distintas estrategias de reducción de carbono. Por ejemplo, si tienes una tecnología que cuesta 1 millón de dólares, y su uso permite evitar la emisión de 10 000 toneladas de gas, estarás pagando 100 dólares por tonelada de carbono evitado. En realidad, 100 dólares por tonelada seguiría siendo bastante caro. Pero muchos economistas consideran que este precio refleja el verdadero coste de los gases de efecto invernadero para la sociedad, y además resulta ser una cifra redonda y fácil de recordar que sirve de buen punto de referencia para los debates.

Ahora tratemos el confinamiento provocado por la COVID-19 como si fuera una estrategia de reducción de carbono. ¿Ha evitado el cierre de grandes sectores de la economía emisiones a un coste cercano a los 100 dólares por tonelada?

No. En Estados Unidos, según los datos del Rhodium Group, el coste asciende a entre 3200 y 5400 dólares por tonelada. En la Unión Europea, la cifra es más o menos la misma. Dicho de otro modo, el confinamiento reduce las emisiones a un coste de entre 32 y 54 veces los 100 dólares por tonelada que los economistas consideran un precio razonable.

Para entender el tipo de daño que causará el cambio climático, fíjate en la COVID-19 y extiende el sufrimiento a lo largo de un período mucho más largo.

Bill Gates

Si quieres entender el tipo de daño que causará el cambio climático, fíjate en la COVID-19 y extiende el sufrimiento a lo largo de un período de tiempo mucho más largo. La pérdida de vidas y la miseria económica provocadas por esta pandemia son equiparables a lo que sucederá periódicamente si no eliminamos las emisiones de carbono del mundo.

Veamos primero la pérdida de vidas. ¿Cuántas personas morirán a causa de la COVID-19 frente a las que morirán por el cambio climático? Como queremos comparar acontecimientos que ocurren en momentos distintos —la pandemia en 2020 y el cambio climático en, digamos, 2060—, y la población mundial cambiará en ese tiempo, no podemos comparar las cifras absolutas de muertes. En su lugar, utilizaremos la tasa de mortalidad: es decir, el número de muertes por cada 100 000 personas.

Hasta la semana pasada, se sabe que más de 600 000 personas han muerto por la COVID-19 en todo el mundo. En términos anualizados, eso equivale a una tasa de mortalidad de 14 por cada 100 000 personas.

¿Cómo se compara esto con el cambio climático? En los próximos 40 años, se prevé que el aumento de las temperaturas globales eleve las tasas de mortalidad mundiales en la misma cantidad: 14 muertes por cada 100 000 personas. Hacia finales de siglo, si el crecimiento de las emisiones se mantiene alto, el cambio climático podría ser responsable de 73 muertes adicionales por cada 100 000 personas. En un escenario de emisiones más bajas, la tasa de mortalidad baja a 10 por cada 100 000.

Dicho de otro modo, en 2060 el cambio climático podría ser tan letal como la COVID-19, y en 2100 podría serlo cinco veces más.

El panorama económico también es sombrío. El abanico de posibles impactos del cambio climático y de la COVID-19 varía bastante según el modelo económico que se utilice. Pero la conclusión es inequívoca: en la próxima década o las dos siguientes, el daño económico causado por el cambio climático probablemente será tan grave como sufrir una pandemia del tamaño de la COVID-19 cada diez años. Y hacia finales de siglo, será mucho peor si el mundo sigue en su trayectoria actual de emisiones.

(Si tienes curiosidad, aquí están las cuentas. Modelos recientes sugieren que el coste del cambio climático en 2030 será probablemente de alrededor del 1 % del PIB anual de Estados Unidos. Mientras tanto, las estimaciones actuales del coste de la COVID-19 para Estados Unidos este año oscilan entre el 7 % y el 10 % del PIB. Si asumimos que una perturbación similar se produce una vez cada diez años, el coste medio anual sería de entre el 0,7 % y el 1 % del PIB, lo que equivale aproximadamente al daño causado por el cambio climático.)

Si aprendemos las lecciones de la COVID-19, podremos abordar el cambio climático con más conocimiento de las consecuencias de la inacción.

Bill Gates

El punto clave no es que el cambio climático vaya a ser desastroso. El punto clave es que, si aprendemos las lecciones de la COVID-19, podremos abordar el cambio climático con más conocimiento de las consecuencias de la inacción y mejor preparados para salvar vidas y evitar el peor resultado posible. La crisis mundial actual puede orientar nuestra respuesta a la siguiente.

En particular, deberíamos:

1. Dejar que la ciencia y la innovación marquen el camino. La relativamente pequeña disminución de las emisiones este año deja una cosa clara: no podemos alcanzar las cero emisiones simplemente —ni siquiera en su mayor parte— volando y conduciendo menos.

Por supuesto, reducir el consumo es algo positivo para quienes pueden permitírselo, como yo. Y creo que muchas personas utilizarán la teleconferencia para sustituir parte de los viajes de negocios incluso después de que la pandemia termine. Pero, en conjunto, el mundo debería utilizar más energía, no menos, siempre que sea limpia.

Del mismo modo que necesitamos nuevas pruebas, tratamientos y vacunas contra el nuevo coronavirus, necesitamos nuevas herramientas para combatir el cambio climático: formas de cero emisiones de carbono para producir electricidad, fabricar, cultivar alimentos, mantener nuestros edificios frescos y calientes, y desplazar personas y mercancías por el mundo. Y necesitamos nuevas semillas y otras innovaciones para ayudar a los más pobres del mundo —muchos de los cuales son pequeños agricultores— a adaptarse a un clima menos predecible.

Cualquier respuesta integral al cambio climático tendrá que recurrir a muchas disciplinas distintas. La ciencia climática nos dice por qué debemos abordar este problema, pero no cómo hacerlo. Para ello, necesitaremos la biología, la química, la física, la ciencia política, la economía, la ingeniería y otras ciencias.

2. Asegurarse de que las soluciones funcionen también en los países pobres. Todavía no sabemos exactamente qué impacto tendrá la COVID-19 en las personas más pobres del mundo, pero me preocupa que, cuando todo esto termine, hayan sufrido lo peor. Lo mismo ocurre con el cambio climático. Perjudicará más que nadie a las personas más pobres del mundo.

Consideremos el impacto del clima en las tasas de mortalidad. Según un estudio reciente publicado por Climate Impact Lab, aunque el cambio climático elevará la tasa de mortalidad global en conjunto, la media general ocultará una enorme disparidad entre los países ricos y los pobres. Más que en ningún otro lugar, el cambio climático aumentará drásticamente las tasas de mortalidad en los países pobres cercanos o situados por debajo del Ecuador, donde el tiempo se volverá aún más cálido e impredecible.

El patrón económico probablemente será similar: una caída moderada del PIB mundial, pero fuertes descensos en los países más pobres y cálidos.

Dicho de otro modo, los efectos del cambio climático serán casi con toda seguridad más duros que los de la COVID-19, y recaerán con más fuerza sobre las personas que menos contribuyeron a causarlos. Los países que más contribuyen a este problema tienen la responsabilidad de intentar resolverlo.

Además, las fuentes de energía limpias deben ser lo bastante baratas como para que los países de ingresos bajos y medios puedan adquirirlas. Estas naciones buscan impulsar sus economías construyendo fábricas y centros de llamadas; si este crecimiento se alimenta de combustibles fósiles —que hoy son, con diferencia, la opción más económica—, será aún más difícil llegar a las cero emisiones.

Cuando exista una vacuna contra el coronavirus, organizaciones como GAVI estarán preparadas para garantizar que llegue a las personas más pobres del mundo. Pero no existe un GAVI para la energía limpia. Por ello, los gobiernos, los inventores y los emprendedores de todo el mundo deben centrarse en abaratar las tecnologías ecológicas lo suficiente como para que los países en desarrollo no solo quieran adquirirlas, sino también puedan permitírselas.

3. Actuar ya. A diferencia del nuevo coronavirus, para el que creo que tendremos una vacuna el próximo año, no existe una solución de dos años para el cambio climático. Se necesitarán décadas para desarrollar e implementar todas las innovaciones en energía limpia que necesitamos.

Debemos elaborar un plan para evitar un desastre climático: utilizar las herramientas de cero carbono que ya tenemos, desarrollar e implementar las numerosas innovaciones que aún necesitamos y ayudar a los más pobres a adaptarse al aumento de temperaturas que ya es inevitable. Aunque en estos días dedico la mayor parte de mi tiempo a la COVID-19, sigo invirtiendo en tecnologías energéticas limpias prometedoras, impulsando programas que ayudarán a escalar innovaciones en todo el mundo y defendiendo la necesidad de invertir en soluciones que limiten los peores impactos del cambio climático.

Algunos gobiernos e inversores privados están comprometiendo la financiación y las políticas que nos ayudarán a alcanzar las cero emisiones, pero necesitamos que se sumen aún más. Y debemos actuar con el mismo sentido de urgencia que hemos tenido con la COVID-19.

Durante años, los defensores de la salud afirmaron que una pandemia era prácticamente inevitable. El mundo no hizo lo suficiente para prepararse, y ahora intentamos recuperar el tiempo perdido. Esta es una historia de advertencia para el cambio climático, y nos señala un enfoque mejor. Si empezamos ahora, aprovechamos el poder de la ciencia y la innovación y nos aseguramos de que las soluciones funcionen para los más pobres, podremos evitar cometer el mismo error con el cambio climático.

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