¿Qué nos ha enseñado la COVID-19 sobre el aplanamiento de la curva climática?

A much larger wave is on the way...Image: © Statistically Insignificant by Raf S.
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  • La COVID-19 nos ha enseñado a aplanar curvas; ahora debemos aplicar esas lecciones a la crisis climática.

  • Debemos dar prioridad a la prevención sobre la recuperación. Hacerlo traerá enormes beneficios económicos y sociales.

  • Tenemos las tecnologías y los recursos necesarios para afrontar este desafío; ahora se trata de una cuestión de asignación y de la voluntad colectiva de la humanidad.

En agosto de 2005, un desastre sin precedentes golpeó la costa del Golfo de Estados Unidos. Aunque su impacto fue más localizado que la convulsión a la que nos enfrentamos ahora, el huracán Katrina causó una devastación y un sufrimiento enormes. El Gobierno federal o la ciudad de Nueva Orleans poco podían hacer para detener la llegada de la tormenta a tierra. Pero el mantenimiento de los diques, la inversión en gestión del agua y la asignación temprana de recursos acordes con el nivel de riesgo dependían de nosotros.

El costo económico estimado de Katrina superó los 161 000 millones de dólares, lo que equivale a 30 veces el presupuesto (5500 millones de dólares) de la agencia gubernamental encargada de la mitigación de desastres. Fue una de las muchas advertencias que el mundo no atendió: evitar una calamidad muy probable es, por definición, lo que debemos hacer antes de que ocurra.

La importancia de aplanar la curva es la lección que hemos aprendido de la COVID-19. Pero ¿qué pasa con el cambio climático, la degradación ambiental generalizada y la pérdida de biodiversidad?

Los riesgos existenciales abundan. Si en la crisis actual hay algo positivo, es el duro recordatorio de que debemos pensar con antelación y unirnos como una sola humanidad para afrontarlos con eficacia. Sufrir una catástrofe y luego reconstruir es una fórmula que simplemente no funcionará ante el desafío integral y abrumador que plantea el aumento de las temperaturas.

Sin duda, calcular con precisión la escala de la devastación que causará el calentamiento de nuestro planeta, o el costo humano total de un brote de coronavirus, que está lejos de haber terminado, es una tarea inútil. Pero lo peor es quedar paralizado por el temor a hacer una predicción errónea y evitar por completo un análisis comparativo.

Para mitigar el impacto económico de la COVID-19, los gobiernos de todo el mundo han asignado más de 10 billones de dólares. Estas medidas rápidas y decisivas merecen reconocimiento. Pero es necesario reconocer y lamentar que no se hayan tomado medidas preventivas.

Moody's ha estimado el daño económico potencial derivado del aumento de las temperaturas causado por las emisiones de carbono en siete veces el costo de hacer frente al brote de coronavirus. Ya es hora de empezar a aplanar la curva de la emergencia climática inminente. Y, como beneficio adicional, podríamos cuadruplicar los rendimientos en una década. El Banco Mundial ha calculado que “1,8 billones de dólares en inversión hasta 2030, concentrados en cinco categorías –sistemas de alerta meteorológica, infraestructura, agricultura de secano, protección de manglares y gestión del agua–, generarían beneficios por valor de 7,1 billones de dólares”.

Con las políticas climáticas actuales, nos dirigimos hacia un calentamiento de alrededor de 3˚CImage: Our World in Data

¿Qué estamos haciendo con este conocimiento? Pues bien, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que, para 2040, nuestras políticas declaradas ofrecerán un mix energético que –redoble de tambores– no será diferente del actual, con el carbón, el gas natural y el petróleo proporcionando la mayor parte de las necesidades energéticas de la humanidad.

Si hubiéramos sabido exactamente lo que se avecinaba un año antes del brote de COVID-19, ¿habríamos aceptado que nuestra capacidad de realizar pruebas del virus o de producir vacunas siguiera igual? Entonces, ¿cómo podemos tolerar el estado actual de cosas en lo que respecta a las políticas climáticas?

¿No estamos dispuestos a hacer sacrificios ahora para evitar una catástrofe climática cada vez más inevitable? Al principio de la pandemia, el mundo comprendió que nuestros hospitales no podrían hacer frente al crecimiento exponencial de los casos, así que todos trabajamos juntos para aplanar la curva, aceptando limitaciones que habrían sido impensables en el mundo anterior a la COVID-19. Los paralelismos con la emergencia climática son sorprendentes. Al igual que el sistema sanitario mundial, nuestro planeta no podrá soportar la presión climática, cada vez más acelerada, que ejerce la actividad humana. Pero si actuamos con urgencia y de forma concertada, podemos mantener el aumento de la temperatura bajo control y dar a nuestro planeta el tiempo necesario para sanar.

Un brillante nuevo informe, Mobilizing for a Zero Carbon America, escrito por Saul Griffith y Sam Calisch, destaca como precedente pertinente la movilización económica de la Segunda Guerra Mundial: “Ganar la guerra para los Aliados supuso un costo total de alrededor del 1,5 % [del PIB de Estados Unidos] de 1939. La transición a un sistema energético completamente descarbonizado probablemente tenga un costo cercano a solo el 1 % del PIB de 2019, que asciende a 22 billones de dólares.”

Combatir el cambio climático no es solo un costo que debemos soportar a regañadientes. A diferencia de la pandemia, la agenda de descarbonización es una enorme oportunidad para que la humanidad prospere y avance hacia un objetivo inspirador y alcanzable. Los empleos perdidos en los últimos seis meses podrían recuperarse rápidamente si se impulsa en serio una recuperación verde. Griffith y Calisch calculan que “un compromiso nacional decidido de electrificar todos los aspectos de nuestra economía crearía hasta 25 millones de empleos estadounidenses bien remunerados en los próximos 15 años”.

La pandemia y la emergencia climática representan una amenaza clara e inminente, pero aplicar la misma lente narrativa a ambas sería un error. El término «COVID-19» inspira miedo, temor y ansiedad. ¿Conoce a alguien que esté a favor del coronavirus? Pero podemos unirnos en favor de la preservación del clima; todos podemos apoyar los empleos verdes y la electrificación. La esencia de oposición de la narrativa de la pandemia debe contrastarse con la visión aspiracional de un futuro brillante en el que la humanidad se haya unido para afrontar su mayor desafío. Con la crisis climática, existe un camino claro por delante: la mayoría de las tecnologías esenciales ya existen, los costos son manejables y todo depende de las decisiones que tomemos hoy y de la voluntad política que seamos capaces de reunir.

Cuando se le preguntó por la vida después de la COVID-19, Bill Gates respondió: “Espero que esto una al mundo.” Coincido plenamente. Un virus no conoce fronteras, y derrotarlo país por país no es ni práctico ni rentable. Para evitar otro huracán Katrina o no vernos sorprendidos cuando llegue la próxima pandemia, debemos priorizar los recursos para la prevención, no para la recuperación. Si no aprendemos esta lección del coronavirus, la humanidad se encontrará aplanada por la próxima curva que ella misma provoque.

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