Nuestro mundo se mueve ahora tan deprisa que nos cuesta centrarnos en grandes problemas como el cambio climático.
Para lograr un cambio de comportamiento masivo, debemos aprovechar la «memoria lenta».
El concepto consiste en crear espacio y tiempo en nuestras vidas aceleradas para reconocer que el futuro está moldeado por transformaciones graduales y paulatinas.
Parece que nos cuesta prestar suficiente atención a las crisis climática y de extinción. Esto se debe a que, en su mayor parte, sus causas avanzan lentamente, sin el espectáculo llamativo capaz de captar nuestra atención en medio de los ciclos informativos de 24 horas y las distracciones de las redes sociales. La reciente película de Netflix No mires arriba capta muy bien nuestra incapacidad para centrarnos en una amenaza común de este tipo y unirnos para contrarrestarla. Para cambiar esta situación, debemos desarrollar una «memoria lenta» que nos ayude a preocuparnos por el cambio gradual y a actuar frente a él.
Los seres humanos afrontamos las catástrofes recordándolas colectiva e individualmente. Si el cambio climático es la principal amenaza, merece tanta atención como la que nuestros abuelos y bisabuelos dedicaron a sobrevivir a la amenaza de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, la mayoría recordamos activamente y combatimos aquello que condujo a ese conflicto —el fascismo, la discriminación, el odio y las privaciones económicas— y hemos acuñado la expresión «nunca más» para resumir la idea de que recordar el pasado implica asumir la responsabilidad por el futuro.
Hace un siglo, un sociólogo francés llamado Maurice Halbwachs, uno de los padres fundadores de los estudios sobre la memoria, sostuvo que la memoria colectiva ofrece un marco para comprender el pasado y permite que un grupo negocie qué representa. Tendemos a concebir la historia en términos de fechas, acontecimientos y personas concretos, por lo que las conmemoraciones públicas suelen representarlos mediante aniversarios, placas que indican dónde «pasaron cosas» o estatuas. Esta es la «memoria rápida», un repertorio de fácil acceso de rituales conmemorativos. Los Estados modernos, tanto democráticos como autoritarios, cuentan con departamentos enteros dedicados a la gestión de la memoria rápida.
El problema del cambio climático es que no se presta fácilmente a la memoria rápida: no lo causa un conjunto claro de acontecimientos o actores identificables, y la responsabilidad recae en muchas personas, comunidades y procesos económicos, sociales y coloniales diferentes, muchos de ellos del pasado lejano. Tampoco puede superarse mediante las acciones heroicas de unas pocas personas ni con un esfuerzo concertado a corto plazo.
Para que cambien las políticas y el comportamiento colectivo, la amenaza del cambio climático y de la extinción de especies debe volverse imposible de ignorar. Para ello, necesitamos desarrollar una relación emocional, y no meramente intelectual, con el planeta y sus futuros habitantes. ¿Cómo podemos entender el «nunca más» en relación con la devastación ambiental causada por el ser humano?
El presente ha sido moldeado por cambios graduales
La memoria lenta —un concepto que he desarrollado en colaboración con colegas como parte de un proyecto financiado por la UE— consistiría en crear espacio y tiempo en nuestras vidas aceleradas para reconocer que el presente (y el futuro) está moldeado por transformaciones graduales y paulatinas, como el declive de las poblaciones de abejas o la desaparición de la selva tropical.
La memoria lenta implica descentrar a los seres humanos de las historias que contamos sobre nuestro pasado y dar cabida en ellas a otras especies. Esto es lo que hacen ahora los activistas de Brighton cada año el 30 de noviembre, cuando se reúnen para llorar la pérdida de especies en una especie de rito funerario y crear lo que describen como «un espacio para explorar historias sobre extinciones que también reconozcan y presten la debida atención a las experiencias humanas relacionadas de injusticia u opresión».
Por suerte, no tenemos que empezar de cero para crear una memoria lenta: como han demostrado Joanne Garde-Hansen y sus colegas en su trabajo sobre los recuerdos de las inundaciones, las comunidades que han vivido cambios ambientales llevan mucho tiempo desarrollando formas de recordar, aunque a menudo se hayan olvidado o ignorado. Estas prácticas han dejado huellas en los archivos comunitarios y en los relatos familiares; encontrarlas exige que «bajemos el ritmo» y reconsideremos qué importa, quién importa y qué fuentes importan.
Escuchar a las personas mayores o a las comunidades marginadas y aprender sobre sus respuestas al cambio es un buen punto de partida. Esta manera «más pausada» de actuar ante el peligro puede parecer extrañamente carente de resultados previsibles, pero está claro que nuestro impulso cada vez más acelerado por encontrar soluciones rápidas ha sido parte del problema hasta ahora.
Cómo desarrollar la memoria lenta
Otra vía para desarrollar la «memoria lenta» consiste en recurrir a técnicas conmemorativas conocidas para llamar la atención sobre una amenaza de evolución lenta. El proyecto más impresionante de este tipo es Eden Portland, una propuesta para convertir una antigua mina en un espacio conmemorativo y construir también un monumental monumento al aire libre para recordar las especies que hemos perdido y suscitar una respuesta emocional.
El monumento se construirá sobre un acantilado en la isla de Portland, en el sur de Inglaterra, en una región declarada Patrimonio Mundial por la Unesco conocida como la Costa Jurásica por la gran variedad de fósiles que se encuentran allí. Estos fósiles son la forma en que la naturaleza conmemora a los antiguos habitantes de nuestro planeta, pero los seres humanos no han reconocido las huellas en la roca como un llamamiento a la acción.
En Eden Portland, enormes esculturas del rinoceronte blanco, el delfín del Yangtsé y otros animales extintos darán rostro a las víctimas de la caza furtiva y la destrucción de hábitats, y harán que la «memoria rápida» sirva para recordar la devastación lenta.
Así, la conmemoración convencional —el monumento— se utilizará para fomentar los vínculos emocionales entre las especies humanas y no humanas, indispensables para persuadir a nuestros responsables políticos de que actúen ahora, antes de que sea demasiado tarde. Necesitamos multitud de proyectos grandes y pequeños de este tipo de «memoria lenta» para provocar un cambio fundamental de conciencia sobre el cambio climático.






