Las lluvias inusualmente intensas, impulsadas por el cambio climático, están arrastrando capas de turba que servían de protección.
Debajo de la turba puede haber artefactos antiguos y vestigios de la historia de la humanidad, señalan un arqueólogo y una científica forense.
La turba arrastrada deja expuestos los yacimientos subyacentes, por lo que es de vital importancia poder vigilar cómo esto puede dañar lo que yace debajo.
Además de amenazar la biodiversidad, los sistemas alimentarios y la salud humana, el cambio climático tiene otra víctima: los artefactos antiguos. En algunos yacimientos de interés arqueológico del Reino Unido, las lluvias inusualmente intensas erosionan las capas protectoras de turba y dañan las reliquias conservadas que yacen debajo.
Algunos de los vestigios arqueológicos más importantes del Reino Unido se han encontrado enterrados en turba, un tipo de suelo naturalmente muy ácido y con poco oxígeno. Por eso conserva muy bien la madera, el cuero y los tejidos, ya que los microorganismos que normalmente descomponen estos materiales no pueden prosperar.
La turba ha ayudado a mantener intactos los antiguos entornos de Gran Bretaña para que puedan estudiarse hoy: desde caminos neolíticos que señalan las rutas que seguían nuestros antepasados entre asentamientos de Somerset, hasta cuerpos conservados como el hombre de Lindow hallado en una ciénaga de Cheshire. El entorno de turba en el que fue enterrado el hombre de Lindow redujo drásticamente la descomposición, por lo que su cabello y su barba siguen siendo visibles incluso después de casi 2.000 años.
Pero el cambio climático está trayendo al Reino Unido veranos cada vez más calurosos e inviernos más lluviosos, con precipitaciones locales de una intensidad sin precedentes. Esto transforma el paisaje al arrastrar capas de suelo y turba, dejando al descubierto edificios, objetos y restos humanos de interés arqueológico.
Para comprender mejor la rapidez con que se están produciendo estos cambios y sus posibles consecuencias para los futuros arqueólogos, nuestros colegas estudian lo que está ocurriendo en Magna, el emplazamiento de un antiguo fuerte romano en Northumberland.
Magna
Magna es uno de los yacimientos más fascinantes y mejor conservados del Reino Unido. Como base militar estratégica, habría ocupado una posición dominante en el cruce de tres calzadas romanas importantes: Stanegate, Military Way y Maiden Way. Los estudios indican que estuvo ocupado desde el año 80-85 d. C. hasta el final de la Britania romana, alrededor del año 410 d. C.
Para estudiarlo, los arqueólogos perforaron el terreno e instalaron dispositivos llamados piezómetros para recopilar datos sobre el nivel y la temperatura de las aguas subterráneas. También envían muestras de turba a un laboratorio para analizarlas desde el punto de vista químico y microbiológico. Esta información nos ayudará a comprender cómo está cambiando el entorno local y qué efecto podría tener esto en el deterioro arqueológico.
Otro fuerte romano, Vindolanda, situado a solo unos kilómetros al este de Magna, ha proporcionado algunos de los hallazgos más importantes de la Britania romana. Allí, los arqueólogos han descubierto la primera prueba de escritura de una mujer (Claudia Severa, que escribió a su amiga Sulpicia Lepidina para invitarla a su próxima fiesta de cumpleaños), los guantes de boxeo más antiguos del mundo, de alrededor del año 120 d. C., y la mayor colección de calzado romano de cuero jamás hallada, compuesta por la asombrosa cifra de 7.000 piezas.
Estos extraordinarios hallazgos se deben al singular entorno de turba del fuerte, lo que también los hace vulnerables al deterioro provocado por el clima. Tememos que los hallazgos aún por descubrir pronto puedan sufrir daños irreversibles por los efectos del cambio climático.
La importancia de la turba
Las turberas cubren alrededor del 3 % de la superficie terrestre del mundo y son uno de sus mejores sumideros naturales de carbono: almacenan el doble de carbono que todos los bosques del mundo juntos.
En Inglaterra e Irlanda del Norte, las turberas ocupan entre el 10 % y el 12 % de la superficie terrestre, mientras que en Escocia cubren el 20 %. Históricamente, estos paisajes se han drenado para destinarlos a la agricultura, y la turba se secaba y quemaba como combustible, liberando enormes cantidades de carbono a la atmósfera.
Se estima que en Europa se han perdido 100.000 km² de turberas en los últimos 50 años. Gran parte de lo que queda está en mal estado. En el Reino Unido, solo una quinta parte de las turberas puede describirse como «casi intacta».
El drenaje, la extracción de turba y la agricultura que han dañado estos ecosistemas también han perjudicado en igual medida los hallazgos arqueológicos enterrados en ellos. El crecimiento de la turba se ralentiza o se detiene cuando se drenan las turberas, lo que provoca la oxidación del suelo y favorece la proliferación de microorganismos destructivos.
Arqueólogos y responsables políticos colaboran ahora para mantener las turberas protegidas y contribuir a capturar y conservar tanto el carbono como las pruebas de la historia del Reino Unido.
Y este compromiso de proteger las turberas y el patrimonio que albergan se ha extendido por todo el mundo. El año pasado, una sesión de la conferencia de las Naciones Unidas sobre el clima COP26 se dedicó a destacar la importancia de proteger las turberas. Pero este es solo el comienzo de un largo camino para garantizar que las turberas y los tesoros que albergan permanezcan a salvo para las generaciones venideras.





