La mejor manera de evitar una gran catástrofe climática es proteger parcialmente algunas zonas de la Tierra de la radiación solar entrante, afirman dos expertos.
Pero estas decisiones deben estar lideradas por quienes más sufrirán los efectos del cambio climático, afirman.
Los países desarrollados del «Norte Global» son responsables del 92% de las emisiones globales excesivas, según un estudio de 2020.
Sin embargo, es el resto del mundo —el «Sur Global»— el que soporta de manera desproporcionada los peores efectos del cambio climático.
Los países desarrollados del «Norte Global» son responsables del 92% de las emisiones globales excesivas, según un estudio de 2020 publicado en The Lancet Planetary Health. Sin embargo, es el resto del mundo —el «Sur Global»— el que soporta de manera desproporcionada los peores efectos del cambio climático. Las medidas de emergencia para reflejar más luz solar podrían ayudar a evitar temporalmente los peores impactos, pero deben servir para mejorar la seguridad de quienes más se ven afectados.
Entre el 15% y el 40% de las emisiones de CO₂ permanecerán en la atmósfera durante más de 1.000 años. Dado que gran parte del cambio climático ya es inevitable, cualquier estrategia para abordarlo basada únicamente en la reducción de emisiones, sin importar lo rápido que las reduzcamos, seguiría provocando pérdidas catastróficas de hielo en el Ártico y la Antártida, que causarían un aumento del nivel del mar, la desaparición de países de baja altitud y cientos de millones de refugiados climáticos. También habría escasez mundial de alimentos y agua, inundaciones e incendios forestales masivos y una pérdida permanente de ecosistemas. Estos cambios devastadores seguirán afectando de manera desproporcionada al Sur Global.
Creemos que la mejor manera de evitar una gran catástrofe es desarrollar y poner en marcha medidas temporales que protejan parcialmente algunas zonas de la Tierra de la radiación solar entrante, al menos hasta que puedan ampliarse las reducciones de emisiones y la captura y el almacenamiento de carbono.
Hay dos enfoques principales con características muy diferentes. El primero consiste en liberar pequeñas partículas reflectantes en la atmósfera superior, que reflejarían la luz solar de vuelta al espacio. Este proceso, conocido como «inyección de aerosoles estratosféricos», enfriaría el planeta durante varios años o más, pero es polémico debido a la posibilidad de que tenga consecuencias imprevistas globales y duraderas.
El otro enfoque, el «abrillantamiento de nubes marinas», consiste en que los barcos generen rocío marino. Las gotas de agua se evaporan y los cristales de sal resultantes son transportados hacia la atmósfera. Esto proporciona un soporte para la formación de nubes y ayuda a enfriar el planeta, ya que las nubes formadas alrededor de pequeños cristales de sal reflejan más energía solar.
Como estas partículas vuelven al océano en cuestión de semanas, es mucho más fácil «desactivar» el abrillantamiento de nubes si alguna vez se considera necesario. Además, como podría aplicarse a escala más regional, es más probable que la población y quienes formulan políticas lo acepten.
Experimentos en el mundo real
La mayor parte de lo que sabemos sobre estas tecnologías proviene de simulaciones informáticas conocidas como modelos climáticos. Sin embargo, también se han realizado algunos experimentos en el mundo real. Por ejemplo, China ha inyectado partículas en la atmósfera para intentar sembrar nuevas nubes y fomentar las precipitaciones en montañas remotas, y ha cubierto un glaciar con tela para evitar que se derrita. En Perú, las autoridades pintaron una montaña de blanco para reflejar más calor y proteger su glaciar (los colores más oscuros absorben más calor). Hay planes para proteger la Gran Barrera de Coral de Australia mediante el abrillantamiento de nubes.
Estos pasos iniciales nos aportan información valiosa sobre las posibilidades y limitaciones de estas tecnologías. Sin embargo, hacen falta más financiación e investigación para comprender sus limitaciones y riesgos.
Hay cuestiones técnicas que deben abordarse, pero también hay cuestiones fundamentales de las ciencias sociales: la investigación deberá examinar los contextos en los que se desarrollan estas tecnologías, con atención a las dimensiones de género, ética, justicia, equidad y desarrollo sostenible entre las comunidades más afectadas por el cambio climático. Las colaboraciones de investigación y los mecanismos de gobernanza deben evolucionar para dar cabida al liderazgo de estas comunidades, lo que a su vez reforzará la capacidad mundial para desarrollar y desplegar tecnologías seguras e inclusivas como solución intermedia al cambio climático.
Posibilidades de evitar una catástrofe
El coste de la injusticia climática no se puede cuantificar fácilmente. Sin embargo, las comunidades con menos capacidad de adaptación —quizá por falta de recursos, conflictos preexistentes o porque viven en zonas ya propensas a sequías o huracanes— bien podrían sostener que ningún nivel de cambio climático es seguro. Los avances tecnológicos, como el abrillantamiento de nubes marinas, abren una posible vía para evitar una catástrofe, que debe desarrollarse más.
Si situamos la vida humana y la seguridad ambiental mundial en el centro de nuestra respuesta, debemos explorar tecnologías potenciales que podrían salvar innumerables vidas y frenar los peores impactos del cambio climático hasta que las políticas de mitigación se pongan a la altura de la realidad. Pero, sobre todo, las decisiones sobre cómo se lleva a cabo la investigación y si deben desplegarse intervenciones tienen que estar lideradas por quienes, de otro modo, serían los más afectados por el cambio climático; no basta con que participen.
Una posible vía es establecer centros de investigación en el Sur Global. Un organismo intergubernamental como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) podría organizar conjuntamente los intercambios entre centros junto con la sociedad civil y el mundo académico. Algo similar ocurrió durante la Revolución Verde de las décadas de 1950 y 1960, cuando nuevas tecnologías agrícolas se difundieron por todo el mundo, y puede observarse hoy en situaciones humanitarias.
Podrían participar organismos regionales como la Unión Africana y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, aunque la cuestión de quién desplegará realmente estas tecnologías —la marina o la fuerza aérea de qué país rociará las partículas— debería resolverse mediante un acuerdo internacional. Las naciones más afectadas por los efectos del cambio climático (y con menor capacidad de adaptación) deberían desempeñar un papel de liderazgo, no solo orientando la investigación, sino también supervisando quién, cómo y cuándo se lleva a cabo cualquier despliegue.






