La capa de hielo, las plataformas de hielo y el hielo marino de la Antártida se están reduciendo, todos ellos, a un ritmo cada vez más acelerado.
Esta pérdida continua de hielo podría llevar el sistema climático del planeta a un bucle de retroalimentación que se agrava.
Identificar puntos de inflexión en la tecnología y el comportamiento humano es fundamental para limitar el calentamiento global a 1,5 °C.
Durante generaciones, la Antártida fue el continente más hostil, capaz de vencer a los hombres más resistentes, y se mantuvo como un lugar prístino y misterioso, aislado del resto del planeta. Pero hoy comprobamos que incluso este continente remoto e inhóspito está lejos de ser inmune a los efectos del cambio climático de origen humano. De hecho, es una de las partes del mundo que más se calienta, con graves consecuencias para todos nosotros.
La Antártida está perdiendo una cifra asombrosa de 150 000 millones de toneladas de hielo glaciar al año, y este ritmo de pérdida de hielo se está acelerando. La principal causa es el calentamiento del océano, que no solo derrite directamente la capa de hielo, sino que también adelgaza las plataformas de hielo flotantes que sostienen la capa de hielo en tierra. A medida que las plataformas de hielo pierden resistencia, permiten que más hielo fluya hacia el mar, elevando el nivel del mar.
El hielo marino que rodea el continente se viene reduciendo desde 2016. La extensión máxima del hielo marino de este invierno fue de 1,75 millones de km² por debajo del promedio de 1981-2010, lo que significa que, en la práctica, faltaba una superficie equivalente al tamaño de Libia.
El aire sobre la Antártida también se está calentando, lo que provoca fusión superficial que puede desencadenar el colapso de las plataformas de hielo. En marzo de 2022, la Antártida Oriental fue azotada por la ola de calor más extrema jamás registrada en la Tierra, con temperaturas que se dispararon 38 ℃ por encima de lo normal. Si esta ola de calor hubiera ocurrido en verano, se habrían alcanzado por primera vez temperaturas por encima del punto de fusión en el lugar más frío del planeta.
La forma del terreno bajo el hielo afecta a su vulnerabilidad. La capa de hielo de la Antártida Occidental, que podría elevar el nivel medio del mar mundial en más de tres metros, depende de la estabilidad del glaciar Thwaites. Esta parte de la capa de hielo descansa sobre un lecho submarino con pendiente descendente, lo que la hace propensa a un retroceso irreversible.
Impactos globales
Las implicaciones de largo alcance del deshielo antártico abarcan un amplio espectro de repercusiones ambientales y climáticas a escala mundial. El impacto más evidente es la subida del nivel medio del mar, que amenaza a cientos de millones de personas que viven en zonas costeras de todo el mundo. Incluso una subida de unos pocos centímetros del nivel del mar puede aumentar el riesgo de inundaciones, erosión, marejadas ciclónicas e intrusión de agua salada, dañando hogares, infraestructuras y tierras de cultivo. Un estudio de 2020 concluyó que una subida del nivel medio global del mar de un metro para 2100 provocaría que los daños anuales por inundaciones aumentaran entre dos y tres órdenes de magnitud, afectando hasta al 20,3 % del PIB mundial. Sin embargo, esta cifra podría ser una subestimación, ya que no podemos descartar una subida del nivel medio global del mar de dos metros para 2100.
La pérdida de hielo antártico supone una amenaza significativa para el sistema climático de nuestro planeta, ya que puede desencadenar un bucle de retroalimentación que agrava el calentamiento global. A medida que el hielo marino de la región antártica disminuye, quedan al descubierto extensiones más amplias de agua libre. El agua más oscura absorbe una mayor cantidad de radiación solar, atrapando más calor dentro del sistema terrestre. El Ártico viene experimentando este cambio desde la década de 1970, y si la Antártida empieza a comportarse como el Ártico, ambas regiones polares contribuirían a acelerar aún más el calentamiento.
El deshielo antártico también amenaza la alteración de la circulación oceánica, que transporta calor y nutrientes por todo el mundo. A medida que la capa de hielo se derrite, diluye el agua de mar con agua dulce, lo que la hace menos densa y menos propensa a hundirse. Esto podría ralentizar la gran cinta transportadora que impulsa la circulación oceánica mundial, alterando la distribución de nutrientes y los patrones meteorológicos globales, y poniendo en riesgo la seguridad alimentaria.
Las soluciones
Cierta subida del nivel del mar procedente de la Antártida es ya inevitable, pero aún podemos evitar los peores impactos reduciendo con urgencia las emisiones de gases de efecto invernadero. El plan de aplicación de Sharm el-Sheikh, adoptado en la COP27, reconoció los impactos del cambio climático en la criosfera. Las negociaciones de la COP28 deben aprovechar este impulso y reconocer que limitar el calentamiento global a 1,5 °C es una necesidad física para evitar el colapso irreversible de la Antártida Occidental. Por tanto, debemos descartar cualquier posibilidad de alcanzar un calentamiento de 2 °C, que sería catastrófico tanto para la Antártida como para el resto del mundo.
Podemos lograrlo activando puntos de inflexión positivos para el cambio social. Se trata de cambios rápidos en el comportamiento humano, la tecnología, las políticas o los mercados que pueden conducir a transformaciones a gran escala que reduzcan las emisiones y mejoren la resiliencia. Se alcanzan puntos de inflexión poderosos cuando las nuevas tecnologías limpias igualan en coste a las alternativas contaminantes tradicionales.

El despliegue de nuevas tecnologías sigue un patrón bien conocido de «curvas en S» de adopción exponencial. Cuanto más producimos algo, mejor lo hacemos y los costes disminuyen de forma predecible, lo que lleva a un crecimiento acelerado en el despliegue de la nueva tecnología. Los modelos muestran que la energía renovable crece de forma exponencial y se prevé que aporte más de un tercio de la electricidad mundial en 2030 y supere a los combustibles fósiles.
De manera similar, los vehículos eléctricos son cada vez más asequibles y accesibles, gracias a la rápida caída de los costes de las baterías y al crecimiento de la infraestructura de recarga. También son mucho más baratos de utilizar que los automóviles de combustión, ya que tienen menores costes de mantenimiento y combustible. Estos factores están impulsando la adopción exponencial de los vehículos eléctricos y reduciendo las emisiones del sector del transporte, con una cuota de mercado de los vehículos eléctricos que se prevé alcance entre el 62 % y el 86 % de las ventas mundiales en 2030, lo que eliminaría la necesidad de entre 5 y 10 millones de barriles de petróleo al día.
Es probable que este patrón de crecimiento se repita sector tras sector, pero para mantener el impulso necesitamos innovadores que resuelvan los desafíos que surjan en el camino. Ya sea impulsando la demanda a través de la First Movers Coalition, fomentando la inversión temprana a través de la Mission Possible Partnership, o colaborando para crear las condiciones políticas adecuadas a través de la Breakthrough Agenda, necesitamos objetivos ambiciosos y alianzas intersectoriales para impulsar transformaciones. La COP28 es una oportunidad para fortalecer las alianzas y garantizar que todos los sectores avancen a la velocidad y escala necesarias para proteger no solo a la Antártida, sino también nuestro propio futuro.




