Fue inspirador leer sobre el lanzamiento del ensayo de Waitrose en Oxford, que ofrece a los consumidores una variedad de productos sin envases. Su sistema no es revolucionario: los supermercados más pequeños supermercados llevan bastante tiempo haciendo lo mismo, al igual que muchas personas comprometidas. Pero es la primera vez que un gran supermercado da un paso importante para alejarse del modelo dependiente de los envases que ha dominado durante años en los grandes supermercados.
El sistema de Waitrose, en el que los clientes pueden llenar sus propios recipientes reutilizables con una variedad de alimentos, bebidas alcohólicas y productos de limpieza, me recuerda al tiempo que pasaba con mis abuelos en Kent cuando era niño. Íbamos andando al pueblo de Walderslade y visitábamos una tienda para comprar natillas en polvo, harina y cereales, sin envases. Había barriles alineados uno junto a otro, que invitaban a servirse, pesar y pagar la cantidad necesaria. Al crecer durante la época de racionamiento de la Segunda Guerra Mundial, mis abuelos me enseñaron una valiosa lección: intentar no desperdiciar nada.
En aquel entonces, no había opción de comprar productos en los envases sin los que hoy nos cuesta imaginar vivir. Por ahora, Waitrose sigue dando a los clientes la opción de comprar como de costumbre, por lo que debemos considerar este trascendental anuncio apenas el comienzo de un cambio sísmico hacia supermercados que permitan a los consumidores comprar teniendo en cuenta la salud del planeta.
Los supermercados del futuro
El primer paso clave hacia esta visión consiste en extender la filosofía de prescindir de los envases a todas las tiendas de los grandes supermercados y, algo crucial, en no dar a los consumidores que podrían resistirse al cambio la opción de seguir eligiendo los productos envasados contaminantes que les resultan tan familiares.
Esto significa cambiar a sistemas de dispensadores siempre que sea posible: no solo para los cacahuetes y la pasta, sino también para productos como las bebidas y los artículos de aseo. Además de proteger el planeta, los innovadores programas de reutilización y recarga tienen el potencial de ahorrar miles de millones en costes de envasado, un ahorro que podría trasladarse a los consumidores.
Con otros alimentos es más complicado. Al prolongar la vida útil de los productos frescos, el plástico reduce enormemente el desperdicio de alimentos, que produce metano si acaba en un vertedero. Los bioplásticos son una opción, pero si se usaran ampliamente requerirían vastas extensiones de tierra y, actualmente, contaminan los circuitos de reciclaje del plástico derivado de combustibles fósiles, con un coste elevado. Por tanto, los gobiernos y los supermercados tendrán que trabajar juntos para mejorar drásticamente los sistemas nacionales de reciclaje y gestión del desperdicio alimentario, de modo que los cambios en los envases ayuden al medioambiente en lugar de perjudicarlo.
En cuanto al desperdicio de alimentos, Francia ha demostrado lo rápido que puede aplicarse un cambio. En 2016, el país prohibió a los supermercados tirar comida y los obligó a firmar acuerdos de donación con organizaciones benéficas. Por supuesto, la responsabilidad no recae solo en los supermercados: la mayor parte del desperdicio de alimentos se genera en casa. Con el apoyo de los servicios gubernamentales de recogida de residuos alimentarios, los consumidores deben intentar comprar solo lo que vayan a comer y compostar lo que no consuman. Y cuando la vida útil mejora significativamente, seguir usando plástico quizá sea lo mejor para el planeta, siempre que mejoremos nuestras pésimas tasas de reciclaje. En cuanto al desperdicio de alimentos, Francia ha demostrado lo rápido que puede aplicarse un cambio. En 2016, el país prohibió a los supermercados tirar comida y los obligó a firmar acuerdos de donación con organizaciones benéficas. Por supuesto, la responsabilidad no recae solo en los supermercados: la mayor parte del desperdicio de alimentos se genera en casa. Con el apoyo de los servicios gubernamentales de recogida de residuos alimentarios, los consumidores deben intentar comprar solo lo que vayan a comer y compostar lo que no consuman. Y cuando la vida útil mejora significativamente, seguir usando plástico quizá sea lo mejor para el planeta, siempre que mejoremos nuestras pésimas tasas de reciclaje.
Además, los supermercados del futuro podrían dar otros pasos radicales pero esenciales para convertirse en baluartes de la protección del medioambiente.
En primer lugar, celebrar las estaciones y los productos locales. Es cierto que los productos frescos cultivados localmente no tienen automáticamente una huella de carbono menor que los alimentos transportados en avión desde campos lejanos, debido a las diferencias en las prácticas agrícolas y las condiciones meteorológicas. Por ejemplo, los tomates que se importan al Reino Unido desde España generan menos emisiones que los tomates británicos, que requieren invernaderos con calefacción. Pero quizá la solución no sea comprar tomates españoles o británicos, sino volver a conectar nuestros hábitos alimentarios con lo que crece de forma natural en el país donde vivimos.
La gran mayoría de las personas no sabría decirte en qué mes maduran los brotes de brócoli o los champiñones, ni siquiera si se cultivan en su país. Cambios sencillos, como organizar los pasillos por procedencia geográfica y destacar a los productores locales de alimentos de la comunidad podrían transformar nuestra forma de ver la comida. Reorientar nuestro consumo hacia lo que es de temporada y local podría reducir nuestra dependencia del transporte aéreo y de las prácticas de cultivo de alto consumo energético, fortalecer el vínculo con la tierra que produce los alimentos de los que dependemos y devolver a los supermercados el papel de centros comunitarios que antaño tuvieron
Por último, los supermercados deben introducir urgentemente un sistema de clasificación que identifique el impacto medioambiental de todos y cada uno de los productos a lo largo de su ciclo de vida. Antes de que un sistema de etiquetado pueda ser realmente eficaz, habrá que superar el serio reto de hacer transparentes unas cadenas de suministro de productos a menudo complejas. Centrar esfuerzos en ello es, en sí mismo, un objetivo importante, y los supermercados tienen la responsabilidad de liderarlo. El Gobierno de Dinamarca ya ha anunciado que colaborará con los supermercados para colocar pegatinas en todos los productos alimentarios que indiquen claramente su huella de carbono. Ojalá otros países sigan pronto su ejemplo.
Un sistema de etiquetado así no solo aceleraría el abandono de productos cuyo impacto perjudicial ya se conoce, como la carne de vacuno, sino que también ayudaría a disipar la confusión en torno a productos veganos de popularidad reciente que también dañan el medioambiente, como la leche de almendras, cuya producción, entre otras cosas, requiere cantidades enormes de agua. El nuevo y radical etiquetado de alimentos de Chile, cuyo objetivo es reducir la crisis de obesidad del país, ya ha cambiado los hábitos alimentarios, y el movimiento ecologista haría bien en tomar nota.
Los esfuerzos de Waitrose por eliminar los plásticos y los envases merecen celebrarse, pero son solo el comienzo de lo que debe hacerse en toda la sociedad para afrontar las crisis climática y ecológica. Con un poco de inspiración del pasado y algo de imaginación para superar los nuevos desafíos de la época actual, podemos empezar a alimentar a los habitantes del planeta sin perjudicar sus ecosistemas ni su clima.




