No recuerdo el momento concreto en el que acepté plenamente que mi vida en Estados Unidos estaba estructuralmente comprometida, que las oportunidades estaban cubiertas por un techo de cristal y encerradas en cuatro muros.

Que el hecho de no ser un atleta, un artista o un famoso con mucho talento cuyo trabajo es entretener al público estadounidense significaba que en la conciencia colectiva de los EE. UU. yo era un excedente, un problema que debía tolerarse.

Sin embargo, sí recuerdo el momento concreto en el que me di cuenta de que América me estaba matando. Fue a finales de 2016. En ese momento vivía en Oakland, donde me había mudado tras pasar dos años en San Francisco, transcurridos los cuales ya no soportaba estar en esa ciudad. Me había sentido solo, enfadado y frustrado durante un tiempo, y este triplete de emociones negativas había ido aumentando paulatinamente en intensidad.

La idea era poner San Francisco en la lista para poder decir que había vivido en esta famosa ciudad. Vivir allí un par de años para después cruzar el Puente de la Bahía, comprarme un apartamento y pasar allí los 10 años siguientes hasta mi repatriación a África.

Lo que no había previsto era la magnitud y la rapidez del rechazo que experimentaría en San Francisco. Me mudé allí en abril de 2014 y en menos de un año ya estaba cruzando el Puente de la Bahía para pasar los fines de semana en Oakland y alejarme de las situaciones desagradables.

Es difícil describir la experiencia, pero, en esencia, una nueva generación de lo que puede describirse como una descendencia suburbana blanca privilegiada sin interés por la diversidad ni necesidad de ella se había apoderado de San Francisco.

Al haber crecido en los suburbios estadounidenses, la cuna del privilegio blanco americano, totalmente aislados del resto del tejido étnico del país, estas personas buscaban la familiaridad de aquellos que eran como ellos. La diversidad era un concepto académico, algo que solo encontraban en la pantalla o en alguna asignatura optativa de la universidad, una abstracción con la que nunca tendrían que lidiar en sus vidas.

Estas personas acudieron en masa a San Francisco después de la universidad. Amigos que traían más amigos convenciéndoles de lo fantástica y desenfrenada que era la vida en esa ciudad. Era su momento, la tecnología era una buena opción laboral y San Francisco era el lugar perfecto.

Llegaron tantos de Boston que en algún momento se les podía identificar de inmediato. Se referían el uno al otro como "Massholes", un término despectivo irónico del que se enorgullecían en secreto. San Francisco parecía un anexo de Boston, invadido por Massholes, y cualquiera que sepa cómo se distribuye la intolerancia en Estados Unidos sabrá que Boston es bastante prolífico en este sentido.

Mis esperanzas de una experiencia cultural emocionante que lo abarcase todo en la ciudad de la bahía se vieron frustradas por el gigante que es la realidad dominante de Estados Unidos. La supremacía blanca.

La cultura monotemática era sofocante; el rechazo social, doloroso; y el aislamiento, aplastante. En estas condiciones, mi ira se agravó. El telón de fondo de todo esto fue un período en el que el teléfono inteligente enseñaba al mundo el antiguo fetichismo oculto de Estados Unidos por destruir cuerpos negros.

Durante varios meses a mediados de la década de 2010, el implacable redoble de asesinatos negros a manos de la policía, todos ellos captados por teléfonos móviles para que el mundo los viera, era imparable.

Trayvon Martin, Mike Brown, Eric Garner, Sandra Bland, Tamir Rice, Walter Scott, Philando Castile ... Era incesante.

Pero el asesinato de Philando Castile fue el que me dejó hecho pedazos.

Me desperté una mañana en medio de toda esta carnicería sin sentido y, como la mayoría hacemos por la mañana, me conecté al mundo con mi móvil y lo vi. El vídeo de un hombre herido de muerte en el asiento del copiloto de un coche, mientras su alma abandonaba lentamente su cuerpo y su novia grababa angustiada toda la escena al tiempo que calmaba al asesino para conservar la vida de ella y la de su hijo, que estaba sentado en la sillita del coche en la parte de atrás del vehículo.

Parecía una escena sacada de una película con una actuación increíble. Atacaba tu alma y tu mente no sabía cómo asumirlo. No pude poner palabras cómodas para lo que estaba viendo. No podía creer lo que veía y oía.

Seguí con el resto de mi rutina matutina paralizado y conmocionado. En el corto viaje en autobús que me llevaba al trabajo en San Francisco, noté los rostros indiferentes de mis compañeros de viaje, los milennials blancos, en su aventura urbana imperturbable. Busqué en sus caras algún indicio de esa angustia fácilmente reconocible que sigue a una experiencia traumática compartida. Todos lo sabemos. De hecho, es un mecanismo de asimilación del ser humano. Nos buscamos en momentos de angustia compartida. Conectamos nuestros ojos con los de extraños y sabemos que comparten nuestra angustia.

Pero no había nadie para compartir. En ese momento supe más claramente que nunca que, a pesar de que ocupábamos el mismo espacio físico, existíamos en universos paralelos. No era posible que se hubieran perdido la furia que había estallado en Internet esa mañana y pudieran seguir con su vida sin que sus efectos se sintieran en su rostro.

¿No tenían el mismo internet que yo?

Llegué a trabajar malhumorado. Había una reunión del equipo de ventas esa mañana. Cuando nos reunimos en una de las salas de conferencias, casi esperaba que alguien lo mencionara en las bromas previas a la reunión, pero no fue así. No iba a mencionarlo; como persona negra, interiorizas que no debes incomodar a los blancos. Forma parte de la supervivencia en Estados Unidos. Cruzar voluntariamente de acera cuando pasa una mujer blanca, solo para que se sienta cómoda. Lo he hecho varias veces. En la vida detrás de las líneas enemigas, te adaptas al opresor.

La reunión empezó del mismo modo que siempre. Todos actuaban con normalidad, defendían enérgicamente sus intereses personales y, por lo general, contribuían a cualquier tema que se planteara. Para ellos era una mañana más. Yo me lo tomé como algo distinto.

Mi alma estaba abrumada y anhelaba esa especie de alivio particular que proporcionan el reconocimiento. El contraste de estar atrapado en un ambiente tan indiferente, donde todo el mundo actuaba como siempre cuando la injusticia fluía como un torrente a nuestro alrededor, era insoportable.

Seguí esperando durante toda la reunión a que alguien lo mencionara. Necesitaba desesperadamente conectar con alguien. Mi corazón lloraba, pero no había nadie con quien llorar. Yo era la única persona negra en la habitación.

La reunión terminó y volví a mi puesto reconociendo la derrota, alucinado de que se esperase que rindiese al máximo cuando me encontraba incapacitado mental y emocionalmente. Esta era una nueva forma de aislamiento que aún no había experimentado.

Antes de ese momento, había aceptado que existía en un campo de juego desigual y había desarrollado una forma de enfrentarme a esa realidad. Haz un trabajo excelente, concéntrate en lo que puedes controlar, mantén el máximo nivel de integridad y todo saldrá bien.

Pero en este caso, mis paredes habían sido quebradas. No importa lo estoicamente que hubiera estructurado mi filosofía de vida, la fuerza que mostrara: seguía siendo humano.

Una vez más, el racismo sistémico había invadido mi vida, comprometiendo mi capacidad para hacer un trabajo excelente y haciendo que fuera imposible concentrarme. No importa lo pragmático que seas si eres una persona negra en Estados Unidos, porque tarde o temprano estarás expuesto.

Escapé de San Francisco a Oakland en marzo de 2016. Al principio, Oakland era un soplo de aire fresco. Ver personas negras caminando era algo estimulante para el alma. Alquilé un apartamento en el mismísimo centro de Oakland. Mis hijas tenían nueve y diez años en ese momento y me visitaban los fines de semana. Nos compré patinetes para salir los fines de semana a disfrutar de nuestro nuevo entorno urbano. Nos sentíamos como en casa.

Pero como la mayoría de las cosas nuevas, la novedad pronto se desvaneció para revelar un pueblo que pierde su alma debido a un rápido aburguesamiento. Todavía había centros que reflejaban la cultura de las viejas costumbres. Los círculos espontáneos de tambores en el lago Merritt, el centro neurálgico de Oakland. La feria callejera del primer viernes, con toda la energía y la pasión del Oakland más puro. Si el sol salía durante el fin de semana, el bullicio de gente junto al lago era seguro. Pero el ambiente inconformista, con sus cafeterías y restaurantes independientes estaba comenzando a redefinir el paisaje cultural de Oakland.

No me malinterpreten, disfruté de las cafeterías y los restaurantes, pero también sabía que tenían un coste: la gente negra estaba siendo expulsada.

Los inversores y los especuladores acudieron en busca de su próxima oportunidad. De repente, la gente que nunca se atrevió a entrar en esa ciudad hace unos años, porque estaba estancada, empezó a aparecer. El sentimiento antiburgués estaba en el aire. Estalló la tensión entre los nativos y los recién llegados. Se desataron protestas. Pero como cualquier otro que arremete contra un proletariado no preparado contra la marcha implacable del capital organizado en un mercado libre, estos esfuerzos sin dirección se desvanecieron sin más.

Se estaba produciendo una salida constante de nativos negros y marrones a medida que se les ponía precio o se les convencía para vender propiedades familiares de gran tradición que ya no podían mantener. Los cambios estructurales suelen ser imperceptibles. No había un grupo visible de antiguos residentes que salieran de la ciudad. Pero se podía sentir en el aire. Las caras y los lugares de Oakland estaban cambiando.

Al mudarme a Oakland, pensé que había escapado del ojo de la tormenta del aburguesamiento para después descubrir que simplemente había cambiado su ubicación. Una vez conquistada San Francisco, la bestia insaciable del capitalismo fijó su mirada en Oakland, moviéndose a una velocidad impresionante para infiltrarse en esa ciudad, introduciéndose descaradamente en barrios que incluso los propios habitantes de Oakland consideraban peligrosos.

Antes de poder darte cuenta, una mujer blanca estaba llamando a la policía por una pandilla de hermanos que hacía algo muy típico de Oakland en el lago Merritt: barbacoa y ritmos musicales. Ese peculiar intruso terminó haciéndose viral por ejercer su privilegio fuera de lugar. La ceguera del privilegio es asombrosa.

Lo que esperaba encontrar al mudarme a Oakland no estaba allí. Sabía lo que necesitaba; comunidad, aceptación, existencia sin permiso. Había asumido que Oakland sería el lugar donde finalmente podría deshacer las maletas y relajarme en Estados Unidos, rodeado de gente ante la que no tenía que justificar mi existencia. Un lugar donde ser negro era lo suficientemente bueno y no hacían falta explicaciones.

Pero una noche concreta sentí algo distinto. Por primera vez reconocí una sensación cálida e incómoda, una especie de intuición. Como si algo se estuviera cociendo lentamente allí. Parecía lo que yo pensaba que podría ser la inflamación o la destrucción a nivel celular, el inicio de una intoxicación gradual. Sabía que algo iba mal.

La soledad, mezclada con el ataque opresivo de las microagresiones que marcaron mi vida en Estados Unidos. Si añadimos a esto la posibilidad diaria y muy real de sufrir daños corporales directos por parte de la policía, o un vigilante racista al azar, o un tiroteo en masa al estilo americano en el jardín, te pasa factura. Mi cuerpo se estaba adaptando a la existencia en un ambiente de terror de bajo grado. Me moría. El constante ataque que implica ser negro en Estados Unidos me estaba matando. Una sensación abrumadora de impotencia total mezclada con vergüenza y enfado. La opresión sistémica me tenía encerrado.

Solo dos días antes de escribir estas líneas, me encontré con un tuit de un médico estadounidense.

Ella es una mujer blanca, lo que le da a su tuit esa legitimidad que se concede a un observador imparcial externo.

En 2016, me escapé a México al menos cinco veces simplemente para alejarme del crisol. Llegado a un punto, incluso le sugerí a nuestro CEO que me dejara trabajar a distancia desde México, petición que fue rechazada. Como era de esperar, era un hombre blanco de Silicon Valley, cuya experiencia de vida era el vértice del privilegio. No había ni la posibilidad más remota de que él entendiera que yo literalmente luchaba por mi vida, que el mismo ambiente que era tan acogedor para él me estaba matando. No habría servido de nada intentar explicarlo.

En ese momento no podía hacer nada por escapar. Me estaba muriendo y lo sabía. Mi única esperanza era salir.

Ese mes de noviembre eligieron a Trump.

Este es un capítulo de un libro que estoy escribiendo y que se publicará a finales de año. Más allá del mero hecho de escribir, esto es lo que estoy haciendo para generar cambio.

Mark Karake es fundador y director general de Impact Africa Network.