Parece que no hace daño, que solo molesta, pero el ruido puede llegar a matar. Barcelona es una de las diez ciudades más bulliciosas del mundojunto a Nueva Delhi, Pekín o Ciudad de México. Miramos la contaminación acústica sin preocupación, como si fuera la prima inofensiva de todas las contaminaciones, pero la Organización Mundial de la Salud pulsó el botón de alarma: «Es una amenaza infravalorada».

Como recogió Europa Press, durante el día, en nuestro país casi nueve millones de ciudadanos soportan ruidos por encima de los 65 decibelios recomendados por la OMS. A pesar de los datos, el problema no se toma en serio y eso redunda en una falta de recursos para combatirlo.

«Como no hay conciencia no se trata, desde los municipios no saben el grave daño para la salud que supone y se utilizan los recursos en cosas que consideran más importantes», critica Yomara García, presidenta de la asociación Juristas contra el Ruido.

García cartografía para Yorokobu las consecuencias del ruido: «Provoca graves daños psicológicos como trastornos del sueño, estrés, ansiedad, depresión, pérdida de relaciones sociales, de capacidad auditiva, problemas cardiovasculares. Esta contaminación en Europa ocasiona numerosos ingresos hospitalarios y muertes prematuras. Hay 20 millones de europeos afectados por el ruido».

Familias sin dinero obligadas a abandonar su domicilio sin poder venderlo; familias que deben trasladar el colchón al otro extremo de la casa para conciliar el sueño; niños con enfermedades agravadas por falta de descanso; o incluso niños que desarrollan de manera más lenta su sistema cognitivo; la sordera que antes se sufría a los 60 años se padece ahora a los 40.

En 2016, el Informe de Ruido y Salud DKV-GAES trazó la clasificación de capitales más ruidosas de España. Según estos datos, la ciudad con mayor número de personas expuestas a niveles por encima de los establecidos por la OMS es Vigo, seguida de Girona, Barcelona, Logroño, Castellón de la Plana… En esta lista, Madrid queda en una de las mejores posiciones.

La falta de concienciación es uno de los principales escollos a la hora de bajarle el volumen a nuestras calles. La lucha avanza «a golpe de resolución judicial», lamenta Yomara García. «Todavía hay municipios donde no existen ordenanzas o no están adaptadas a las normativas estatales; en los que no hay policía especializada para medir y tampoco fonómetros en condiciones».

Ante la falta de medidas de previsión, los afectados deben esperar años a que se resuelva su situación. Desde Juristas contra el Ruido, explican que la principal fuente de intoxicación sigue siendo el tráfico, aunque tan solo representa un 6% de las quejas de los ciudadanos.

En cambio, el mayor número de denuncias y quejas se interpone contra el ruido procedente del ocio nocturno (un 35%). Discotecas, veladores, terrazas, bares, aglomeración de personas, botellones. Vivir en una zona turística de terrazas es una condena. «Colocación y recogida de mobiliario, incumplimientos de horarios y aforos» acarrean un malestar que las autoridades parecen poco interesadas en resolver.

Los españoles gritamos, nos reímos torciendo el cuerpo, tendemos a la carcajada, al brindis, a movernos y arrastrar las sillas, a la gresca. «En Londres no se te ocurre hablar de forma muy elevada en un restaurante. En España y en los países latinos sí tenemos esa costumbre», sostiene García, que no cree que se trate de un tema tanto cultural como de educación. «Hay que enseñar a nuestros niños a hablar bajito o a no poner las tablets a todo volumen en un restaurante», esboza.

El debate sobre la contaminación acústica aparece poco en los medios y cuando surge, en los casos que tocan el turismo, lo hace adherido a un debate que desautoriza o relativiza automáticamente las quejas de los vecinos.

La trampa es la de siempre: la economía. Se plantean los problemas de los habitantes de estas áreas, sí, pero, a la vez, se confrontan con los beneficios para la actividad económica que ofrecen la hostelería y la masificación. Para el espectador que escucha desde casa, desde una casa con menos ruidos, las denuncias pasan a segundo plano. La prosperidad empresarial se ha establecido como la bandera perfecta para neutralizar conflictos. Yomara García recuerda que deben prevalecer los derechos fundamentales: inviolabilidad del domicilio, intimidad personal.

En el fondo, no se requieren grandes despliegues de gasto para reducir el problema. «Con muy poco se puede mejorar la protección acústica: elección de materiales adecuados, informarse sobre soluciones técnicas y actuar en la planificación y el diseño urbano», explica.

Mirando a Europa, existen países como Suiza en los que los afectados no tienen que presionar a las instituciones para luchar contra los decibelios. Allí se invierte en vías de ferrocarril que no chirrían, trabajan en reducir el tráfico en las ciudades y se revisan constantemente los elementos callejeros que perturban el silencio. Incluso constituye un valor de orgullo tomar la iniciativa en la prevención. Hay competencia entre ciudades.

Así lo contó David Hesse en El País: a los suizos les molesta hasta el golpeteo sobre una calzada de adoquines de los triciclos eléctricos de los carteros y por eso se plantean instalar una tela asfáltica que absorba el sonido. Allí desagradan hasta los cencerros de las vacas, hasta el punto de que en Tesino, cuando la justicia no dio la razón a quienes exigían su retirada, un grupo de desconocidos los robaron con nocturnidad. Mientras en el país alpino la obsesión con el silencio parece no tener fin, en España sigue teniendo razón el que más grita.