Este artículo se publica en colaboración con The Conversation.
Durante casi toda la historia de nuestra especie, de unos 200.000 años, la relación del ser humano con la Tierra no era distinta a la de cualquier otro animal. Toda su energía procedía directamente del sol. La luz solar captada por las plantas mediante la fotosíntesis se convertía en alimento y combustible. Comían raíces, frutos y granos (y animales que también comían raíces, frutos y granos) para proporcionar energía a sus cuerpos. Quemaban madera para mantenerse calientes y grasa para tener luz por la noche.
Fue una estrategia exitosa para la supervivencia y, a lo largo de decenas de miles de años, la población humana se extendió por seis continentes.
Sin embargo, atrapada en este ciclo solar natural, existía un límite al número de personas que su estilo de vida podía sostener, y el número total de habitantes fluctuaba por debajo de los 500 millones según las enfermedades, las guerras y el suministro de alimentos.
Entonces, hace 350 años, todo cambió. Empezamos a complementar nuestras necesidades energéticas con carbón y petróleo (los seres humanos utilizaban carbón desde la prehistoria, pero no a gran escala). Seguía tratándose de energía procedente del sol, pero esta vez de millones de años de antigüedad. En menos de dos siglos, la población humana se disparó, duplicando su tamaño hasta alcanzar los 1.000 millones de personas. Desde entonces no ha dejado de crecer, aunque el ritmo de cambio se ha intensificado de forma considerable. Se necesitaron 100.000 años para alcanzar los primeros 1.000 millones de personas; hoy añadimos otros 1.000 millones cada 12 años. El resultado es una enorme presión sobre todos los recursos naturales. Durante las próximas dos décadas presenciaremos enormes aumentos en la demanda de energía, alimentos y agua: una tormenta perfecta.
Comparación de las estimaciones de la población mundial. El crecimiento se ha ralentizado, pero sigue sin ser sostenible. Max Roser / OurWorldInData, CC BY-SA
Este es nuestro cuarto siglo de crecimiento exponencial de la población. En el pasado, la humanidad se las arregló quemando más luz solar fosilizada en forma de carbón, petróleo y gas, y ampliando la superficie de tierra cultivada o utilizando más fertilizante de producción artificial. Pero esas soluciones simplemente ya no funcionarán, en parte por el cambio climático antropogénico provocado por la liberación de dióxido de carbono procedente de la combustión de esos combustibles fósiles. Nuestras reservas restantes de luz solar fosilizada son más difíciles de extraer, y nos estamos quedando sin agua dulce y sin nuevos lugares donde cultivar. Un nuevo estudio realizado por colegas míos reveló que un tercio de las tierras cultivables del mundo se ha perdido por contaminación y erosión en los últimos 40 años.
De cara al futuro, la pregunta clave no es simplemente: «¿Cuántas personas habrá?», sino más bien: «¿Cómo van a vivir todas ellas?»
En 2012, la Royal Society intentó abordar esta cuestión en una publicación titulada People and the Planet. La conclusión franca de este informe fue que, en las economías desarrolladas y emergentes, el consumo ha alcanzado niveles insostenibles y debe reducirse de inmediato. Afirma que el aumento de la población «implicará reducir o transformar radicalmente el consumo material y las emisiones dañinas, y adoptar tecnologías sostenibles. Este cambio es fundamental para garantizar un futuro sostenible para todos».
Ya hemos estado aquí muchas veces. Toda la historia humana es, esencialmente, la historia —aunque normalmente a escala local— del crecimiento demográfico y de la creciente competencia por los recursos. Desde la antigüedad, las guerras se han librado por la tierra, el agua, los alimentos, el combustible, los metales y otro capital natural, mientras que muchas civilizaciones también han sufrido destrucción a causa de enfermedades, hambrunas y escasez.
Allí donde hemos superado estos desafíos en el pasado, han sido invariablemente el ingenio y la innovación los que han aportado la solución. Y necesitaremos esas mismas cualidades en abundancia, porque nunca antes habíamos tenido que afrontar problemas de esta magnitud, ni a escala global.
Alcanzar este objetivo es posible y realista, pero no será fácil.
No ocurrirá por casualidad y traerá cambios para todos nosotros, tanto en la forma en que vivimos como en lo que consumimos. Sin duda, es el mayor desafío de nuestra época.
Esta afirmación no pretende minimizar el impacto del cambio climático, pero las repercusiones del calentamiento global se desplegarán a lo largo de décadas; tenemos algo de tiempo para adaptarnos y responder a las consecuencias. En cambio, ya convivimos con los efectos del crecimiento explosivo de la población: subida de los precios de los combustibles y de los alimentos, guerras, migraciones, hambrunas, escasez de energía e incertidumbre económica.
Estas cuestiones nos afectan a todos hoy, y todas son consecuencia directa de añadir un millón de personas a la población mundial cada cinco días.
Los grandes problemas suelen exigir soluciones radicales, pero hay motivos reales para el optimismo. Fundamentalmente, necesitamos reconectar la economía mundial con el sol y vivir dentro de nuestras posibilidades, tal como hacíamos en el pasado. Captar una sola hora de la luz solar que llega a la Tierra —una pequeña fracción de la energía que emite nuestra estrella— bastaría para cubrir nuestras necesidades energéticas globales durante un año entero.
Aprovechar el poder del sol nos permitirá satisfacer las crecientes necesidades alimentarias y energéticas de la población mundial en un contexto de incertidumbre climática y de cambios en el medio ambiente global.
Pueden encontrarse vías sostenibles para garantizar la seguridad alimentaria y energética, pero el tiempo es esencial y el reloj avanza.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde los puntos de vista expresados.
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Autor: Tony Ryan es vicerrector adjunto de Ciencia y director del Grantham Centre for Sustainable Futures de la Universidad de Sheffield.
Imagen: Un trabajador inspecciona paneles solares en la planta solar de Dunhuang, a 950 km (590 millas) al noroeste de Lanzhou, provincia de Gansu. REUTERS/Carlos Barria.




