Los niveles récord de migración a Alemania en los últimos dos años han puesto en entredicho las proyecciones demográficas del país. Sin embargo, el rápido cambio de Alemania hacia un perfil más favorable no es motivo para aplazar decisiones políticamente difíciles sobre la jubilación y las pensiones.
A comienzos de este siglo, las previsiones consideradas fiables pronosticaban que Alemania perdería más de diez millones de habitantes para 2050, debido a la disminución de la inmigración y a una baja tasa media de natalidad. Hoy, las proyecciones de población son mucho más alentadoras. Según los últimos cálculos del Gobierno, la población alemana podría mantenerse por encima de los 80 millones hasta 2060, y la reducción de la oferta de mano de obra quizá no sea tan drástica como se temía anteriormente.
Las previsiones demográficas tuvieron que corregirse de forma considerable, porque el número de inmigrantes que llegaban a Alemania fluctuó mucho e impredeciblemente, a diferencia de la emigración desde Alemania, que se ha mantenido relativamente estable.
Durante los períodos de elevada inmigración —como a principios de la década de 1990, tras el colapso de la Unión Soviética, o después de las guerras de los Balcanes de mediados de esa década—, las proyecciones de población eran bastante optimistas, porque se suponía que la migración neta también se mantendría relativamente alta en el futuro.

En cambio, la inmigración a Alemania cayó drásticamente tras el cambio de siglo, porque el débil crecimiento económico del país y el aumento del desempleo hasta 2005 disuadieron a posibles recién llegados. Para tener en cuenta esta reducción de la inmigración neta, los pronosticadores también rebajaron sus estimaciones para el futuro y, por tanto, subestimaron la década de crecimiento demográfico que comenzó después de 2005.
Además de la inmigración, la natalidad y la esperanza de vida media también influyen en el crecimiento de la población. En 2015, la tasa de fecundidad de Alemania aumentó por primera vez en 30 años, hasta alcanzar 1,5 hijos por mujer, probablemente gracias a un apoyo familiar más específico y al fortalecimiento de la economía, que redujeron los riesgos financieros de formar una familia. Se prevé que la tasa de fecundidad actual se mantenga relativamente estable en el futuro. Pero conviene recordar que nadie previó el auge de natalidad de las décadas de 1950 y 1960 ni la drástica caída de la fecundidad en la década de 1970.
La esperanza de vida media es igual de difícil de determinar. En las últimas décadas ha aumentado sistemáticamente más rápido de lo que esperaban los demógrafos, lo que lleva a preguntarse si se está subestimando de manera sistemática la longevidad y, por tanto, el tamaño de la futura población en edad de jubilación.
Por regla general, las previsiones demográficas parten de tablas de vida estáticas o de período, que reflejan la esperanza de vida media dadas las circunstancias existentes en cada momento. En cambio, las tablas de vida por generación, que se utilizan para determinar retrospectivamente la edad que ha alcanzado un grupo de edad determinado, suelen mostrar una esperanza de vida media mucho mayor que las tablas de período.
Por ejemplo, en aquel momento, la esperanza de vida de las mujeres alemanas nacidas en 1910 habría sido de 50,7 años. Sin embargo, en retrospectiva, vivieron una media de 58,8 años, pese a haber soportado dos guerras mundiales. Según esta lógica, una mujer nacida en 2009 ya debería tener una esperanza de vida media superior a los 88 años; sin embargo, las estimaciones demográficas actuales no prevén que los recién nacidos alcancen esa esperanza de vida media hasta 2060.
Esto demuestra que las estimaciones de población tienen márgenes de error relativamente amplios. Contrariamente a lo que suponen muchos modelos de crecimiento económico, la demografía no es una variable puramente exógena. Puede cambiar como resultado del desarrollo económico y de otros factores.
Si Alemania mantiene su nivel actual de crecimiento económico en las próximas décadas, los tres motores del crecimiento de la población —la inmigración, la fecundidad y la esperanza de vida media— podrían aumentar, y la población se mantendría relativamente constante. En ese escenario, si Alemania logra integrar a los inmigrantes en el mercado laboral y elevar la tasa de participación laboral de los trabajadores de más edad, estaría en mejores condiciones de financiar los programas de bienestar social existentes.
Pero no debemos olvidar la única «constante» de todas las previsiones demográficas: el envejecimiento de la población. En este momento, los integrantes de la generación del baby boom siguen trabajando y lo seguirán haciendo durante algún tiempo. Sin embargo, para 2035 se habrán jubilado y Alemania tendrá más de 21 millones de habitantes mayores de 67 años; la mitad de ellos tendrá más de 80 años en 2050. Y si la longevidad aumenta más rápido de lo previsto actualmente, este grupo de edad será aún mayor.
Alemania no puede esperar una reducción sostenida y moderada de su población en edad de jubilación hasta después de 2060. Por eso, las propuestas para diluir las reformas de las pensiones ya aplicadas, a la luz del aumento de la inmigración y del sólido crecimiento económico, son más que negligentes. Alemania debería aprovechar la actual pausa en el envejecimiento para garantizar la sostenibilidad a largo plazo de sus sistemas sociales, crear empleos adecuados a la edad y adaptar la vivienda y las infraestructuras a las necesidades de una sociedad que envejece.
Además, Alemania debería contar con una política de población activa para gestionar los tres motores del crecimiento demográfico, en especial la inmigración. En los últimos dos años, la migración neta estuvo muy influida por la llegada de solicitantes de asilo. Está por verse cuántas personas necesitarán protección en los próximos años o décadas; esto dependerá de si se resuelven las crisis en Oriente Medio y de los esfuerzos de Europa y de Alemania para proteger las fronteras exteriores y formular una política integral de asilo.
Dadas estas variables, no será fácil predecir ni controlar hasta qué punto los solicitantes de asilo inciden en la migración. En cambio, la inmigración por motivos económicos procedente de países ajenos a la Unión Europea puede gestionarse a escala nacional. Por ello, los responsables políticos alemanes deberían prestar más atención al papel de las necesidades nacionales en la legislación sobre inmigración. Ahora más que nunca, deben reconocer que el crecimiento de la población es un objetivo de política pública que pueden contribuir a configurar.


