Está en marcha un cambio fundamental en los patrones de inmigración de Estados Unidos.
La retórica reciente del presidente Donald Trump y el enfoque de las políticas de inmigración de Estados Unidos sugieren que la entrada de mexicanos sin autorización al país constituye el principal desafío para quienes diseñan las políticas. Ya no es así. La era en que México era la principal fuente de inmigrantes hacia Estados Unidos parece estar llegando a su fin.
Cada vez más personas llegan a la frontera suroeste de Estados Unidos debido a la delincuencia, la violencia y la inseguridad en Centroamérica. Estos factores son ahora mucho más decisivos en la decisión de emigrar que el atractivo tradicional de las oportunidades económicas en Estados Unidos. El trabajo que he realizado con colegas sobre los factores que afectan a la migración aporta pruebas sólidas de este cambio.
En lugar de intentar cruzar a escondidas la frontera de Estados Unidos, muchos de estos migrantes se están entregando voluntariamente para iniciar solicitudes de asilo. Este cambio en el perfil de quienes llegan a la frontera apunta a dos cosas.
En primer lugar, debería darse mucha más importancia a mejorar el sistema de tribunales de inmigración de Estados Unidos que a los esfuerzos por reforzar una frontera que ya está bien fortificada. El tiempo medio de espera para que se viera un caso de inmigración en 2016 era de 677 días, casi el doble que en 2000.
En segundo lugar, hay que dejar de considerar a quienes llegan a la frontera suroeste de Estados Unidos como un grupo homogéneo movido únicamente por motivos económicos. Un proceso de toma de decisiones cada vez más matizado lleva a hombres, mujeres y niños de distintos países a abandonar sus hogares.
¿Quiénes cruzan la frontera?
En el verano de 2014, el presidente Obama llamó la atención sobre la llegada y entrega voluntaria de decenas de miles de menores no acompañados y familias que buscaban asilo. Procedían principalmente de El Salvador, Honduras y Guatemala, algunos de los países más violentos del mundo. Lo calificó de «situación humanitaria urgente». Esto dejó claro que al menos una parte de esos flujos migratorios centroamericanos no estaba compuesta simplemente por migrantes económicos.
Inmigrantes de El Salvador y Guatemala que entraron ilegalmente al país salen de un centro de detención familiar en San Antonio, Texas. Foto AP/Eric Gay, archivo
Los datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza muestran la magnitud del aumento de migrantes centroamericanos durante la última década. En 2000, fueron detenidos en la frontera de Estados Unidos 28.598 ciudadanos de países distintos de México (principalmente centroamericanos). Para 2014, la cifra había aumentado a 252.600.
Para entender qué impulsa este aumento, mis colegas y yo hemos investigado qué lleva a una persona a plantearse emigrar. En un estudio amplio de más de 20 países de América Latina y el Caribe, descubrimos que la decisión de emigrar es mucho más matizada y compleja de lo que suelen describir la retórica política y los medios de comunicación generalistas.
En los países con flujos migratorios de larga data hacia Estados Unidos, la situación económica personal, el género, la edad y los vínculos con una red de otros migrantes desempeñan un papel clave en la decisión de emigrar. Sin embargo, también constatamos que eran significativas las experiencias de las personas con la delincuencia y la corrupción, su percepción de la inseguridad y su grado de satisfacción con la democracia.
Profundizamos en esta cuestión mediante el análisis de datos de encuestas recopilados por el Proyecto de Opinión Pública de América Latina de la Universidad Vanderbilt durante la primavera y el verano de 2014 en El Salvador, Guatemala y Honduras. Estos tres países han sufrido niveles extraordinariamente altos de delincuencia y violencia en los últimos años.
Descubrimos que, en su mayoría, las personas de Guatemala que querían emigrar correspondían al perfil de un migrante económico. En marcado contraste, quienes buscaban emigrar de El Salvador y Honduras no estaban motivados por factores económicos, sino por la violencia. El indicador más sólido de la «intención de emigrar» entre hondureños y salvadoreños era haber sido víctima de un delito varias veces durante los 12 meses anteriores. Los indicadores económicos habituales de la emigración eran, en gran medida, insignificantes.
En el caso de los hondureños, una persona que ha sido víctima de un delito varias veces tiene casi el doble de probabilidades de tener la intención de emigrar. Más sorprendente aún, que los encuestados conocieran el mayor riesgo de migrar a Estados Unidos y la mayor probabilidad actual de ser deportados, en comparación con años anteriores, no tuvo un efecto significativo en sus planes de emigración.
Mis colegas y yo concluimos que el intento del Gobierno de Obama, y ahora del Gobierno de Trump, de «enviar un mensaje» a los centroamericanos haciendo hincapié en la detención y la deportación puede surtir efecto en quienes se plantean emigrar por razones económicas. Sin embargo, no parece tener ningún efecto en quienes intentan huir de los niveles de violencia propios de una guerra en Honduras y El Salvador.
La migración mexicana, en declive
Mientras tanto, un informe muy citado del Pew Research Center muestra que, entre 2009 y 2014, el flujo neto de inmigrantes mexicanos a Estados Unidos, tanto autorizados como no autorizados, cayó a −140.000, frente a un flujo positivo de 2,27 millones entre 1995 y 2000. Los datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos sobre las detenciones en la frontera también revelan una caída sin precedentes en el número de mexicanos detenidos a lo largo de la frontera suroeste. En 2016, fueron detenidos poco más de 190.000, frente a 1,6 millones en 2000.
Estas cifras reflejan cambios demográficos y económicos en México.
El primer cambio, dicho sencillamente, es que el auge de natalidad en México ha terminado. Alcanzó su punto máximo en las décadas de 1960 y 1970, y esa generación ya ha superado con creces la edad típica de los migrantes, entre 18 y 35 años. La tasa total de fecundidad del país ha bajado desde un máximo de 6,8 hijos por mujer en la década de 1960 hasta 2,2 en 2010. Se acerca al nivel mínimo de reemplazo de la población de 2,1, la tasa necesaria para mantener una población estable. Cuando los países caen por debajo de ese nivel, como Alemania, con 1,4, se necesita inmigración para sostener la población más allá de la generación actual.
En segundo lugar, la economía mexicana experimentó una recuperación bastante sólida tras la recesión de 2009. Esto fue especialmente cierto en varios estados que históricamente figuran entre los principales en cuanto al número de personas que emigran a Estados Unidos. Los estados mexicanos de Guanajuato y Jalisco, clasificados en tercer y cuarto lugar, respectivamente, por número de migrantes que van a Estados Unidos, registraron tasas de crecimiento del 6,4 % y el 4,7 % en 2015. Este sólido crecimiento económico, especialmente en el contexto de una desaceleración económica nacional, contribuirá aún más a reducir los flujos migratorios desde estos estados.
Estas tendencias demográficas y económicas indican que es probable que continúe en el futuro previsible un descenso constante de los flujos migratorios mexicanos hacia Estados Unidos.





