Durante años, el mundo desarrollado experimentó un crecimiento económico sustentado en el crecimiento demográfico. Los países en desarrollo disfrutan ahora del bono demográfico que supone un aumento de la población en edad de trabajar, aunque todavía disponen de muchos menos recursos per cápita para destinar a la salud y la educación.
En comparación, los países desarrollados sufren la carga demográfica de una población envejecida, a menudo sostenida por generosos estados del bienestar, financiados mediante una transferencia insostenible de recursos de los jóvenes y los pobres a la generación de mayor edad.
La solución más obvia, afirma Yasuchika Hasegawa, es aplicar políticas de inmigración más abiertas; pero es un debate que muchos en los países en desarrollo no están dispuestos a mantener. Otras soluciones son igualmente poco atractivas: aumentar los impuestos y la edad de jubilación o reducir las prestaciones por jubilación. Hagamos lo que hagamos, los países desarrollados y en desarrollo deben trabajar juntos para compartir tecnología e información, y no se puede eludir el debate sobre la inmigración.



