Cuando la carretera de Bulawayo se curva al salir de Harare, la capital de Zimbabue, grupos de viajeros esperan a un lado del camino polvoriento con la esperanza de que alguien los lleve. Y, si mencionas que vas a cruzar la frontera, te pedirán prestado espacio en la maleta para usarlo como un pequeño contenedor de carga. Esta es la economía colaborativa de baja tecnología. A medida que despega su equivalente digital, ¿cómo podría ayudar a quienes viven en la pobreza?
En los países ricos, plataformas como Uber, Airbnb y Verbling permiten a quienes poseen activos (coches, casas, habilidades, tiempo, dinero) conectar con quienes quieren acceder a ellos temporalmente. Ambas partes salen ganando: unas obtienen ingresos y otras acceden a algo a menor precio que antes.
En los países en desarrollo, la propuesta es algo distinta: compartir o alquilar activos puede no solo permitir a los consumidores ahorrar unos dólares, sino que también podría brindar por primera vez acceso a quienes antes no podían permitírselo. HelloTractor es un buen ejemplo: permite compartir tractores entre pequeños agricultores. Por otro lado, aplicaciones como Upwork permiten a diseñadores web, asistentes virtuales y otras personas con tiempo y habilidades disponibles acceder a amplios mercados en el extranjero. Este mercado global puede ofrecer beneficios importantes para los trabajadores que viven en países con altas tasas de desempleo o salarios bajos.
Más allá de los aspectos económicos, la economía colaborativa digital también puede generar beneficios menos evidentes, por ejemplo para la salud pública. SafeBoda y SafeMoto reducen los accidentes de tráfico relacionados con los mototaxis (célebres por ser peligrosos), habituales en muchos países en desarrollo. La función de reseñas de estas aplicaciones compensa las deficiencias en la aplicación de las regulaciones gubernamentales y permite a los usuarios reservar un taxi con un conductor seguro y un casco garantizado.
Según un experto del Banco Mundial, esta función de autorregulación también podría ayudar a estimular la inversión en los países pobres, especialmente a través de modelos de financiación entre pares.
Sin embargo, quizá lo más interesante sea la idea de que la autorregulación puede ayudar a introducir algunos aspectos de la formalización laboral en países donde el trabajo informal suele representar más del 40 % de la actividad económica. Las normas de seguridad laboral, como el uso de los cascos mencionados antes, son un ejemplo evidente, pero incluso existen precedentes de salarios mínimos para toda una plataforma. También es plausible que las plataformas colaborativas puedan ofrecer un mecanismo sencillo para registrar empresas y, por ejemplo, facilitar el acceso a la seguridad social.
Esta es una diferencia notable con respecto a la economía colaborativa de los países desarrollados, donde uno de los principales inconvenientes de las aplicaciones para compartir es su vínculo con la «economía de plataformas». En economías dominadas por el empleo formal y altos estándares de regulación laboral, las aplicaciones para compartir suelen asociarse con una tendencia a reducir los estándares y aumentar la informalidad (aunque hay desacuerdo sobre la solidez de ese vínculo). Así, la autorregulación podría suponer una mejora en lugares donde la regulación legal apenas se aplica o no se aplica en absoluto, mientras que plantea un problema en contextos con niveles de gobernanza más desarrollados.
El camino por delante
¿Qué pueden hacer las empresas, los gobiernos y las ONG para acelerar el desarrollo de una economía colaborativa que favorezca a las personas pobres en los países en desarrollo? Hay tres ámbitos urgentes para la investigación y la inversión:
1. Proporcionar los equipos y la infraestructura adecuados, y garantizar que las comunidades pobres puedan acceder a ellos. La tenencia de teléfonos móviles ha aumentado considerablemente en los últimos años, pero relativamente pocas personas tienen acceso a un teléfono inteligente o un ordenador portátil (aunque las cifras crecen rápidamente). Además, en muchos contextos los sistemas de pago electrónico están poco desarrollados (aunque también crecen rápidamente).

2. Ofrecer apoyo e incentivos para las aplicaciones de la economía colaborativa que más beneficien a las personas pobres. Las aplicaciones que más contribuyen a reducir la pobreza suelen ofrecer servicios que necesitan los grupos pobres, como tractores, atención sanitaria o vivienda, y a menudo utilizan plataformas de fácil acceso para ellos (como los teléfonos móviles convencionales).
3. Fomentar modelos de negocio que distribuyan los beneficios de forma equitativa. Por ejemplo, las cooperativas de plataforma suelen repartir sus ingresos de forma más amplia que otros modelos (en los que la propia red o plataforma puede quedarse con gran parte del valor).
Relativamente pocos gobiernos u ONG participan en este ámbito, incluso en los países ricos, pero hay oportunidades claras. La ciudad de Seúl, en Corea del Sur, puede ofrecer algunas lecciones alentadoras: en 2012, el gobierno municipal de Seúl declaró que la ciudad se convertiría en una ciudad colaborativa. El gobierno apoya a las empresas que promueven el intercambio y resuelven problemas del municipio, como la congestión del tráfico y la contaminación ambiental. Hasta la fecha, setenta y siete empresas de la ciudad han recibido la designación de «empresa colaborativa».
A principios de esta década, cuando viajaba con frecuencia por la polvorienta carretera de Bulawayo, una aplicación para compartir viajes inspirada en las prácticas de transporte compartido de Zimbabue estaba ganando terreno rápidamente en Estados Unidos (Zimride). Ahora es el momento de que la economía colaborativa digital emprenda el viaje de regreso y beneficie a quienes ayudaron a inspirarla.
Este blog se basa en un informe de Tearfund y del Institute of Sustainable Futures.


