Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.
La crisis migratoria en el Mediterráneo ha dejado dos lecciones fundamentales. En primer lugar, Europa y la comunidad internacional carecen de sistemas muy insuficientes para proteger a los migrantes vulnerables. En segundo lugar, en ausencia de tales sistemas, los líderes populistas explotarán el miedo para obtener apoyo político, socavando las sociedades liberales y tolerantes que han costado 70 años de duro trabajo construir.
Por eso, es esencial una acción enérgica a nivel europeo y mundial este año. En septiembre, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, convocará una cumbre extraordinaria dedicada a construir un sistema global justo para proteger a los refugiados y a los migrantes vulnerables. Cabe esperar que los países acudan preparados para asumir compromisos tangibles y duraderos.
Esos compromisos hacían mucha falta en 2015. De hecho, la comunidad internacional podría haber atenuado la crisis del año pasado proporcionando incluso un apoyo modesto a los tres países de primera línea –Turquía, Líbano y Jordania–, que en conjunto acogen a unos cuatro millones de refugiados sirios. Con apenas unos 10.000 millones de euros (10.800 millones de dólares), estos países podrían haber ofrecido mejor vivienda, alimentación y educación a los refugiados, reduciendo así el incentivo para huir hacia Europa. Ese fracaso podría acabar costándole a Alemania por sí sola más de 21.000 millones de euros al año durante los años venideros.
Pero las implicaciones financieras de la crisis palidecen en comparación con los costes humanos y políticos. Más de un millón de personas arriesgaron sus vidas al cruzar el Mediterráneo el año pasado y, después, soportaron travesías extenuantes por los Balcanes. Casi 4.000 personas murieron en el camino, y muchos países europeos dieron la espalda a quienes sobrevivieron, negándoles un refugio seguro.
Líderes políticos cínicos explotaron sin escrúpulos la ansiedad popular, promoviendo una odiosa visión nacionalista que ignora o distorsiona las experiencias reales de la inmigración. En Estados Unidos, por ejemplo, ninguno de los 780.000 refugiados reasentados desde el 11 de septiembre de 2001 ha perpetrado un atentado terrorista. Mientras tanto, los inmigrantes suelen pagar más en impuestos de los que reciben en prestaciones.
No obstante, las fuerzas extremistas están peligrosamente cerca de hacerse con el poder político en algunos Estados europeos y están ganando terreno incluso en antiguos bastiones liberales. Los partidos antimigrantes ya gobiernan en Hungría y Polonia. Su éxito obliga también a los partidos tradicionales a adoptar políticas antimigrantes.
Todo ello ha socavado seriamente la cooperación europea. El programa de la UE para tramitar el millón de refugiados que llegaron a sus costas ha logrado “reubicar” a apenas 190 de ellos. Los controles en las fronteras de seis países dentro del espacio Schengen se han restablecido, al menos de forma temporal. Para el resto del mundo, la UE parece chovinista e ineficaz.
Por supuesto, la crisis no es un problema que solo Europa deba resolver; la responsabilidad no se define por la proximidad. Pero la UE podría enfrentarse ahora a una amenaza existencial, que solo podrá superar con una firme demostración de solidaridad y liderazgo global. Por eso, sus Estados miembros deben tomar la iniciativa al proponer soluciones.
La prioridad más urgente es crear vías seguras y legales para que los refugiados lleguen a Europa. Esto no implica que cada migrante vulnerable deba ser aceptado. Pero la UE debería ser más sistemáticamente generosa al determinar cuántos admite, y debería poner en marcha mecanismos organizados para facilitar su entrada. Un sistema así protegería a los migrantes y salvaguardaría a Europa (al permitirle examinar a fondo a los solicitantes).
Más allá de reducir el incentivo para que los solicitantes de asilo arriesguen su vida y sus ahorros para cruzar el Mediterráneo, este enfoque mostraría solidaridad con los países de primera línea, que seguirán acogiendo a la mayoría de los refugiados. Igual de importante es que presionaría al resto de la comunidad internacional para que contribuya.
Esto nos lleva a la segunda prioridad para 2016: construir un sistema mundial sólido para proteger a los refugiados y a otros migrantes vulnerables. Ante todo, esto requiere que más países acepten refugiados. En los últimos años, la Agencia de la ONU para los Refugiados ha logrado reasentar a menos de 75.000 de los más de 20 millones de refugiados anuales. Millones de personas acaban en situaciones de desplazamiento prolongado, en las que, según estimaciones, pasan 25 años, de media, atrapadas en un limbo, sin saber cuándo podrán volver a casa.
En 2016, los países desarrollados deberían acordar aceptar en conjunto casi un millón de refugiados al año, ya sea mediante reasentamiento o mediante la concesión de visados humanitarios, de estudios, laborales y de otro tipo. Dado que Canadá, por sí solo, ha anunciado que reasentará este año a 50.000 refugiados sirios, queda claro que este objetivo es alcanzable.
Al mismo tiempo, la comunidad internacional debe apoyar la integración de los refugiados en los principales países de acogida, como Turquía, Kenia, Líbano y Jordania. Tal como están las cosas, estos países reciben apenas una fracción de los 3.000-5.000 dólares anuales por refugiado necesarios para proporcionar vivienda, alimentación, atención sanitaria, escolarización y formación profesional adecuadas durante los primeros años de desplazamiento. Y eso sin contar los costes de construir o mejorar las infraestructuras. El sistema de abastecimiento de agua de Líbano, por ejemplo, se tambalea bajo la presión de la masiva llegada de refugiados. A cambio de la financiación, los países de acogida deberían comprometerse a integrar plenamente a los refugiados en sus escuelas, mercados laborales e instituciones cívicas.
Pero integrar eficazmente a los migrantes será imposible a menos que Europa y otros países cambien la forma en que los perciben. Si se considera a los migrantes una carga o, peor aún, una amenaza para la seguridad, las fuerzas políticas reaccionarias seguirán ganando terreno, cerrando oportunidades a los recién llegados y convirtiendo esos temores en una profecía autocumplida. Si, en cambio, los países de acogida integran con entusiasmo a los migrantes, todos saldrán ganando, incluidos los países de origen (por ejemplo, mediante las remesas).
El mes pasado, en París, la comunidad internacional demostró que puede supeditar el interés nacional a un objetivo global superior: hacer frente al cambio climático. En 2016, debe suceder lo mismo para forjar un sistema mejor de protección de los migrantes. Está en juego la vida o la muerte de 20 millones de refugiados y de millones de otros migrantes vulnerables, y es una prueba profunda de la salud cívica de las sociedades democráticas de todo el mundo.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Peter Sutherland es Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Migración Internacional y el Desarrollo.
Imagen: Un migrante camina hacia Gevgelija, en Macedonia, tras cruzar la frontera de Grecia, Macedonia. REUTERS/Ognen Teofilovski.

