Hemos vivido algunos días oscuros este año. En 2015, hemos sido testigos de actos de violencia repugnante, de la furia de la naturaleza y de demasiadas vidas perdidas como consecuencia de conflictos y de una gobernanza negligente.
No es sorprendente que tantas culturas hayan creado festivales de luz para contrarrestar la oscuridad. Los hindúes celebraron recientemente el Diwali, y el mes pasado tuvo lugar el Loy Krathong en el sudeste asiático, donde se dejaron flotar velas en señal de gratitud. Pronto llegará la temporada festiva para algunas partes del mundo. Las luces ya centellean por todas partes, desde Central Park hasta Bondi Beach.
En Irlanda, una nación que ha experimentado pobreza, guerra y hambruna, existe la tradición de colocar una vela en la ventana durante la temporada festiva, para recordar a los emigrantes que hoy viven lejos.
En este Día Internacional del Migrante, hago un llamamiento a las personas para que dejen brillar su luz: para encender una vela en conmemoración de quienes han muerto intentando alcanzar una vida mejor y, en sentido figurado, para abogar por un diálogo inclusivo y favorable a los migrantes.
Como tema, la migración definió 2015. Fue un año de movimientos masivos y rápidos de población. Un tifón en Vanuatu, un terremoto en Nepal, una guerra en Siria, la inseguridad en varios países y casi 900.000 migrantes que llegaron en barco a Europa huyendo de la guerra, la pobreza y la persecución: el mundo estaba en ebullición y en flujo.
Fuente: Statista/The Independent
En un pánico ignorante, sectores de los medios de comunicación y de la sociedad han pretendido presentar la migración como un mal social: un factor que divide a familias y comunidades, un caldo de cultivo para el fanatismo. A lo largo de muchas décadas observando, comentando y liderando el pensamiento sobre la migración, este momento concreto del debate mundial sobre la migración me preocupa más que cualquier otro.
Veo un sentimiento antimigrante que se apodera de la conciencia política de los Estados y de sus poblaciones. Veo un malestar ético; una ausencia de valor y de empatía, una bancarrota del liderazgo y una escasez de sensibilidad moral.
Veo un debate unilateral, centrado en el miedo, la negatividad y la seguridad. Los recientes acontecimientos en París y en Estados Unidos se han utilizado como excusa para tachar a los migrantes con una brocha gorda, lo que socava los sentimientos de inclusión que se vieron este verano en las estaciones de tren y en los estadios de fútbol de toda Europa, que hicieron que migrantes y refugiados se sintieran bienvenidos.
La percibida intersección entre la seguridad nacional y la movilidad de las personas ha generado hostilidad y temor. Pero leer la invectiva contra estas víctimas de la guerra y la violencia equivale a culpar a los inocentes que huyen de la misma amenaza que temen los países de acogida.
A menudo he descrito nuestra época como una tormenta perfecta de emergencias humanitarias que influyen en la movilidad humana sin precedentes de hoy. Casi uno de cada siete seres humanos que habitan el planeta, más de mil millones de personas, es de algún modo migrante. Casi 60 millones de ellas han sido desplazadas por la fuerza de sus hogares como consecuencia de la guerra, la inestabilidad y, cada vez más, el cambio climático. Millones de otras personas buscan oportunidades en otros países o en otros lugares dentro de sus propios países, y la mayoría se desplaza por una combinación de motivos.
Nos hemos familiarizado demasiado con la imagen de la barca de migrantes que cruza el Mediterráneo, de personas que intentan cualquier medio posible para llegar a costas seguras y acogedoras. Se conoce menos públicamente la muerte de los migrantes, que pasa en gran medida desapercibida y sin señalar en medio del foco puesto en atender las necesidades de los vivos.
Para quienes nunca se han visto obligados a abandonar sus hogares a causa de la guerra, ni a buscar mejores oportunidades de empleo al otro lado de una frontera nacional, es demasiado fácil volverse complacientes ante el hecho de que hay vidas en juego. Cuando hablamos de muertes de migrantes, no solo hablamos de cifras; hablamos de vidas que se sacrifican por la incapacidad de los Estados de hacer accesibles vías legales y regulares para la migración.
Es por quienes han perecido en busca de una vida mejor por lo que encendemos velas este Día Internacional del Migrante, con la esperanza de que la luz sirva como un recordatorio muy claro del costo humano de las actitudes políticas y sociales actuales hacia la migración.
Creo sinceramente que las comunidades seguirán abriendo su corazón y sus brazos para acoger a los cansados y a los oprimidos. Además del apoyo que los países brindan a los migrantes y refugiados a nivel local y nacional en todo el mundo, las Naciones Unidas han subrayado la importancia de la migración en su hoja de ruta para el desarrollo humano: los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
La migración ocupa firmemente la agenda mundial. La primera actividad paralela de las Naciones Unidas sobre migración tuvo lugar este año. Una cumbre en Malta reunió a líderes africanos y europeos en torno a la migración. En Asia, los gobiernos se han reunido para buscar una solución regional a la crisis migratoria en el mar de Andamán. El nuevo gobierno de Canadá ha lanzado un llamamiento claro y contundente, ofreciendo un hogar permanente a 25.000 mil refugiados en un reasentamiento masivo, rápido y regulado.
La migración es la megatendencia de nuestro tiempo. Prioricemos la responsabilidad de prevenir nuevas muertes de migrantes y usemos su memoria para arrojar luz sobre un camino hacia una migración más segura, protegida y legal.
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Imagen: Un migrante coloca velas sobre las rocas de la orilla mientras participa en una vigilia en memoria de los migrantes que murieron en el mar, en Sliema, a las afueras de La Valeta, 22 de abril de 2015. REUTERS/Darrin Zammit Lupi

