¿Cuáles son los sectores que resuelven problemas en una sociedad? Para muchos, solo hay dos: el gobierno y las empresas. El espacio intermedio suele ignorarse, aunque no es menos importante. Ese espacio —un tercer sector entre la acción legislativa y la actividad empresarial con fines de lucro— lleva mucho tiempo siendo uno de los más eficaces para definir y abordar una multitud de problemas sociales.
Según Karl Zinsmeister, autor de un libro sobre el poder regenerador de la sociedad civil tras las elecciones estadounidenses de 2016, resolver problemas públicos con recursos privados tiene una larga y venerada tradición en Estados Unidos, sobre todo porque «la sociedad civil surgió en EE. UU. antes que el gobierno». Entonces, ¿cómo puede esta tradición seguir abordando los problemas actuales, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, mientras la pobreza, la desigualdad económica, el cambio climático y los aproximadamente 65,6 millones de refugiados siguen desconcertando a quienes diseñan políticas públicas?
He aquí tres ideas.
Seguir a los jóvenes talentos
Una nueva generación de jóvenes filántropos invierte más dinero y empieza a hacerlo antes, reduciendo las brechas entre el comercio y las causas sociales.
También exige el mismo rendimiento y rendición de cuentas, la asunción de riesgos y la innovación que han aplicado en sus modelos de empresas emergentes.
Mark Zuckerberg y su esposa Priscilla Chan lanzaron su nueva iniciativa filantrópica (financiada con aproximadamente 45.000 millones de dólares en acciones de Facebook) el año pasado, con el objetivo de «hacer avanzar el potencial humano y promover la igualdad». El primer desembolso de fondos tiene como propósito «ayudar a curar, prevenir o controlar todas las enfermedades antes de que termine el siglo».
En Davos, en 2017, la Fundación Gates se unió a la mayor organización benéfica médica del mundo, Wellcome Trust, el Foro Económico Mundial y los gobiernos de India y Noruega para poner en marcha la Coalición para la Innovación en la Preparación ante Epidemias (CEPI), que acelerará el desarrollo y la distribución de vacunas contra las principales enfermedades infecciosas. Esta coalición busca superar los complejos obstáculos regulatorios que dificultan los ensayos médicos en muchos países y el limitado potencial de mercado de numerosos medicamentos, que a menudo retrasa la entrega de vacunas a quienes más las necesitan.
Así, ya podemos ver pruebas concretas de la capacidad de la sociedad civil y de los filántropos del sector privado para llenar esos vacíos entre los incentivos del mercado y las prerrogativas del gobierno. Sin embargo, este tipo de acción transformadora no se limita únicamente a los multimillonarios.
Nuestra era de los macrodatos también ha permitido que millones de personas más se conviertan en filántropos y elijan cómo y a qué destinan sus donaciones. Los jóvenes titanes de la tecnología alcanzaron la mayoría de edad en un contexto de millones de mercados para cientos de personas, en vez de cientos de mercados para millones. En las redes sociales han proliferado modelos de recaudación de fondos más diversos, de modo que los titanes filantrópicos del mañana serán la suma de un colectivo con ingresos modestos, capacitado para gastar con inteligencia.
Los consumidores exigirán a las empresas estándares cada vez más altos de impacto ético y social, lo que convertirá el impacto positivo en la sociedad en un objetivo prioritario. Aquí es donde entra en juego la empresa responsable.
El nuevo papel del sector privado
Cada vez resulta más evidente tanto la necesidad como el potencial de utilizar al sector privado como socio, mucho más allá de su papel tradicional de donante.
La respuesta al brote de ébola demostró que la coordinación entre los sectores público y privado es esencial para afrontar eficazmente las amenazas emergentes. Esta coordinación abarca capacidades en salud, logística y cadenas de suministro, transporte, comunicaciones, tecnología, gestión de datos y servicios financieros, además del conocimiento local de las comunidades y culturas, que puede ser invaluable cuando el tiempo apremia.
Las ONG como Rotary ya han demostrado su capacidad para actuar como puente entre la experiencia privada y los desafíos públicos. Por ejemplo, como parte de la Iniciativa Mundial para la Erradicación de la Polio, nos asociamos con la empresa de atención sanitaria Abbott en India para ofrecer Mega Wellness Camps, donde un gran número de médicos brindó consultas y educación gratuitas a todos los pacientes que acudieron sin cita previa, sobre una amplia variedad de problemas de salud.
Una oportunidad futura consiste en aprovechar el Clúster de Logística de las Naciones Unidasexistente y crear una Reserva Estratégica Mundial para Pandemias, con el fin de almacenar suministros médicos esenciales y desarrollar buenas prácticas para una cadena de suministro de productos médicos. El Clúster ya cuenta entre sus miembros con empresas privadas como UPS y Maersk, por lo que se trata de una iniciativa colaborativa concreta con potencial para detener en seco una futura pandemia.
Más allá del riesgo y la rentabilidad
Desde que la inversión de impacto social pasó a formar parte de la agenda del G8 en 2013, se han multiplicado los nuevos modelos para aprovechar el poder de las intervenciones sin fines de lucro y privadas. La inversión de impacto social puede definirse como la convergencia de «emprendimiento, innovación y capital para impulsar el progreso social». Ronald Cohen, presidente del Grupo Directivo Mundial de Inversión de Impacto Social, la considera una «nueva clase de activos» que puede complementar a los «dos agentes establecidos de intervención social»: el gasto público y la beneficencia.
Durante muchos años, fue difícil responder a la pregunta inevitable: ¿cómo combinar y medir los rendimientos sociales y financieros? Ya no es así. Hoy contamos con cifras concretas para determinar mejor el costo de los desafíos sociales y el impacto económico de las medidas preventivas. Por ejemplo, en el Reino Unido, «el costo anual para el gobierno de un joven delincuente condenado ronda las 21.268 libras esterlinas», mientras que el costo de una intervención eficaz podría ser de tan solo 7.000 libras esterlinas. También sabemos que erradicar la polio permitirá ahorrar hasta 50.000 millones de dólares en costos sanitarios y pérdidas de productividad hasta 2035. Sin embargo, a menudo es difícil conseguir el capital inicial para proyectos públicos que solo generan ahorros de costos a largo plazo.
Para superar esta barrera a la inversión, podemos aprovechar estas nuevas capacidades para medir los rendimientos sociales y financieros y crear oportunidades de colaboración entre las ONG y el sector privado. Las primeras aplicaciones de nuevos instrumentos para iniciativas intersectoriales, como los bonos de impacto social (BIS), son prometedoras.
Actualmente, 17 gobiernos utilizan BIS, un modelo de «pago por resultados» que ayuda a financiar programas sociales esenciales mediante una combinación de iniciativa gubernamental, inversión privada y ejecución sin fines de lucro. Los inversores solo reciben el reembolso si se logran mejores resultados sociales, lo que hace que este modelo sea más rentable y más resistente a los cambios políticos que los servicios tradicionales financiados con fondos públicos.
Los informes sobre el primer BIS, lanzado en 2010 para reducir la reincidencia de los presos en el Reino Unido, revelan que el proyecto piloto —en el que una ONG especializada trabajó con antiguos delincuentes en problemas prácticos como vivienda, prestaciones, formación y educación— ha mejorado de manera significativa la vida de los exreclusos y constituye un modelo financiero eficaz. Al cabo de cuatro años, la reincidencia se redujo un 8,4 % y, según la última evaluación, los inversores estaban en vías de obtener rendimientos positivos.
El mercado de los BIS y de otros instrumentos de impacto social está creciendo. También se amplían los criterios para medir el éxito de las inversiones. Si la inversión del siglo XIX se definía por la rentabilidad, y el criterio del siglo XX era el riesgo y la rentabilidad, el siglo XXI se definirá por el riesgo, la rentabilidad y el impacto. Los avances prometedores del tercer sector pueden catalizar una nueva era de impacto sostenible y financieramente viable.


