Como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania, muchos países y organizaciones mundiales siguen imponiendo sanciones severas al país.
Pero algunos académicos internacionales creen que la estrategia de Occidente podría ser contraproducente, ya que no todos los rusos apoyan la guerra, pero todos se ven afectados por las sanciones, lo que podría llevarlos a sentirse rechazados por la comunidad mundial.
Señalan que las luchas políticas y económicas del pasado solo han servido para unir a Rusia y a su pueblo.
Mientras Rusia libra una guerra despiadada en Ucrania que ha provocado la huida de millones de refugiados ucranianos a países vecinos, las marcas occidentales están abandonando Rusia.
El cierre de más de 800 restaurantes McDonald’s destaca especialmente: McDonald’s fue el primer restaurante estadounidense en abrir en Rusia, en 1990. Su llegada simbolizó la nueva era prorrusa de Occidente en Rusia.
Esa era está llegando rápidamente a su fin y da paso a un resurgimiento cada vez más extendido del nacionalismo ruso. Ese nacionalismo es consecuencia directa del estrangulamiento económico del país mediante las sanciones y del rechazo generalizado de Occidente hacia Rusia y su guerra con Ucrania.
Occidente está castigando a Rusia, con la esperanza de que la grave crisis económica provocada por las sanciones ponga fin a la sangrienta guerra contra Ucrania, un Estado independiente que en otro tiempo formó parte integrante de la Unión Soviética.
Somos especialistas internacionales en estudios culturales críticos con amplia experiencia en diversos contextos geopolíticos: Estados Unidos, la Unión Europea y los países postsoviéticos. Creemos que quienes piensan que las sanciones harán cambiar a Rusia y a los rusos y pondrán fin a la guerra saben muy poco del país, de su historia y de su gente.
El sufrimiento perpetuo de los rusos
Los rusos están acostumbrados a la agitación y la inestabilidad. Durante el siglo XX y comienzos del XXI soportaron crueles experimentos sociales que sus propios dirigentes políticos llevaron a cabo con ellos. Salvo el caso excepcional de Mijaíl Gorbachov, el liderazgo ruso de ese período nunca fue democrático.
El país, cuya participación en la Primera Guerra Mundial estuvo dirigida por un zar débil, salió empobrecido de aquel conflicto. El régimen zarista fue derrocado brutalmente por un levantamiento bolchevique que dio paso a décadas de dominio soviético. La construcción del Estado soviético implicó exiliar a millones de sus propios habitantes en los campos del Gulag y ejecutar a sangre fría a muchos de ellos durante las represiones masivas de Stalin, de 1917 a 1956.
La propiedad privada fue abolida en 1929, y los dirigentes políticos exigían obediencia absoluta y desinteresada al Estado soviético. La Segunda Guerra Mundial exigió un sacrificio doloroso de todos los ciudadanos, incluidos los niños.
Una vez terminada la guerra, la debilitada URSS erigió el metafórico telón de acero, que impedía a sus ciudadanos viajar a Occidente y comunicarse con él. Los intentos del Estado soviético por expandir su influencia comunista llevaron a la Guerra Fría. Durante ese período, las fallidas reformas agrícolas dieron lugar al racionamiento de alimentos. La dolorosa desintegración de la URSS en 1990 trajo turbulencia económica a la Rusia recién formada, además de desempleo y altas tasas de suicidio.
¿Qué nos enseña este catálogo de desdichas? A nuestro parecer, indica que los rusos no se dejarán atemorizar por la escasez de bienes provocada por las sanciones. Las marcas de moda de lujo, los iPhone, el café sofisticado y los automóviles extranjeros pasaron a formar parte de la vida rusa en los últimos 20 años, pero los rusos los han tenido durante demasiado poco tiempo como para no poder imaginar la vida sin ellos. En cualquier caso, la mayoría de los negocios de lujo —McDonald’s se considera un negocio de lujo en Rusia— operaban en Moscú y las regiones vecinas, mientras que la inmensa mayoría de los rusos no llegó a verlos en sus ciudades.
Unidos en la lucha
Históricamente, las luchas políticas y económicas unieron a Rusia y a su pueblo, sobre todo frente a un enemigo común. Tradicionalmente, ese enemigo era Occidente.
La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría unieron a la nación en torno a la idea de que el sacrificio personal era fundamental para la identidad soviética. Esa identidad —una forma de excepcionalismo soviético— consistía en concebirse como una nación moralmente superior que valoraba el efímero alma —la misteriosa «душа» rusa— por encima de la carne perecedera de Occidente.
La identidad soviética abarcaba una gran variedad de etnias, no solo la rusa. Aunque Moscú era la capital de la URSS y el ruso el idioma oficial de la Unión Soviética, la URSS estaba formada por otras 14 repúblicas y reunía a más de 100 nacionalidades. La supuesta unidad de las naciones es cuestionable, ya que a menudo la uniformidad se imponía mediante la asimilación forzada —la rusificación, es decir, la difusión de la lengua y la cultura rusas— y la sovietización, es decir, el monopolio estatal de todo, combinado con el pensamiento grupal. Así pues, «soviético» se refiere a cualquiera que viviera en la URSS, incluidos ucranianos, rusos, georgianos, bielorrusos, armenios, azerbaiyanos y estonios.
La URSS utilizaba un discurso grandilocuente que ensalzaba la uniformidad soviética y el sacrificio moral de su pueblo para despertar el patriotismo y la lealtad a la patria, cuyo núcleo era Rusia. Entre los lemas y dichos populares figuraban: «Раньше думай о Родине а потом о себе»/«Primero piensa en tu patria y después en ti»; «Я - последняя буква алфавита»/«“Yo” es la última letra del alfabeto», que así es en cirílico; y «Я русский бы выучил только за то, что им разговаривал Ленин!”/«Aprendería ruso solo porque Lenin lo hablaba»
Con el tiempo, «Rusia» y «la URSS» llegaron a entenderse y utilizarse indistintamente, tanto dentro como fuera del país. Por eso, para muchos rusos, especialmente los nacidos y criados en la URSS, ver a Ucrania abrazar a Occidente significa dejar atrás con ella una parte de la historia de Rusia.
El oso herido
Creemos que la estrategia de sanciones de Occidente podría ser contraproducente.
No todos los rusos apoyan la guerra en Ucrania ni al gobierno que los arrastró a ella. Pero todos los rusos sufren las sanciones y la crisis. Su sufrimiento compartido es peligroso: les resulta demasiado familiar; los enfurece y algunos están deseosos de contraatacar.
Esta posibilidad deriva de la mentalidad nacional rusa, moldeada en la época soviética y que ahora también influye en las generaciones que crecieron en la Rusia postsoviética. Las libertades occidentales solo resultan atractivas en parte, pues históricamente los rusos nunca las tuvieron —ni la libertad de expresión, ni la autodeterminación, ni la libertad religiosa ni los viajes sin restricciones.
En cambio, el pueblo ruso es paciente, estoico y a menudo irracionalmente devoto de su cruel patria, cuyo líder autocrático inició una guerra.
¿En qué situación quedan los rusos? Desde nuestra perspectiva, en un profundo limbo: el país agresor que ahora bombardea y destruye Ucrania es también su amada patria y, a estas alturas, el único lugar del mundo que los acepta tal como son.
Para los rusos no es nuevo que su país sea un paria internacional, desde sus políticas climáticas hasta su deporte y su política exterior, incluida la anexión de Crimea, ampliamente condenada.
Pero la situación actual es extrema. Creemos que es muy probable que los rusos se vuelvan hacia su gobierno al sentirse rechazados por la comunidad mundial: las probabilidades son altas.
Eso probablemente conducirá a un endurecimiento del régimen autocrático de Putin, con el pretexto de restaurar la industria y la economía del país frente al rechazo de Occidente.
Rusia volverá a tener un enemigo común y, dado que pensar —y actuar— de manera desobediente en Rusia suele acarrear consecuencias drásticas, las voces disidentes no se oirán. Los opositores a Putin, entre ellos Anna Politkovskaya, Alexander Litvinenko, Boris Nemtsov, Alexei Navalny y muchos otros —algunos asesinados, otros encarcelados— sirven de advertencia sobre el castigo que conlleva la disidencia política en Rusia.
Alentar a los rusos a protestar contra su gobierno autocrático, como ha hecho Occidente, mientras se rompen los vínculos con ellos, se convierte así en una contradicción ideológica. Se castiga al pueblo por lo que hace su gobierno y, al mismo tiempo, se lo asfixia económicamente.
En Siberia, las normas de seguridad pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Una de ellas consiste en dejar siempre al oso una vía de escape. El oso se vuelve especialmente agresivo cuando está herido, acorralado y protegiendo a sus oseznos. El oso herido que representa a la nación rusa no es una excepción.


