Hoy en día, los asuntos económicos y financieros suelen debatirse en compartimentos intelectuales estancos, por parte de especialistas que prestan poca atención a las cuestiones de seguridad o a la interacción entre los objetivos nacionales e internacionales. Pero, tarde o temprano, los economistas se darán cuenta de que la seguridad mundial exige un nuevo enfoque, igual que ocurrió en el período de entreguerras.
Ahora que el mundo se enfrenta a una guerra comercial y a la creciente posibilidad de que Occidente se vea envuelto en una guerra real, haríamos bien en reconsiderar las lecciones del período de entreguerras.
Muchos de los desórdenes económicos y de seguridad actuales suelen atribuirse a la crisis financiera mundial de 2008. Además de dejar al descubierto las deficiencias de las políticas económicas convencionales, la crisis y sus secuelas aceleraron el reequilibrio mundial del Atlántico hacia la región de Asia-Pacífico, al tiempo que alimentaron el descontento político y el auge de movimientos contrarios al sistema en Occidente.
Asimismo, suele pensarse que la Gran Depresión de la década de 1930 provocó un cambio sísmico en el pensamiento económico. Según el relato convencional, los responsables de formular políticas de entonces, tras prometer que nunca repetirían los errores que condujeron a la crisis, idearon nuevas medidas para superar el prolongado estancamiento de sus economías.
La reestructuración conceptual e institucional de la economía que vino después suele atribuirse a una figura imponente: el economista británico John Maynard Keynes, quien publicó Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero en 1936. Keynes también organizó la Conferencia de Bretton Woods, celebrada en 1944, que condujo a la creación del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el orden monetario mundial de posguerra.
Según Roy Harrod, colaborador y biógrafo de Keynes, este gozaba de una presencia casi divina en las conversaciones de Bretton Woods. Sin embargo, algunos de los contemporáneos de Keynes, en particular la economista británica Joan Robinson, siempre dudaron que mereciera tanto crédito por haber propiciado el nuevo orden.
Al fin y al cabo, la verdadera razón por la que arraigó el pensamiento keynesiano fue que su método para calcular el consumo, la inversión y el ahorro agregados resultó de gran valor para la planificación militar estadounidense y británica durante la Segunda Guerra Mundial. Con una contabilidad nacional coherente, los gobiernos podían aprovechar mejor los recursos, desviar la producción de fines civiles a militares y contener las presiones inflacionarias, manteniendo así el consumo y evitando disturbios civiles.
Las mismas herramientas resultaron igual de útiles para reorientar la economía de posguerra hacia un mayor consumo de los hogares. Pero lo esencial es que la revolución económica, seguida por los milagros económicos de la posguerra, fue producto de cálculos realizados en tiempos de guerra, no de reflexiones en tiempos de paz. Las apremiantes preocupaciones de seguridad y la necesidad de garantizar la estabilidad nacional e internacional hicieron que los responsables de formular políticas estuvieran más dispuestos a cuestionar la ortodoxia económica arraigada.
Esta época encierra importantes lecciones para el presente. Hoy en día, muchos economistas se quejan de que la crisis financiera no propició una reconsideración seria de la economía convencional. No hay equivalentes actuales de Keynes. En cambio, los asuntos económicos y financieros suelen debatirse en compartimentos intelectuales estancos, por parte de especialistas que prestan poca atención a las cuestiones de seguridad o a la interacción entre los objetivos nacionales e internacionales.
Aun así, como en el período de entreguerras, hoy existen amenazas a la seguridad que harán necesario, si no inevitable, reconsiderar los supuestos económicos. Aunque la crisis financiera no dio lugar a una reflexión intelectual integral, casi con certeza lo harán tres desafíos más amplios al orden internacional liberal surgidos desde 2016.
El primer desafío es la amenaza existencial del cambio climático, que tendrá consecuencias geopolíticas de gran alcance, en particular para las zonas que ya sufren escasez de agua y para los países tropicales y las ciudades costeras que ya experimentan los efectos del aumento del nivel del mar. Al mismo tiempo, algunos países obtendrán beneficios temporales gracias a temporadas de cultivo más largas y a un mayor acceso a minerales, hidrocarburos y otros recursos de las regiones polares.
En última instancia, reducir la cantidad de gases de efecto invernadero en la atmósfera redundará en beneficio de todos. Pero, sin un mecanismo internacional que compense a quienes corren mayor riesgo debido al calentamiento del planeta, cada país sopesará de manera distinta las ventajas y desventajas de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
El segundo desafío mundial es la inteligencia artificial y la previsible alteración que provocará en los mercados laborales. La IA amenaza no solo el empleo, sino también la seguridad, porque dejará obsoletas muchas tecnologías que los Estados utilizan para proteger a sus poblaciones y disuadir de la agresión. No es de extrañar que potencias como Estados Unidos y China ya compitan por dominar la IA y otras tecnologías de macrodatos. A medida que sigan haciéndolo, participarán en un juego cada vez más peligroso e inestable, en el que cada avance tecnológico podría transformar profundamente la política al volver inútiles las antiguas defensas.
El tercer desafío es la revolución monetaria impulsada por tecnologías de registros distribuidos, como la cadena de bloques, que prometen crear dinero ajeno al Estado. Desde Bretton Woods, el predominio monetario ha sido una forma de poder, en particular para Estados Unidos. Sin embargo, las modalidades alternativas de dinero ofrecerán tanto a los gobiernos como a los actores no estatales nuevas formas de ejercer poder o eludir las estructuras de poder existentes. Las criptomonedas como Bitcoin ya están alterando los mercados y algún día podrían modificar las relaciones financieras en las que se basan las sociedades industriales modernas.
En la nueva geografía política, China, Rusia, India y otros países ven cada uno de estos desafíos como oportunidades para moldear el futuro de la globalización según sus propios términos. Lo que imaginan sería muy distinto del modelo de finales del siglo XX. China, por ejemplo, considera la IA una herramienta para reformular la organización política mediante la vigilancia masiva y un pensamiento dirigido por el Estado. Al sustituir el individualismo por el colectivismo, podría empujar la política mundial en una dirección profundamente antiliberal.
Por fortuna, existen otros caminos. Al replantearnos la economía y la seguridad, tendremos que desarrollar un enfoque que impulse la innovación dentro de un marco de deliberación coordinada sobre los futuros arreglos sociales y políticos. Debemos aplicar la imaginación y el ingenio humanos no solo a la creación de nuevas tecnologías, sino también a los sistemas que las regirán.
El mejor futuro será aquel en el que los gobiernos y las empresas multinacionales no controlen toda la información. El desafío, entonces, consiste en idear soluciones generalmente aceptables basadas en la cooperación, en lugar de destruir visiones contrapuestas.


