Desde Siria hasta Colombia, la Agencia de la ONU para los Refugiados ha recopilado historias de todo el mundo que muestran lo que implica huir de los conflictos y la persecución. Más de 45 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares. A continuación, presentamos solo cinco historias que reflejan algunas de las razones.
Con motivo del Día Mundial de los Refugiados, el 20 de junio, lee más historias de personas refugiadas.
De Siria a Egipto: la historia de Ghazal
Ghazal llegó a Egipto desde Damasco en avión en 2012, con sus dos hijos. Cuenta: «Pasamos por mucho dolor, desplazamiento y bombardeos en Siria; mi casa fue bombardeada, arrestaron a mi esposo y mis hijos sufrieron angustia mental».
Ghazal recuerda que durante el vuelo a Egipto lloró todo el tiempo mientras su hijo la abrazaba con fuerza. Lo que más le dolió fue dejar Siria, su patria, y a su familia, a la que no ha vuelto a ver desde que tuvo que huir. Fue desplazada varias veces y siempre temió por su vida y la de sus hijos. «Me fui sin despedirme… Venía a Egipto sin conocer a nadie, sin un plan, hacia lo desconocido».
Dejar Siria fue una decisión difícil, pero necesaria «a cualquier precio». Mira cómo cuenta su historia aquí.
De Etiopía a Sudán del Sur: la historia de Moses
Cuando estallaron los combates en Malakal, Sudán del Sur, trabajaba como asesor sobre el VIH para una ONG japonesa. Todo el personal internacional huyó de Sudán del Sur y se indicó al personal local que buscara protección. Me trasladé con mi familia a una comisaría y permanecimos allí una semana. La situación parecía estar calmándose, pero luego las fuerzas rebeldes volvieron a tomar la ciudad y los combates fueron tan intensos que tuvimos que trasladarnos a la localidad de Nassir. Si hubiera estado solo, habría sido más fácil. Pero estaba con mi esposa embarazada y mis seis hijos. Caminamos durante 20 días y conseguimos comida de algunas personas que nos ofrecieron refugio. A veces tuvimos que vender parte de nuestra ropa para conseguir dinero o comida; fue muy difícil. Cuando llegamos a Nassir, mi esposa no estaba en condiciones de seguir adelante. Estaba a punto de dar a luz. Recibimos ayuda en un hospital de MSF en Nassir, donde nació mi hijo menor. Se llama Gatlat Hoth Yual. Sudán del Sur está ahora en guerra, y vine a Etiopía con mi familia para estar a salvo. En mi país no hay comida ni escuelas para mis hijos. Me preocupa su futuro. Aquí quizá podamos recibir servicios educativos y de salud para ellos. Si la situación vuelve a mejorar en Sudán del Sur, tendrán un futuro mejor, sin guerra.
De Mali a Burkina Faso: la historia de Assafa
Assafa tiene seis años. Su padre murió hace cuatro años y ella vive en un campamento de refugiados con su madre, su hermana mayor y su hermano menor. Se marcharon de su pueblo, en la región de Gossi, al norte de Mali, en cuanto comenzó el conflicto a principios de 2012, y caminaron tres días hasta llegar a un lugar seguro en Burkina Faso.
«El Ejército atacó un asentamiento tuareg cerca de nuestra casa y temíamos que el conflicto llegara pronto a nuestro pueblo, así que nos fuimos», explica Aichatou, la madre de Assafa. «Decenas de personas murieron durante el ataque; solo unas pocas sobrevivieron». La familia pagó a un conductor 400.000 CFA (800 dólares) para que los llevara al otro lado de la frontera. Vendieron algunas de sus cabras para reunir esa enorme suma de dinero.
Assafa y su familia fueron trasladadas junto con todos los refugiados del campamento de Damba a otro campamento cercano, en Mentao. Ella sigue yendo a la escuela. «Quiero ser maestra», dice. «Y quiero volver a mi hogar en Mali».
De una aldea a una ciudad en Colombia: la historia de Kelly
Kelly tenía 13 años cuando su madre le dijo de repente que tenían que dejar su hogar. Cuando los combates entre distintos grupos armados llegaron a su pueblo, se trasladaron a Buenaventura, en Colombia. «No entendía muy bien por qué teníamos que irnos; siempre debíamos tener cuidado con el lugar donde vivíamos. Estaba un poco confundida y triste, pero al cabo de un tiempo comprendí que estábamos más seguras en Buenaventura y que yo podía volver a ser feliz. Otras personas estaban perdiendo a familiares en los combates, pero nosotras estábamos a salvo».
Pero la vida en Buenaventura no siempre era fácil ni segura. Cuando Kelly conoció a su esposo, ambos comprendieron que la única manera de seguir adelante y encontrar un futuro mejor era mudarse otra vez; esta vez eligieron el área metropolitana de Bogotá.
«Ha sido difícil, pero en todas partes puede serlo, y mi esposo ha encontrado aquí un buen trabajo estable en la construcción. Tenemos que aprovechar las oportunidades que se nos presentan y no quedarnos anclados en el pasado».
El objetivo final de Kelly es volver a la universidad y estudiar para ser médica, a fin de ayudar a los niños que puedan estar enfermos o en situación de riesgo.
«Quiero que mis hijos reciban una educación y tengan un futuro mejor que el de mi esposo o el mío. Quiero que tengan cosas que yo nunca tuve. Trabajaremos duro para darles el mejor comienzo posible».
En 2008, mi familia y yo huimos de mi país por motivos religiosos. A partir de entonces, empecé a llevar la vida que tengo ahora. Quisiera hacerles esta pregunta a todos: ¿quién querría vivir en un país donde no hay libertad política, religiosa ni de expresión, y que discrimina a sus grupos étnicos minoritarios por su raza u origen? Por eso vinimos a Malasia para estar a salvo y encontrar refugio. Gracias a la ayuda del ACNUR, obtuvimos el estatuto de refugiados y nos reasentamos en los Estados Unidos de América en 2010.
Ahora trabajo en una clínica como coordinador de divulgación para un grupo de personas birmanas en Indianápolis. También sirvo al Señor en International Life Ministry. Dios nos bendijo con tres hijos; aprenden rápido y me alegra mucho ver cómo aprovechan la educación que reciben aquí, en Estados Unidos. Me asombra vivir en un apartamento tan bonito, tener electricidad las 24 horas, conducir un buen coche por una carretera muy lisa, disfrutar de buenas comunicaciones, conocer a personas diversas y de muchos colores y hacerme amigo de ellas, y disfrutar de todo tipo de buena comida y de buena salud. Espero reunirme pronto con mi hermana y su familia. Por ahora, solo tengo esperanza para mis hijos. Espero que algún día sean personas instruidas y ayuden a Birmania a desarrollarse en todos los ámbitos, especialmente a mi pueblo chin, que vive en el estado de Chin. Espero que mi pueblo sea libre.
Autor: Leigh Foster es jefe de Eventos, Campañas y Embajadores de Buena Voluntad de la División de Relaciones Exteriores del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.
Todas las imágenes son cortesía del ACNUR. Imagen principal: Niños afganos desplazados dentro de su país a causa de la guerra están fuera de sus tiendas cubiertas de nieve en Kabul, el 5 de febrero de 2012. REUTERS/Mohammad Ismail





