Por qué combatir la delincuencia organizada puede abrir camino a la paz en zonas de conflicto

Image: REUTERS/John Vizcaino
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La delincuencia organizada transnacional (DOT) es un fenómeno generalizado que no deja intacta a ninguna región.

El tráfico ilícito —la manifestación más lucrativa de la DOT— ha adoptado múltiples formas, desde el comercio más tradicional de estupefacientes y armas hasta el contrabando de medicamentos falsificados y especies silvestres en peligro de extinción.

Al cruzar múltiples fronteras nacionales, estos flujos ilícitos se entrelazan con las dinámicas locales de seguridad, política, sociedad y economía. A veces están tan arraigados que la línea entre lo lícito y lo ilícito se difumina considerablemente. Lo mismo ocurre cuando la DOT se cruza con situaciones de conflicto.

Actualmente, abundan las investigaciones y pruebas que apuntan a la compleja relación entre la delincuencia y los conflictos.

El examen de las pruebas reunidas por una amplia variedad de profesionales, académicos y organizaciones internacionales confirma el profundo impacto del tráfico ilícito en los conflictos y los contextos frágiles, y sitúa este desafío a la par del terrorismo y la guerra civil.

Comprender esta relación es fundamental para prevenir los conflictos, facilitar su finalización y mantener la paz una vez concluidas las hostilidades. Es importante evitar un enfoque simplista: aún no hay consenso sobre cuál de los dos fenómenos —la delincuencia o el conflicto— causa el otro.

Numerosos estudios de casos, desde Afganistán hasta Malí, muestran que el tráfico ilícito precede a los conflictos y que la debilidad del Estado lo hace posible. Sin embargo, una vez iniciado un conflicto, la presencia de economías ilícitas —y, en estos casos concretos, de lucrativas redes de contrabando de drogas y cigarrillos— envalentona a los grupos armados que participan en él.

Image: Informe sobre datos y tendencias humanitarias mundiales

Al mantener a esos grupos (y, en ocasiones, a los funcionarios gubernamentales corruptos que se han involucrado en actividades ilícitas), la delincuencia y sus beneficios prolongan el conflicto, incluso cuando las motivaciones ideológicas pueden haberse extinguido; por ejemplo, en el caso de las FARC, las guerrillas izquierdistas colombianas que se convirtieron en narcotraficantes.

Además, el quebrantamiento de la ley y el orden que suele acompañar a los conflictos crea un entorno aún más permisivo para que prosperen las actividades ilícitas y hace que la corrupción se tolere todavía más.

Partiendo de esa premisa, incluso podría sostenerse que el propio conflicto es «criminógeno», como se insinúa en el de 2011, Informe sobre el desarrollo mundial. Los conflictos generan delincuencia al ofrecer un terreno fértil, caracterizado por una gobernanza débil y la inseguridad, así como oportunidades que los delincuentes pueden aprovechar. Por ejemplo, pueden adquirir bienes cuya cadena de suministro se haya interrumpido o detenido a causa de la violencia, o aprovecharse de las numerosas personas desplazadas que desean ser trasladadas clandestinamente a un lugar seguro.

Como parte de este análisis más matizado, cabe reconocer que el tráfico puede tener un efecto positivo, aunque a corto plazo. Por ejemplo, en contextos frágiles que carecen de oportunidades económicas concretas o de una prestación fiable de servicios, las economías ilícitas se convierten en la única fuente de sustento de la población.

Combatir esas actividades delictivas sin establecer alternativas sostenibles perjudicaría aún más el bienestar de la población local, aumentaría el descontento e incluso podría generar tensiones.

Varios conflictos actuales se prolongan y se repiten. Países como la República Centroafricana, la República Democrática del Congo e Iraq padecen un patrón casi perpetuo de alternancia entre conflicto y relativa calma. Aunque este desafortunado fenómeno obedece a diversos factores, las pruebas muestran que la delincuencia puede obstaculizar la paz. Comprender su impacto en los contextos posteriores a los conflictos es fundamental para evitar que estos vuelvan a estallar y poner fin al ciclo de violencia y fragilidad.

Además, para lograr una paz duradera es necesario tener en cuenta las agendas delictivas durante las negociaciones de paz y limitar el riesgo de que los actores e intereses criminales socaven la aplicación y la sostenibilidad de la paz.

Está claro que la DOT y el tráfico ilícito se han arraigado profundamente en varias regiones y que interactúan con los conflictos y las partes beligerantes de múltiples maneras, a menudo reforzándose mutuamente.

Ignorar el papel y el impacto de las actividades delictivas al diseñar mecanismos de prevención de conflictos sería, sin duda, una decisión cortoplacista que podría socavar el esfuerzo general por la paz.

Tráfico ilícito y conflicto: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?, Virginia Comolli, investigadora sénior de Seguridad y Desarrollo, Instituto Internacional de Estudios Estratégicos

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