Mientras avanza la Summit on the Global Agenda en Abu Dabi, es importante recordarnos por qué estamos aquí y por qué importa. La Cumbre es una oportunidad para idear soluciones inteligentes a algunos de los problemas más prolongados del mundo.
Como miembro del Global Agenda Council on Fragility, Violence and Conflict, considero que el asunto más apremiante en este momento es el siguiente: hoy hay más refugiados en el mundo que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial, y Europa lucha con denuedo por determinar la mejor manera de gestionar la enorme afluencia de refugiados procedentes de Oriente Medio.
Con ese gran desafío del conflicto, el extremismo y la migración forzada en mente, quería compartir una nueva investigación relevante de mi organización, Mercy Corps.
Empecemos con una cita:
“La gente me sigue preguntando cuánto dinero me envía ISIS. Les digo que no me ha enviado nada. Esa no es la razón por la que mis hijos fueron a luchar.”
Eso es lo que una madre jordana, cuyos tres hijos cruzaron a Siria para luchar por ISIS, le dijo a un investigador de Mercy Corps. Comparto esa cita porque creo que va directo al corazón del asunto: combatir el extremismo violento –que es tan central para la fragilidad y el conflicto– no se trata de empleos ni de asistencia humanitaria, por importantes que sean esas cosas. Debemos centrarnos en las dinámicas que empujan a las personas hacia grupos extremistas violentos: la corrupción, la injusticia y la débil gobernanza.
Estas son algunas de las conclusiones clave del último informe de investigación de Mercy Corps, From Jordan to Jihad: The Lure of Syria’s Violent Extremist Groups.
Mercy Corps no encontró evidencia de que los combatientes, ni sus familias, reciban una compensación de los grupos armados por luchar dentro de Siria. Sin embargo, al menos algunos reclutadores sí cobran.
El motivo más común que los combatientes dieron para unirse a la guerra en Siria fue proteger a mujeres y niños suníes de abusos y violaciones.
El reclutamiento parece ser una empresa social: casi nadie decidió ir a Siria en solitario. Por ello, los reclutadores se dirigen a jóvenes carismáticos y populares.
La religión no fue un factor impulsor evidente. Sin embargo, los combatientes a menudo emplearon un lenguaje religioso para legitimar y glorificar la lucha en Siria.
Para algunos combatientes, la vida en Siria resultó ser menos glamurosa de lo esperado. “No era como lo que había visto en YouTube”, dijo un hombre.
Dentro de Siria, los enfrentamientos entre suníes fueron una fuente clave de desilusión de los combatientes extranjeros. La naturaleza fragmentada del conflicto sirio ha minado la disposición de algunos jordanos a participar. “Fui a Siria a luchar contra los chiíes”, dijo un antiguo combatiente. “Pero vi a suníes matándose entre sí. Eso no es yihad”.
Con base en nuestros hallazgos, ofrecemos cinco recomendaciones clave a los responsables de políticas, en interés de mejorar el estado del mundo:
Mediar en una solución política para poner fin a la crisis en Siria, con el fin de detener el flujo de combatientes extranjeros. El número de combatientes extranjeros en Siria supera ahora al de Afganistán en los años ochenta, lo que convierte a Siria en el campo de entrenamiento preferido de los yihadistas violentos actuales. Los esfuerzos para contrarrestar el extremismo violento y frenar el flujo de combatientes extranjeros resultarán inútiles si se desvinculan de un enfoque político integral para poner fin a la crisis en Siria.
Orientar los futuros programas de prevención hacia las redes sociales, y no hacia la demografía. El reclutamiento se basa en el cultivo de una identidad colectivista y muy cohesionada. Los esfuerzos de prevención deben centrarse en ofrecer alternativas comunitarias: integrar a los jóvenes en grupos pacíficos, programas de mentoría y la creación de oportunidades para que los jóvenes construyan identidades individuales y vínculos familiares positivos.
Apoyar, educar y asociarse con actores locales pacíficos –en particular esposas, madres y jóvenes– para disuadir a posibles reclutas. Las voces comunitarias de confianza son las más propensas a fomentar visiones pacíficas y a ofrecer modelos positivos. Educarlas sobre la realidad de la guerra en Siria –de suníes matando a suníes– puede tener resonancia incluso entre quienes apoyan en líneas generales el conflicto. Los líderes tribales y los imanes locales, por ejemplo, son figuras valiosas en la formación de la opinión. Y los grupos de madres, en particular, tienen mucho que aportar para reducir el atractivo de los extremistas.
Cuando sea posible, facilitar espacios en los que los antiguos combatientes puedan actuar como defensores de la prevención y mentores dentro de las comunidades y las universidades.
Aumentar el apoyo político y financiero a los programas que abordan las brechas de gobernanza que impulsan el extremismo.
Los Global Agenda Councils se encuentran en una posición única para marcar la diferencia en estas cuestiones. Confío en que la Summit on the Global Agenda, de cara a la Annual Meeting en Davos en enero, pueda ayudarnos a organizarnos e impulsar el cambio frente al extremismo violento y la fragilidad, que representan una amenaza tan enorme para la paz y el progreso.
La Summit on the Global Agenda 2015 se celebra en Abu Dabi del 25 al 27 de octubre
Autor: Neal Keny-Guyer es director ejecutivo de Mercy Corps, la organización humanitaria global, y miembro del Foro Económico Mundial en el Global Agenda Council on Fragility, Violence and Conflict. Puede seguirlo en Twitter en @nealkg
Imagen: Combatientes islamistas militantes en un tanque participan en un desfile militar por las calles del norte de la provincia de Raqqa, el 30 de junio de 2014. REUTERS/Stringer



