• Sudáfrica es el epicentro de la pandemia de coronavirus en África.
• Sus municipios son característicos de los barrios de alta densidad de todo el continente, donde el autoaislamiento será extremadamente difícil.
• El fracaso en erradicar la pobreza extrema es una amenaza que trasciende los países en cuestión.
En cuanto el nuevo coronavirus recorrió el planeta, desafiando las fronteras y arraigándose en nuestra vida cotidiana, los responsables de salud pública empezaron a cantar la misma canción: advertir a quienes tenemos afecciones de salud subyacentes que extrememos las precauciones. Yo me encontraba en Nueva York para acudir a mi neurólogo cuando los Centros para el Control de Enfermedades anunciaron públicamente por primera vez que la pandemia de COVID-19 afectaría de forma desproporcionada a las personas mayores y a quienes padecen graves problemas de salud subyacentes.
Como joven con discapacidad que vive con atrofia muscular espinal, una enfermedad degenerativa de las neuronas motoras que hace que el sistema inmunitario sea más vulnerable a las infecciones respiratorias agudas, atendí el llamado a la vigilancia y acorté mi viaje. Con el apoyo de mi equipo médico con sede en Estados Unidos, salí de Nueva York antes del dramático aumento de casos en todo el estado y regresé a Johannesburgo la víspera del día en que el presidente Cyril Ramaphosa declaró el desastre nacional. En ese momento, Sudáfrica tenía menos de 100 casos confirmados.
Eso fue hace poco más de dos semanas.
Mientras escribo esto, el 31 de marzo, 15 días después de haber iniciado la autocuarentena tras mi regreso seguro a casa, los casos confirmados ascienden a casi 1.500. Llevamos ya cinco días de confinamiento nacional, previsto para 21 días, en un esfuerzo desesperado por aplanar la curva.
Mientras cambio de canal en las noticias, acabo de escuchar al presidente Ramaphosa dirigirse a las Fuerzas de Defensa Nacional de Sudáfrica en su calidad de comandante en jefe. Vestido con camuflaje militar completo, su directriz fue clara: "Se les convoca a defender al pueblo de Sudáfrica contra este virus."
Por primera vez desde los oscuros días del apartheid, los sudafricanos están presenciando la movilización de las fuerzas armadas para restringir la libertad de circulación, como parte de una intervención drástica para imponer el distanciamiento social a gran escala. Con el invierno acercándose rápidamente y con el mayor número de casos confirmados del nuevo coronavirus en África, Sudáfrica es el epicentro de un continente que casi ha sido olvidado en la lucha mundial contra la pandemia de COVID-19.
El autoaislamiento en los municipios
Aunque me preocupa el riesgo de exposición personal como joven con discapacidad, me preocupa aún más el riesgo de exposición de un continente que está totalmente mal preparado para hacer frente a este tsunami que se aproxima. Me estremece pensar qué ocurriría si Sudáfrica, o el continente en su conjunto, se convirtiera en el epicentro de la pandemia.
Para los responsables de salud pública de todo el mundo, el control de la densidad poblacional está demostrando ser la herramienta más eficaz de su arsenal para frenar la tasa de transmisión. Pero en los municipios de Sudáfrica, donde millones de personas viven hacinadas en viviendas precarias levantadas sobre tuberías de aguas residuales rotas, indicarles que se queden en casa y se refugien parece una prescripción cruel y potencialmente contraproducente desde el punto de vista de la salud pública. En estas comunidades densamente pobladas, donde no hay acceso a agua corriente y donde una sola familia debe compartir un baño portátil con al menos otras 10 familias, ¿cómo esperamos que este sector de la sociedad practique con diligencia el lavado de manos con agua y jabón?
Además de las preocupaciones relacionadas con la contención y la mitigación, me preocupa la capacidad del Estado para garantizar a sus ciudadanos la red de seguridad económica necesaria para capear el temporal. Sudáfrica, al igual que el resto del continente, tiene una deuda considerable. En este contexto, el Estado no está en condiciones de diseñar el tipo de paquetes de rescate económico necesarios para amortiguar el golpe de la devastación causada por el nuevo coronavirus.
Desigualdades arraigadas
Para afrontar estos desafíos, debemos reconocer que, en muchos sentidos, las consecuencias de nuestros actos han vuelto para atormentarnos en forma de desigualdades mundiales persistentes y del monstruoso abandono de los sectores más marginados de la sociedad. Debido a nuestro continuo fracaso en invertir en la erradicación de la pobreza extrema y en la creación de redes de seguridad económica y social para los más vulnerables entre nosotros, acciones que sustentan los ODS, hemos llegado a un momento histórico en el que poblaciones enteras corren el riesgo real de morir por su propia vulnerabilidad.
El nuevo coronavirus es sin duda una crisis, pero junto a esta crisis nos enfrentamos a una crisis más profunda de solidaridad y cooperación internacional. En el contexto de hacer todo lo posible por aplanar la curva, la necesidad del autoaislamiento es clara. Pero en el contexto más amplio de la salud mundial y el desarrollo sostenible, los países que actúan aislados unos de otros amenazan el progreso y la prosperidad de la humanidad en su conjunto.
Fue el Dr. Martin Luther King Jr. quien dijo que una amenaza a la justicia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes. Hoy más que nunca, lo que sucede en Irán afecta a Italia, y lo que sucede en España afecta a Estados Unidos. Lo que temo que pueda ocurrir en África afectará sin duda al mundo.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial ante el brote de coronavirus?
Que este momento sirva para recordarnos que no solo estamos juntos en esto, sino que, en realidad, compartimos una trayectoria común. Lo que ocurra en los próximos 21 días en Sudáfrica puede muy bien afectar la trayectoria de la humanidad en el futuro, así que más vale que prestemos atención.

