Como algo sacado de una película de zombis, las especies que alguna vez se creyeron extintas parecen resurgir de entre los muertos. Entre el 21 de febrero y el 4 de marzo de 2019 se anunciaron tres redescubrimientos notables: la tortuga gigante de Galápagos de la isla Fernandina (Chelonoidis phantasticus), que se vio por última vez en 1906; abeja gigante de Wallace (Megachile pluto), que supuestamente había desaparecido en 1980; y el leopardo nebuloso de Formosa (Neofelis nebulosa brachyura), que desapareció tras su último avistamiento en 1983 y fue declarado oficialmente extinto en 2013.
Estos redescubrimientos sugieren que quizá sepamos muy poco sobre algunas de las especies más raras del mundo, pero también plantean la cuestión de cómo se declara extinta una especie en primer lugar. La Lista Roja de la UICN recopila un registro global de especies amenazadas y mide sus riesgos relativos de extinción. La Lista Roja cuenta con un conjunto de criterios para determinar el estado de amenaza de una especie, la cual solo se clasifica como «Extinta» cuando…
… no hay una duda razonable de que el último individuo ha muerto.
Según la Lista Roja, esto requiere…
… prospecciones exhaustivas en el hábitat conocido y/o esperado, en momentos apropiados… en toda su área histórica [donde] no han logrado registrar ningún individuo. Las prospecciones deben realizarse durante un periodo acorde con el ciclo de vida y la forma de vida del taxón.
Dada toda la evidencia –o más bien, la falta de evidencia– que se necesita, sorprende que alguna especie llegue a declararse extinta. Los criterios muestran que, para saber si una especie está extinta, necesitamos conocer lo que hacía en el pasado.

Los avistamientos en un momento y lugar determinados constituyen nuestro conocimiento sobre la supervivencia de una especie, pero cuando una especie se vuelve rara, los avistamientos son cada vez más infrecuentes, por lo que la gente empieza a preguntarse si la especie aún existe.
Con frecuencia, al decidir si una especie se ha extinguido, la gente utiliza el tiempo transcurrido desde el último avistamiento como medida de probabilidad, pero el último avistamiento rara vez corresponde al último individuo de la especie ni a la fecha real de la extinción.
En cambio, la especie puede persistir durante años sin ser vista, pero el tiempo transcurrido desde el último avistamiento influye fuertemente en las suposiciones sobre si una especie se ha extinguido o no.
¿Pero qué es un avistamiento? Puede presentarse de diversas formas: desde la observación directa de un individuo vivo en persona o en fotografías, hasta pruebas indirectas como huellas, arañazos y excrementos, y testimonios orales obtenidos en entrevistas con testigos presenciales.

Pero estas distintas líneas de evidencia no valen todas lo mismo: un pájaro en mano vale más que una sala llena de recuerdos de personas que lo vieron en el pasado. Determinar cuáles son avistamientos verdaderos y cuáles falsos complica la declaración de extinción.
La idea de que una especie sea «redescubierta» puede generar más confusión. El redescubrimiento implica que algo se perdió u olvidó, pero el término a menudo da la impresión de que una especie ha regresado de entre los muertos; de ahí el término «especie lázaro». Esta interpretación errónea de las especies perdidas u olvidadas implica que el supuesto por defecto es la extinción de cualquier especie que no se ha visto durante varios años.
Entonces, ¿qué significa esto para las tres especies «redescubiertas» recientemente?
Si bien no se había visto un ejemplar vivo de la tortuga gigante de Galápagos de la isla Fernandina desde 1906, sí se habían registrado observaciones indirectas de excrementos, huellas y marcas de mordiscos de tipo tortuga en chumberas (nopales) tan recientemente como en 2013.
La incertidumbre en torno a la calidad de estas observaciones posteriores y el largo tiempo transcurrido desde el último avistamiento de un ejemplar vivo probablemente contribuyeron a que fuera clasificada como «En Peligro Crítico (Posiblemente Extinta)» en 2015. En el mundo natural, una especie se presume extinta hasta que se demuestre que sigue viva.

Es posible que el abejorro gigante de Wallace no haya sido registrado en los últimos 38 años, pero nunca fue declarado extinto según la Lista Roja de la UICN. De hecho, durante muchos años quedó en la categoría de Datos Insuficientes y solo fue evaluado recientemente como Vulnerable.
Así pues, aunque este hallazgo es emocionante para una especie que no se había visto durante tanto tiempo, su redescubrimiento demuestra lo poco que se sabe de muchas especies raras en estado silvestre, más que lo escasas que son.
El leopardo nebuloso de Formosa, por su parte, en realidad figura como Extinto. El último avistamiento de la especie fue en 1983, basado en entrevistas a 70 cazadores, y las extensas trampas fotográficas durante la década de 2000 no lograron detectar su presencia. Fue declarado oficialmente extinto en 2013.
Si bien la tortuga gigante y el abejorro fueron declarados vivos tras encontrarse ejemplares vivos, el redescubrimiento del leopardo nebuloso es más incierto. Con base en avistamientos en dos ocasiones distintas por dos grupos de guardas de fauna, la evidencia es convincente. Pero para demostrar si el leopardo nebuloso de Formosa realmente ha resucitado de entre los muertos se necesitará un esfuerzo considerablemente mayor.



