Los seres humanos somos una especie sin igual. Hemos construido Estados estratificados, colonizado casi todos los hábitats de la Tierra y ahora buscamos trasladarnos a otros planetas. De hecho, estamos tan avanzados que algunas de nuestras innovaciones —como las tecnologías de combustibles fósiles, la agricultura intensiva y las armas de destrucción masiva— podrían acabar provocando nuestra propia desaparición.
Ni siquiera nuestros parientes más cercanos, los primates, poseen rasgos como el lenguaje desarrollado, la cultura acumulativa, la música, el simbolismo y la religión. Sin embargo, los científicos aún no han llegado a un consenso sobre por qué, cuándo y cómo evolucionaron estos rasgos en los seres humanos. Por suerte, hay animales no humanos que han desarrollado sociedades y cultura en cierta medida. Nuestro último estudio, publicado en Nature Evolution & Ecology, investiga qué pueden enseñarnos los cetáceos (ballenas y delfines) sobre la evolución humana.
La razón por la que resulta tan difícil rastrear el origen de los rasgos humanos es que el comportamiento social no se fosiliza. Por eso, es muy difícil entender cuándo y por qué apareció por primera vez el comportamiento cultural en el linaje humano. La cultura material, como el arte, los objetos funerarios, las armas tecnológicamente sofisticadas y la cerámica, es muy poco frecuente en el registro arqueológico.
Investigaciones anteriores sobre primates han demostrado que un cerebro grande en los primates está asociado con grupos sociales más numerosos, una mayor riqueza cultural y conductual, y una mayor capacidad de aprendizaje. Un cerebro más grande también está vinculado a dietas ricas en energía, una vida más larga, períodos juveniles más prolongados y cuerpos de mayor tamaño. Sin embargo, los investigadores que intentan determinar si cada uno de estos rasgos es causa o consecuencia de un cerebro grande discrepan entre sí y a menudo discuten sin entenderse.
Una explicación predominante es la hipótesis del cerebro social, según la cual nuestra mente y, en consecuencia, nuestro cerebro han evolucionado para resolver los problemas asociados con vivir en un entorno social dinámico, desafiante y rico en información. Esto implica retos como competir por los alimentos y los recursos y distribuirlos, coordinar el comportamiento, resolver conflictos y aprovechar la información y las innovaciones generadas por otros miembros del grupo.
Sin embargo, pese a las numerosas pruebas de que existe una relación entre el tamaño del cerebro y las habilidades sociales, continúa el debate sobre el papel de la vida social en la evolución cognitiva. Otras teorías sostienen que los cerebros de los primates evolucionaron como respuesta a la complejidad de los entornos forestales —ya sea para buscar frutos o para orientarse visualmente en un mundo tridimensional.
Bajo el mar
Pero los primates no son los únicos que viven en mundos sociales ricos. Los insectos, las aves, los elefantes, los caballos y los cetáceos también.
Estos últimos son especialmente interesantes porque, además de saber que hacen cosas fascinantes, algunos viven en sociedades multigeneracionales y tienen los cerebros más grandes del reino animal. Además, no comen fruta ni viven en bosques. Por eso, decidimos evaluar las pruebas sobre la existencia de un cerebro social o cultural en los cetáceos.
Otra ventaja de estudiar a los cetáceos es que grupos de investigación de todo el mundo llevan décadas documentando y descubriendo cómo son sus mundos sociales. Entre los hallazgos figuran silbidos característicos que parecen identificar a cada animal, la caza cooperativa, cantos y vocalizaciones complejos, el juego social y el aprendizaje social. Reunimos toda esta información en una base de datos y evaluamos si la riqueza cultural de una especie está asociada con el tamaño de su cerebro y el tipo de sociedad en que vive.
Descubrimos que las especies con cerebros más grandes viven en sociedades más estructuradas y muestran más comportamientos culturales y aprendidos. El grupo de especies con el mayor tamaño cerebral relativo está formado por delfines grandes, parecidos a las ballenas. Entre ellos se encuentran la orca falsa y el calderón.
Para ilustrar los dos extremos del espectro, las orcas tienen preferencias alimentarias culturales: algunas poblaciones prefieren los peces y otras, las focas. También cazan de forma cooperativa y las matriarcas lideran el grupo. Los cachalotes tienen dialectos propiamente dichos, lo que significa que distintas poblaciones tienen vocalizaciones propias. En cambio, algunas de las grandes ballenas barbadas, que tienen cerebros más pequeños, comen kril en lugar de peces u otros mamíferos, llevan una vida bastante solitaria y solo se reúnen durante las temporadas de reproducción y en zonas con abundante alimento.
Aún tenemos mucho que aprender sobre estas criaturas asombrosas. Algunas especies no se incluyeron en nuestro análisis porque sabemos muy poco sobre ellas. Por ejemplo, existe todo un grupo de zifios con cerebros muy grandes. Sin embargo, como se sumergen y buscan alimento en aguas profundas, es raro avistarlos y casi no sabemos nada sobre su comportamiento y sus relaciones sociales.
Aun así, este estudio respalda claramente la idea de que el tamaño del cerebro permite predecir la riqueza del mundo social de una especie. El hecho de haberlo constatado en un grupo independiente, tan distinto de los primates, lo hace aún más importante.



