Lo que los líderes mundiales deben hacer ahora para restaurar la confianza en la globalización

A construction worker stand at the base of the Shanghai Tower (L), which is under construction, at the financial district of Pudong in Shanghai August 2, 2013.
Image: REUTERS/Carlos Barria
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La globalización afronta su mayor prueba. Durante 40 años, el proceso de integración cada vez más estrecha mediante la libre circulación de bienes, capitales, personas e ideas por todo el mundo ha registrado muchos logros notables.

El nivel de vida general nunca había sido tan alto. Según las Naciones Unidas, hay más de 200 millones menos de personas que padecen hambre que hace 25 años. Además, casi todos los niños y niñas van a la escuela. Mientras tanto, la esperanza de vida aumentó cinco años entre 2000 y 2015, el incremento más rápido desde la década de 1960, según la Organización Mundial de la Salud.

En otras palabras, el mundo es más llano —más igualitario— que nunca.

Y, sin embargo, durante el último año se ha producido una reacción adversa asombrosa, sobre todo en los países desarrollados. En Estados Unidos, gran baluarte de la globalización, crece el clamor por revertir la tendencia hacia una mayor integración, como lo demuestra la elección de un presidente que ha prometido deshacer los acuerdos de libre comercio y construir muros entre las naciones (en lugar de derribarlos).

En Europa, el Reino Unido ha votado a favor de retirarse de la Unión Europea, y otras naciones podrían seguir su ejemplo, dependiendo del resultado de las próximas elecciones. Varios países han visto un auge de políticos populistas que canalizan la ira de la gente común, enfadada por el aumento de la migración y sus consecuencias percibidas: menos oportunidades de empleo, mayores temores por la seguridad y desafíos a la identidad nacional.

Es fácil criticar esta reacción adversa por equivocada. Pero no se puede ignorar. Lo cierto es que millones de personas sienten que se han quedado atrás en el avance de la globalización, no solo en los mercados en desarrollo, sino también en los desarrollados. Algunas han visto estancarse su salario y, con él, su modo de vida. Incluso en Estados Unidos, la gran tierra de las oportunidades, las cosas se han anquilosado. Una visita a las llamadas ciudades del «cinturón del óxido» lo demuestra con crudeza.

Y, sin embargo, algunas personas —las llamadas «élites»— han prosperado en medio del pesimismo. En muchos países, la brecha entre los más ricos y los más pobres de la sociedad se ha ampliado, aunque la desigualdad relativa de los ingresos a escala mundial haya disminuido. En 2015, en los 34 Estados miembros de la OCDE, el 10 % más rico de la población ganó 9,6 veces más que el 10 % más pobre. En el mundo empresarial, la brecha entre los altos ejecutivos y los trabajadores era aún mayor. En Estados Unidos, los 500 principales directores ejecutivos ganaron 340 veces el salario medio de un trabajador en 2015, según un informe de la AFL-CIO, la mayor federación de sindicatos estadounidenses.

Así que, aunque la globalización ha sido extraordinaria para miles de millones de personas, para algunas no lo ha sido en absoluto. O, al menos, esa es su percepción. Como resultado, el mundo corre el riesgo de retroceder.

No se puede permitir que esto ocurra.

Sería un desastre absoluto que la globalización se detuviera en seco. Según las Naciones Unidas, todavía hay 800 millones de personas —más que la población de Europa— que siguen registradas como personas que padecen «hambre». Todavía hay casi 60 millones de niños —una cifra aproximadamente equivalente a la población de Francia— que no asisten a la escuela primaria. Aún hay alrededor de 2.000 millones de adultos que no tienen una cuenta bancaria básica.

Niños esperan recibir raciones de comida de una organización no gubernamental que proporciona alimentos a comunidades de barrios marginales en Manila, capital de Filipinas, el 15 de septiembre de 2008. Image: REUTERS/Romeo Ranoco

Entonces, ¿qué hay que hacer?

Ha llegado el momento de volver a poner el mundo en marcha. Esto podría parecer contradictorio en un momento de alta migración, cuando está claro que millones de personas se desplazan en una búsqueda desesperada de un nuevo comienzo. Pero la cuestión es esta: en muchos sentidos, el mundo se ha estancado. El crecimiento mundial es anémico, en parte debido a la caída del comercio internacional causada por la falta de inversión y el aumento del proteccionismo. Al mismo tiempo, el crecimiento de la productividad se ha desplomado y se mantiene por debajo del 1 % en Estados Unidos y en la mayoría de los países de Europa occidental.

Como resultado, la gente se siente atrapada. Ahora quiere recuperar su futuro. Quiere ver cumplidas sus expectativas de una vida mejor. Para facilitarlo, los líderes mundiales deben centrarse en una cosa: lograr un crecimiento inclusivo.

Un plan para los líderes mundiales

Tanto si dirige un país como una empresa, debe dar a cada una de sus partes interesadas la oportunidad de crecer. Si lo hace, podrá aspirar a lograr un crecimiento inclusivo, que es el más sostenible.

Hemos desarrollado un enfoque integral para los líderes nacionales y empresariales. Se centra en cinco elementos clave necesarios para garantizar la libre circulación de personas, bienes, ideas y capitales. Intente dejar de lado sus muchas otras preocupaciones y centrarse en estos cinco elementos. Asigne a cada uno un indicador en su tablero mental. Si logra avances reales en cada elemento al mismo tiempo, podrá avanzar de verdad hacia el objetivo de lograr un crecimiento inclusivo.

Puede sonar a puro sentido común. Y lo es. Pero, una y otra vez, hemos comprobado que, en una crisis, el sentido común se pierde.

Y no cabe duda de que el mundo atraviesa una crisis.

La agenda para los líderes nacionales

Debería invertir más y mejor en:

  • Salud, educación y formación: debe garantizar que todos sus ciudadanos tengan acceso a hospitales, escuelas, universidades y otros centros de reciclaje profesional a lo largo de su vida, para asegurar una fuerza laboral próspera.

  • Infraestructura de transporte: necesita una red de carreteras, vías férreas, puertos y aeropuertos que se actualice constantemente para derribar las barreras internas e internacionales.

  • Redes digitales: necesita una conectividad en línea amplia y rápida que acerque a las personas.

  • Capital financiero: debe impulsar la inclusión financiera, facilitar el acceso a una cuenta bancaria, ampliar el acceso al crédito y seguir desarrollando el mercado financiero.

  • Instituciones de gobernanza: debe defender el Estado de derecho, erradicar la corrupción e invertir en una administración pública eficaz.

El resultado: crecimiento sostenible gracias a ciudadanos capacitados con competencias transferibles (lo que propicia un alto nivel de empleo), una red de transporte interconectada para trasladar personas y bienes, una autopista digital para difundir información e ideas, un sistema financiero operativo que impulse la inversión y una estructura de gobernanza que garantice condiciones equitativas.

La salvedad: esto no significa que nadie vaya a perder su empleo. Pero las personas tendrán la capacidad de encontrar nuevos empleos cuando pierdan los anteriores.

Trabajadores en una obra en Sandton, a las afueras de Johannesburgo, Sudáfrica, el 20 de junio de 2016.Image: REUTERS/Siphiwe Sibeko

La agenda para los líderes empresariales

Esto refleja la agenda para los líderes nacionales, pero a menor escala. Debería invertir más y mejor en:

  • Sus empleados: en particular, mejorar la contratación para incorporar a un grupo diverso de personas y contar con programas de retención sofisticados que faciliten el desarrollo personal y los ascensos.

  • Sus cadenas de suministro: vínculos rápidos y flexibles entre proveedores, fabricantes, minoristas y clientes.

  • Su capacidad digital: una plataforma en línea para las ventas o la comunicación con proveedores, distribuidores, empleados y clientes.

  • El uso que hace de los capitales: desde mejorar las relaciones bancarias y utilizar inteligentemente los mercados de capitales hasta aumentar la productividad de los activos.

  • Su estructura de liderazgo: un equipo ejecutivo y un consejo de administración en quienes se pueda confiar para cumplir la promesa de la empresa a sus clientes, empleados, proveedores, accionistas y a la sociedad en general.

El resultado: crecimiento rentable gracias a empleados satisfechos con competencias transferibles, una cadena organizativa fluida desde el proveedor hasta el cliente que garantiza la entrega puntual de productos y servicios innovadores, capacidad en línea bidireccional para profundizar la relación con los clientes, rentabilidad para inversores dispuestos a invertir más y un equipo directivo en quien se pueda confiar.

La salvedad: esto no significa que todas las empresas vayan a triunfar. Pero se crearán muchas empresas nuevas cuando algunas de las antiguas fracasen.

Liderar desde el frente (y con el ejemplo)

Para que los países y las empresas alcancen un crecimiento inclusivo, las partes interesadas deberán confiar en sus líderes. En los últimos años, una serie de escándalos que afectaron a líderes políticos y empresariales —especialmente durante la Gran Recesión y después de ella— ha provocado una erosión considerable de la confianza. El año pasado, Edelman, una empresa de relaciones públicas que elabora un barómetro mundial de confianza, concluyó que el gobierno era la institución menos confiable, por detrás de las ONG, las empresas y los medios de comunicación.

Por eso, corresponde a la generación actual y a la siguiente de líderes recuperar la confianza de sus partes interesadas: los votantes en el caso de los líderes políticos; los empleados, proveedores y clientes en el caso de los líderes empresariales.

Para hacerlo, debe:

  • Escuchar atentamente: asegúrese de reunirse con la gente y hablar cara a cara. Escuche lo que tienen que decir. No se base únicamente en encuestas y análisis de macrodatos.

  • Decidir: convierta sus conclusiones en un plan de acción viable.

  • Comunicar: informe a la gente de lo que piensa hacer. Consiga su respaldo. Sea abierto y transparente.

  • Cumplir: una vez que haya dicho lo que va a hacer, hágalo.

  • Hacer seguimiento: exija responsabilidades a todos y, sobre todo, a usted mismo.

Esto puede sonar demasiado simplista en un mundo complejo. Pero lo cierto es que atender las necesidades de la gran mayoría de las partes interesadas —y, en última instancia, de la gran mayoría de las personas de la sociedad— no es ni sencillo ni fácil. Si lo fuera, ya se habría hecho. Requiere determinación y perseverancia. Exige que cuestione constantemente sus propias decisiones y acciones y que cumpla sus promesas.

Si puede hacerlo, podrá aspirar a impulsar una nueva era de crecimiento inclusivo en su país o su empresa.

Y juntos podremos aspirar a volver a poner el mundo en marcha.

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