Con la distribución de las vacunas en marcha, los expertos en salud pública entienden que compiten contra el tiempo, pero lo que les ha sorprendido es la reacción populista contra los expertos, a quienes se ha asociado con la arrogancia intelectual.
¿Qué papel desempeña la experiencia en las democracias y cómo debería la ciencia orientar las decisiones políticas?
La pandemia de COVID-19 sigue planteando desafíos a los líderes de los sectores público y privado de todo el mundo. El optimismo prudente en torno a los programas de vacunación masiva se ve contrarrestado por la creciente preocupación por la propagación de variantes más contagiosas. Los expertos en salud pública entienden que compiten contra el tiempo, pero lo que les ha sorprendido es una «reacción populista contra los expertos, a quienes se ha asociado con el elitismo y la arrogancia intelectual».
A pesar de que Estados Unidos ha sufrido más de medio millón de muertes relacionadas con la COVID-19, esas opiniones se han afianzado en el país, incluso después de las recientes elecciones presidenciales. Los analistas políticos de allí siguen defendiendo relatos como esta opinión de Wall Street Journal del escritor Barton Swaim:
«El gran tema de los años de Trump, el que los historiadores señalarán dentro de un siglo, fue el fracaso de la clase experta de Estados Unidos. Quienes se suponía que sabían de qué hablaban, no sabían».
La reacción popular contra la noción de «experiencia» no es exclusiva de EE. UU. También es una preocupación creciente en Europa, donde la UE financia un proyecto de investigación para estudiar el papel de la experiencia en las democracias y cómo debería la ciencia orientar las decisiones políticas.
La confianza mundial en los líderes sociales de la mayoría de las disciplinas, incluidos los líderes religiosos, ha disminuido, según los resultados de la encuesta más reciente del Barómetro de confianza de Edelman. Sorprendentemente, la confianza en las empresas (61 %) es mayor que en el gobierno (53 %), y los encuestados también consideran que las empresas son más éticas y competentes.
Curiosamente, las empresas también reconocen la relación entre la experiencia y el liderazgo de las élites mucho mejor que la mayoría de las demás instituciones. Por ley, las empresas deben tener un consejo de administración, pero muchas también cuentan con consejos asesores. Como observó un bloguero:
«[L]os asesores son nominalmente expertos, mientras que los directores son nominalmente élites. Los directores tienen mucho más poder, reciben muchas más presiones de los grupos de presión y también cobran mucho más. No, a los consejos asesores normalmente no se les pide consejo; su función principal es dar prestigio a una organización. Pero es un prestigio que proviene de su experiencia, no de su condición general de élite».

¿Qué son entonces las élites? Las élites son las personas y coaliciones que operan los modelos de negocio que generan los niveles más altos de creación de valor en la economía. Aunque, por supuesto, a veces los «modelos de negocio de las élites» son extractivos. En términos abstractos, las élites aportan la capacidad de coordinación necesaria para abordar complejos desafíos de gobernanza. Generan y se apoyan en la experiencia; de lo contrario, sus modelos de negocio no son sostenibles.
En concreto, las élites incluyen a empresarios, altos funcionarios públicos, dirigentes sindicales, financieros, generales, líderes de opinión, autoridades religiosas o altos ejecutivos. Son tan controvertidas que hasta la propia palabra es divisiva. A lo largo de la historia moderna se las ha culpado de diversas formas por los males de la sociedad y de gestionar egoístamente modelos de negocio que maximizan su propia riqueza a expensas de la sociedad. ¿Hay algo de cierto en esa acusación? O, por el contrario, ¿podrían las élites haber sido los expertos clave, los motores del desarrollo económico y tecnológico a lo largo de la historia? En relación con esto, podríamos comparar las élites de todo el mundo y preguntarnos en qué países son hoy de «alta calidad».
Una red mundial bajo el liderazgo académico de la Universidad de St.Gallen ha elaborado un índice: el «Índice de calidad de las élites» (EQx)», que clasifica a las naciones según la creación de valor de los modelos de negocio de sus élites. Este novedoso EQx es un índice de economía política que muestra si el conjunto de las élites de un país amplía la tarta económica total del país para todas las partes interesadas, o si las élites simplemente aumentan su propia porción.
¿Cómo evalúa el EQx a las élites?
El EQx utiliza una metodología publicada y transparente que vuelve a evaluar conjuntos de datos existentes desde la perspectiva de la creación de valor frente a la extracción de valor. Actualmente, se recopilan, interpretan, cotejan y organizan 72 indicadores existentes en torno a las cuatro áreas del índice. Los resultados finales son las puntuaciones EQx de los países y una clasificación mundial. El EQx consta de dos subíndices importantes: «poder» y «valor».
El primer subíndice mide el dominio de las élites y, cuando alcanza niveles altos, penaliza al país porque el «poder» se concibe como potencial de búsqueda de rentas en el futuro. El segundo subíndice mide la creación de «valor» mediante la producción, el intercambio, el desarrollo del capital humano, la destrucción creativa, la libre competencia, la innovación y otros factores similares. La extracción de «valor» se concibe como transferencias que se alejan de quienes crean valor, evidenciadas por aranceles, regulación, robo, discriminación, monopolios, subvenciones y otros factores similares.
Sin el liderazgo de los modelos de negocio de las élites, no habría vacunas, ni Teslas, ni plataformas de comercio electrónico, ni seguridad, y probablemente habría menos incentivos para recurrir a expertos.
Por eso, los relatos «antielitistas» resultan insostenibles a largo plazo. Incluso los movimientos políticos, intelectuales o religiosos que defienden una sociedad sin clases han tenido que convertirse inevitablemente en la vanguardia de la sociedad. Dado que las élites existen en todos los países, la pregunta que aborda el índice no es «élites» frente a «ninguna élite», sino la diferencia entre élites de «baja calidad» y de «alta calidad». «¿Crean valor las élites?» es la pregunta clave que planteamos.
En algunos casos, las élites son bastante dominantes y, en el EQx, reciben una puntuación intermedia en «poder». Sin embargo, en lugar de abusar de su poder, las élites poderosas de algunos países hacen exactamente lo contrario y producen algunos de los modelos de negocio con mayor creación de valor que se puedan imaginar. Es el caso de Singapur, donde los mercados de capital, trabajo y producción registran algunos de los niveles más bajos de búsqueda de rentas de cualquier nación, como demuestra una multitud de indicadores, entre ellos la libertad comercial, la globalización y las entradas de inversión extranjera directa.
En otro caso notable, las poderosas élites de China logran generar los niveles más altos de creación de valor en relación con el PIB per cápita (ajustado por paridad del poder adquisitivo). La calidad de las élites del país es comparable a la de algunos Estados avanzados de la UE, según indican los altos niveles de crecimiento de la productividad mediante la innovación (es decir, la destrucción creativa) y un gobierno que asigna los gastos con prudencia. Gracias a la alta calidad de sus élites, ambos países han sido casos excepcionales positivos en el contexto del desarrollo económico y tecnológico.
Con la COVID-19 hemos visto cómo algunos países emergentes mantienen un sistema de élites que funciona en sentido contrario: es muy poderoso y utiliza ese poder para conceder un trato favorable a intereses particulares o extraer rentas desproporcionadas de la población en general. Los países pueden prosperar gracias a la alta calidad de sus élites o estancarse debido a su baja calidad.
Las puntuaciones EQx de Europa reflejan una división profunda e interesante que se ignora en el discurso público y que queda ejemplificada por Alemania y Francia, cuyos niveles de calidad de las élites son asombrosamente distintos. Alemania obtiene una puntuación superior a la de su vecino debido a niveles significativamente más bajos de búsqueda de rentas por parte de las coaliciones de productores y trabajadores. No se puede pasar por alto la implicación política: la Unión Europea debe asumir que los modelos de búsqueda de rentas dominan y acechan en muchos de sus Estados miembros. Por tanto, quienes se benefician de políticas bien intencionadas, como los paquetes de recuperación de la COVID-19, quizá no sean los ciudadanos europeos, sino las élites locales extractivas de determinados Estados miembros de la UE.
Un supuesto teórico subyacente del EQx es que la calidad de las élites determina la calidad de las instituciones. Las élites que gestionan modelos de negocio que crean valor presionarán a favor de instituciones acordes con la promoción de la innovación industrial o el comercio internacional. Esas instituciones dificultarán la vida a las élites que buscan rentas y distorsionan la economía para todos. Por otro lado, los países cuyas élites gestionan modelos de negocio extractivos sufrirán una regulación e impuestos excesivos, obstáculos a la destrucción creativa, inversiones bajas e ineficientes en capital humano, educación y atención sanitaria, así como diversas formas de discriminación, que constituye una forma extrema de extracción de valor.
Los responsables de formular políticas y las élites políticas y del conocimiento deben evaluar cada nueva norma y política desde la perspectiva de la creación de valor. El mensaje para las élites económicas es que transformen sus modelos de negocio: utilicen su experiencia y capacidad de coordinación para gestionar modelos que generen más valor.
No es casualidad que el concepto de capitalismo de las partes interesadas haya captado la imaginación de una nueva generación de líderes empresariales y que se estén adoptando métricas no financieras para ayudar a las «empresas a medir y demostrar su contribución a una sociedad más próspera y realizada y a una relación más sostenible con nuestro planeta». Parafraseando a Joseph Schumpeter: las élites son capaces de elevar el bienestar de todas las clases sociales y, por tanto, deben esforzarse por hacerlo.
Este artículo se publicó originalmente en Caixin Global.


