Sigue abierto el debate sobre la eficacia de la ayuda exterior para impulsar el desarrollo económico de África. Una cosa está clara: los resultados no son exactamente los que esperaban los socios de desarrollo de África, y las razones no son difíciles de encontrar. Dambisa Moyo, economista de proyección mundial y autora, sostiene en su libro Dead Aid que, si bien la ayuda exterior que atiende necesidades humanitarias causadas por sequías y conflictos es útil, la mayor parte de la ayuda destinada a los países africanos resulta más bien perjudicial. La OCDE ofrece estadísticas exhaustivas sobre los tipos y el volumen de la ayuda recibida por el continente hasta 2015. Moyo enumera entre los problemas agravados por la ayuda la corrupción, los conflictos civiles, la reducción de la clase media y la instauración de una cultura de dependencia. Todo ello se combina para hacer de África un destino poco atractivo para los inversores mundiales.
Se ha hecho evidente que la política es lo que impulsa las economías de las naciones. Acemoglu y Robinson sostienen en su influyente libro Por qué fracasan las naciones que la principal diferencia entre los países desarrollados y los países en desarrollo radica en su evolución política. Los países desarrollados tienen sistemas políticos y económicos inclusivos que ofrecen a la mayoría de las personas oportunidades para crear riqueza.
Sin embargo, la mayoría de las economías en desarrollo tienen sistemas políticos y económicos extractivos. Quienes pertenecen a la clase gobernante ejercen un férreo control del poder político y lo utilizan para canalizar los recursos económicos en beneficio propio y de sus allegados. Cuando la ayuda exterior se canaliza a través de sistemas extractivos de este tipo, casi nunca llega a las personas más vulnerables de la sociedad. Debemos replantearnos qué tipo de ayuda necesita África y qué plataformas pueden distribuirla u ofrecerla.
Además, la globalización es la realidad de nuestra época. La interdependencia económica, social, técnica, cultural y política entre las naciones es cada vez mayor. Las personas están hoy más conectadas que nunca. La disponibilidad de sistemas de comunicación en todo el mundo, gracias a los rápidos avances de la tecnología de las comunicaciones y de internet, ha propiciado un aumento del comercio internacional y del intercambio cultural. Sin embargo, la globalización no parece estar acelerando el desarrollo de África. El problema también tiene su raíz en la estructura política y la cultura de liderazgo predominantes en África.
El problema es el liderazgo
Hace algunos años, conversé con Donald Duke, exgobernador del estado de Cross River, en Nigeria. Elogié su visión y su plan para atraer a grandes cantidades de turistas de todo el mundo, lo que tendría un impacto positivo en la economía del estado y del país. Observé que muchos líderes de Nigeria no logran imaginar al país como una nación desarrollada, y mucho menos movilizar a la ciudadanía para hacer realidad esa visión. Me respondió con una analogía: dijo que Nigeria es como un avión pilotado por personas que nunca fueron a una escuela de aviación. Añadió que, cuando el avión se estrella, todo el mundo culpa al piloto. La pregunta, por tanto, es: ¿dónde están las «escuelas de vuelo» para líderes de África? ¿Cómo y dónde adquieren los africanos la sofisticación en las habilidades de liderazgo necesaria para guiar al continente hacia el desarrollo?

Formar líderes con un carácter y unas habilidades excepcionales es fundamental para el desarrollo de África. Los socios de desarrollo de África deberían reconocer que ya es demasiado tarde para enseñar a alguien que ocupa un alto cargo gubernamental a liderar durante conversaciones informales en eventos mundiales. También deberían tener presente que, para que el liderazgo funcione, debe haber una consonancia entre el sentido de identidad del líder y el de sus seguidores.
La incompetencia en el liderazgo de la mayoría de los países africanos no es solo un problema de quienes ocupan cargos gubernamentales; refleja la cultura de liderazgo. Durante décadas hemos tenido distintos líderes con los mismos resultados. La distancia de poder entre los líderes del Gobierno y la ciudadanía también se refleja en las organizaciones y las familias. En una estructura así, los líderes no sirven: reciben servicio, porque ocupar puestos de liderazgo los hace superiores y no rinden cuentas a las personas que dirigen. África necesita sistemas de desarrollo del liderazgo, y corresponde a los socios de desarrollo y a los líderes mundiales entender cómo influyen en ellos las diferencias culturales.
Se necesitan sistemas eficaces de desarrollo del liderazgo
Las oportunidades para desarrollar líderes nunca han sido tan amplias como en nuestro mundo, cada vez más complejo. Diagnosticar las necesidades de desarrollo del liderazgo, especialmente en África, exige evaluar toda la cultura de liderazgo. Por ejemplo, el proyecto GLOBE, concebido por Robert J. House, de la Escuela de Negocios Wharton, y realizado en organizaciones y entre mandos intermedios de todo el mundo, describe a los países del África subsahariana como muy orientados a la distancia de poder y al colectivismo intragrupal, pero poco orientados al rendimiento. En una cultura de liderazgo así, los líderes hacen lo que sea necesario para obtener resultados y suelen situarse a sí mismos y a sus allegados por encima de la ley. La mayoría de la ciudadanía tiene potencial de liderazgo, pero diversos factores frenan su desarrollo, como la mala gobernanza, la pobreza, la corrupción y los prejuicios religiosos. La mayoría de los jóvenes de África tienen muchas ganas de aprender y de hacer realidad su potencial. Buscan mentores respetados y recursos que les ayuden a afrontar los complejos desafíos de la vida. Sin embargo, escasean las instituciones y los planes de estudio que puedan ayudarles a cumplir esos deseos.
Una visión más amplia del desarrollo del liderazgo permite entender por qué algunas iniciativas tienen más éxito que otras a la hora de generar cambios en el comportamiento individual. Para que surtan efecto, las capacidades que se desarrollan en cada persona deben encajar con la cultura de liderazgo en la que esta se desenvuelve. Es posible que gran parte de los programas de desarrollo del liderazgo elaborados en países occidentales no respondan bien a las circunstancias de cada persona, especialmente las de los jóvenes de regiones en desarrollo del mundo, que cuentan con poca educación como base y se ven distraídos por la lucha por sobrevivir en medio de una pobreza generalizada.
Según los estudios de GLOBE, los líderes emergentes de algunos países en desarrollo se acercan con cautela a los extranjeros porque no están acostumbrados a estilos participativos de liderazgo y prefieren estilos enérgicos y firmes. El miedo está muy presente debido al conservadurismo cultural, y la mayoría de las personas no ha recibido formación para pensar de manera independiente y salir de sus «moldes» si los líderes no se lo indican. Han desarrollado un estado de indefensión aprendida, con la abrumadora sensación de que no pueden cambiar sus circunstancias. La cultura está marcada por la búsqueda de permiso. Por desgracia, a la clase gobernante no le interesa dar permiso a la mayoría de la población para incorporarse a sus filas. En una cultura así, la comunidad domina al individuo y las mujeres apenas tienen poder.
El cambio es posible
La numerosa población joven de África ofrece una gran oportunidad para influir en la aparición de una nueva generación de líderes. Sin embargo, la realidad es que la élite del continente tiende a apropiarse de los programas existentes de desarrollo del liderazgo mediante costosos programas de formación ejecutiva en escuelas de negocios, cuyas matrículas están fuera del alcance de la mayor parte de la población. Es necesario democratizar el proceso de desarrollo del liderazgo en el mundo en desarrollo. La rápida incorporación de la tecnología móvil podría ser una ventaja. Esto permitiría que el desarrollo formal e informal del liderazgo fuera un proceso inclusivo, capaz de llegar a todos los niveles de la sociedad.
África necesita agentes de cambio cultural que aprovechen tanto las plataformas empresariales como las organizaciones sin ánimo de lucro para ofrecer formación en liderazgo a una gran parte de la población. Esos agentes deben haber experimentado un cambio en su propia mentalidad. Los socios de desarrollo de todo el mundo que de verdad buscan transformar África deberían comprender que las estructuras de liderazgo extractivas de esa región no permitirán que los recursos intelectuales, materiales y financieros que distribuyen generen un cambio significativo y duradero en el continente. Deberían reducir el volumen de la ayuda financiera y colaborar con agentes de cambio cultural que estén democratizando el desarrollo de líderes en todos los niveles y fomentando la evolución de estructuras políticas y económicas inclusivas.


