El VIH ha infectado a más de setenta millones de personas , pero solo una ha sido curada: Timothy Ray Brown.
Brown, residente de Berlín (Alemania) y seropositivo, sufrió una recaída de leucemia en 2006. Para tratarla, se sometió a trasplantes especiales de médula ósea que también lo hicieron genéticamente resistente al VIH. Brown dejó de tomar medicamentos contra el VIH en 2007 y, varios años después, sigue sin tener el virus.
Brown es un caso históricamente único, pero en los últimos años tanto revistas científicas como la prensa generalista han publicado múltiples afirmaciones de curas del VIH.
En 2012, científicos franceses anunciaron una «cura funcional» del VIH cuando 14 pacientes tratados pocos meses después de la infección inicial por VIH se mantuvieron clínicamente estables tras suspender el tratamiento. Se habían notificado casos igualmente leves de enfermedad por VIH incluso en pacientes sin tratamiento y, a diferencia de Brown, los pacientes franceses aún tienen VIH detectable en el organismo. Así, los investigadores franceses equipararon una suerte clínica bastante común con una cura de importancia histórica y, en el proceso, no hicieron más que añadir confusión.
Ese mismo año, investigadores de Boston anunciaron que dos pacientes con cáncer y VIH se habían sometido a trasplantes estándar de médula ósea mientras recibían terapia contra el VIH y que, después, presentaban niveles inusualmente bajos del virus en la sangre. Científicos de primer nivel dijeron que era «concebible y quizá incluso probable» que el VIH hubiera desaparecido de los pacientes de Boston; se suspendieron los medicamentos contra el VIH, el virus reapareció y, varios meses después de comenzar, la celebración de Boston llegó a su fin.
En marzo de 2013, los médicos anunciaron que se consideraba curado a un bebé de Misisipi expuesto al VIH y tratado a las pocas horas de la exposición, ya que, tras suspender la terapia, ya no se detectaba el virus que antes se había detectado. Los científicos especularon que el VIH nunca había logrado establecerse en las vulnerables células inmunitarias. En julio de 2014 se informó de que el bebé de Misisipi había sufrido una recaída, probablemente porque el virus había estado escondido todo el tiempo en esas mismas células.
Haciéndose eco de la experiencia de Boston, este año se calificó a dos pacientes australianos de «libres del VIH» y de «liberados» del VIH después de detectar niveles muy bajos del virus en la sangre tras tratamientos con células madre. Ambos hombres siguen recibiendo terapia contra el VIH «como precaución», así que no hay pruebas concluyentes de nada más que una terapia muy eficaz y un intenso afán por atribuirle algo parecido a una cura.
Ninguno de estos pacientes, salvo Brown, se curó del VIH. Sin embargo, en cada caso se afirmó que había una cura o se utilizaron para describir la historia palabras tan parecidas a «cura» que un lector sin formación no habría podido distinguirlas.
¿Por qué?
En primer lugar, por desesperación. El VIH ha matado a más de 39 millones de personas hasta la fecha y cada año infecta a más de un millón más. No hay prioridad de salud pública más urgente que descubrir una cura para el VIH. Por eso, cuando surgen hallazgos nuevos y emocionantes sobre el VIH, los científicos y los periodistas pueden abandonar su cautela habitual y sucumbir a la tentación de usar términos como «cura» a la ligera.
Incluso los investigadores serenos saben muy bien que generar entusiasmo puede marcar la diferencia entre obtener financiación generosa o ver cerrar sus laboratorios. El afán de vender puede convertirse en exageración cuando empieza la rueda de prensa. También los periodistas y editores sienten la tentación de generar más clics y vender más periódicos presentando los resultados que informan sin las tediosas salvedades de los científicos.
Aparte de la desesperación y el afán de vender, incluso los científicos y periodistas más brillantes y cautelosos pueden dejarse engañar. Muchos creyeron sinceramente, por ejemplo, que el bebé de Misisipi estaba libre del VIH.
Sean cuales sean sus motivaciones, las insinuaciones prematuras de una cura pueden ser peligrosas.
La credibilidad de la investigación sobre el VIH se ve socavada cuando las retractaciones siguen a cada nuevo y emocionante anuncio de una cura (o a cualquier frase, como «liberado», que ese día haga sus veces). La confusión y el escepticismo que generan las retractaciones repetidas pueden reducir el entusiasmo de los participantes potenciales por inscribirse en estudios e incluso debilitar la financiación de la investigación.
Las insinuaciones de una cura también pueden conducir a la complacencia respecto al VIH. Reducir las conductas de riesgo frente al VIH siempre es difícil, y lo es aún más cuando la potencia de los tratamientos contra el VIH o la aparente inminencia de una cura hacen que la infección por VIH parezca, como me dijo un hombre recién diagnosticado, «no gran cosa». Los tratamientos modernos contra el VIH sí mantienen con vida durante décadas a millones de personas y estamos más cerca que nunca de una cura, pero, aun así, el VIH es sin duda un asunto muy serio.
Para preservar nuestra credibilidad científica y respaldar nuestros esfuerzos de prevención, deberíamos dejar la palabra «cura» en un estante y permitir que acumule un poco de polvo. Algún día, cuando por fin encontremos una cura —una cura real, auténtica, comprobada y verificada una y otra vez—, podremos desempolvar la palabra con «C» y hacerle saber a Timothy Ray Brown que, por fin, tendrá compañía en el club más selecto del mundo.
Hasta entonces, deberíamos recordar a Margaret Heckler. Como secretaria de Salud y Servicios Humanos, ayudó a anunciar el descubrimiento del virus del VIH por Robert Gallo en 1984. Es célebre que concluyera prediciendo que desarrollaríamos una vacuna contra el VIH en dos años. Treinta años después, nuestros pacientes aún no tienen una vacuna contra el VIH ni una cura. La próxima vez que se enciendan las luces y se activen los micrófonos, recordemos que la manera en que celebramos los avances hoy no puede hacer olvidar el trabajo inconcluso que retomaremos a primera hora mañana.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Timothy Lahey es médico especializado en VIH, investigador y especialista en ética clínica.
Imagen: Un voluntario con VIH/sida forma símbolos del sida con cintas rojas durante un programa de vacunación organizado por la organización no gubernamental «Sngobadho» (Juntos). REUTERS/Rupak De Chowdhuri.
