¿Por qué afecta la música a nuestro cerebro?

¿Por qué afecta la música a nuestro cerebro?
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Miles de millones de personas disfrutan de la música; muchas sienten que no pueden vivir sin ella.

¿Por qué?

Es una pregunta que ha desconcertado a científicos y filósofos durante siglos. Hace 2.400 años, Aristóteles se preguntó: «¿Por qué la música, siendo solo sonidos, nos recuerda los estados de nuestra alma?»

En el siglo XIX, Darwin intentó descifrar si nuestra capacidad para crear música había evolucionado por selección natural. De todas las facultades humanas, solo la música parecía escapar a la comprensión; desconcertado, llegó a la conclusión de que «la música es el mayor misterio».

Hace más de 200 años, Kant declaró que la música era inútil. Y, hacia finales del siglo XX, el célebre psicólogo Steven Pinker —también incapaz de comprender su propósito— llamó a la música «pastel de queso auditivo».

Hace unos años, la prestigiosa revista Nature publicó una serie de ensayos sobre la música. ¿Su conclusión? Que es imposible explicar qué es la música y por qué nos afecta tanto, y que ni siquiera está claro si la música puede cumplir «una función adaptativa evidente».

Sin embargo, mi reciente investigación sugiere lo contrario: la música es una adaptación evolutiva que nos ayuda a desenvolvernos en un mundo plagado de contradicciones.

El efecto paralizante de la disonancia cognitiva

El efecto de la música en nuestro cerebro está estrechamente relacionado con lo que se ha denominado «el mayor descubrimiento de la psicología social» del siglo XX: la disonancia cognitiva. La disonancia cognitiva es la idea de que las personas experimentan sentimientos desagradables cuando poseen conocimientos contradictorios o se enfrentan a información nueva que contradice sus creencias existentes.

Una forma de aliviar la disonancia es suprimir o rechazar esos conocimientos contradictorios.

La fábula de Esopo «La zorra y las uvas» ilustra esta respuesta humana tan común. En el relato, la zorra se angustia porque no puede alcanzar un racimo de uvas. Aún más desagradable es la disonancia que experimenta: las uvas son muy apetecibles y están muy cerca, pero son inalcanzables.

Como resultado, la zorra intenta aliviar la disonancia racionalizando: «¡Ah, todavía no están maduras! No necesito uvas agrias».

Durante el siglo XX, cientos de experimentos confirmaron esta respuesta psicológica tan común. Ante pensamientos disonantes, niños, adolescentes y adultos respondieron todos de la misma manera: si no puedo tenerlo, entonces no lo necesito.

Una manifestación de la disonancia cognitiva es el rechazo de nuevos conocimientos. Incluso algunos grandes descubrimientos científicos han tenido que esperar décadas para ser reconocidos y aceptados porque contradecían creencias existentes a las que la gente no quería renunciar. Por ejemplo, Einstein no recibió un Premio Nobel por su Teoría de la relatividad —hoy considerada uno de los mayores descubrimientos de la historia de la humanidad— porque contradecía nuestras creencias fundamentales sobre el espacio y el tiempo.

La música nos ayuda a lidiar con la disonancia

Así que, si la gente está dispuesta a engañarse a sí misma o a ignorar información nueva, ¿cómo ha evolucionado la cultura humana? Al fin y al cabo, la base de la cultura es la acumulación de nuevos conocimientos, muchos de los cuales contradicen los conocimientos existentes.

Pensemos en el lenguaje: cuando surgió en nuestra especie, cada palabra nueva era una pequeña porción de información que contradecía una idea o creencia existente. Debió de evolucionar un poderoso mecanismo de la mente para permitir que nuestros antepasados superaran esas disonancias desagradables que fragmentaban su mundo y conservaran conocimientos contradictorios: para que absorbieran palabras nuevas en vez de descartarlas de inmediato.

¿Es posible que esta capacidad fuera posibilitada por la música?
Mientras que el lenguaje divide el mundo en partes detalladas y diferenciadas, la música lo unifica en un todo. Nuestra psique necesita ambas cosas.

Varios experimentos han demostrado que la música puede ayudarnos a superar disonancias cognitivas y conservar conocimientos contradictorios.

Por ejemplo, en un experimento, una investigadora entregó a un grupo de niños de cuatro años cinco juguetes populares de Pokémon. Jugando con cada niño por separado, les pidió que ordenaran, uno por uno, los cinco juguetes según sus preferencias. Luego les dijo que tenía que ausentarse unos minutos y les pidió que no jugaran con el juguete que habían clasificado en segundo lugar. Al regresar, reanudó el juego y observó que el juguete que antes ocupaba el segundo lugar era ignorado por completo. Al enfrentarse a información contradictoria («Me gusta este juguete, pero no debería jugar con él»), cada niño aparentemente rechazó su preferencia inicial por él.

Pero cuando la investigadora puso música al salir, el juguete conservó su valor original. Los niños no descartaron sin más el juguete ante la información contradictoria.

En otro experimento, dimos a un grupo de estudiantes de quince años un examen típico de opción múltiple y les pedimos que anotaran la dificultad de cada pregunta, junto con el tiempo que tardaban en responderla.

Resultó que las preguntas más difíciles se respondían más rápido (y las calificaciones se resentían), porque los estudiantes no querían prolongar la desagradable disonancia de tener que elegir entre opciones difíciles. Sin embargo, cuando sonaba música de Mozart de fondo, dedicaban más tiempo a las preguntas difíciles. Sus resultados mejoraron.

Las grandes decisiones de la vida se toman con más información

Más allá de los exámenes de opción múltiple, nos enfrentamos constantemente a decisiones en nuestra vida cotidiana, desde las más triviales (qué comprar para almorzar) hasta las más importantes (si aceptar o no una oferta de trabajo). A menudo usamos tanto la intuición como el pragmatismo para evaluar situaciones complejas, pero también incorporamos las emociones.

Y luego están las decisiones relacionadas con dos temas universales de nuestra existencia —el amor y la muerte—, que están inherentemente cargados de contradicciones.

En el amor, nos gustaría confiar plenamente. Pero sabemos que confiar plenamente es peligroso: pueden traicionarnos y decepcionarnos. En cuanto a la muerte, una de las contradicciones más difíciles de todas es nuestro anhelo de creer en la eternidad espiritual y saber que nuestro tiempo en la Tierra es finito.

¿Es una coincidencia, entonces, que haya tantas canciones sobre el amor y la traición? ¿O que nos atraigan las canciones tristes en momentos de duelo?

La idea es que la música —capaz de transmitir una variedad de emociones matizadas— nos ayuda a reconciliar nuestras propias emociones en conflicto al tomar decisiones. Y cuanto más diversas y diferenciadas sean las emociones que experimentamos, más sólidas serán nuestras decisiones. Ya sea que decidamos jugar con un juguete o proponerle matrimonio a nuestro novio o novia, nuestra investigación demuestra que la música puede mejorar nuestras capacidades cognitivas.

Así pues, como lidiamos constantemente con disonancias cognitivas, creamos música, en parte, para ayudarnos a tolerarlas y superarlas.

Y este es el propósito universal de la música.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lee el artículo original.

La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Leonid Perlovsky es investigador visitante en la Facultad de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de Harvard.

Imagen: Un niño escucha música mientras camina por un barrio marginal en las afueras de Islamabad. REUTERS/Zohra Bensemra

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