¿Por qué no pueden acompañarte tus datos médicos cuando viajas?

¿Por qué no pueden acompañarte tus datos médicos cuando viajas?
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Todos lo hemos hecho. Metes la ropa en una bolsa y te diriges al aeropuerto. Dieciséis horas después, estás en un país donde las costumbres, la forma de vestir, el idioma y la comida son muy distintos a los de casa. Al salir del aeropuerto, te detienes en un cajero automático y, en cuestión de segundos, tienes suficiente moneda local para un taxi y algunas comidas. Lo único que necesitabas era una tarjeta de cajero y algo de dinero en el banco.

De hecho, tu viaje va muy bien hasta que resbalas con el hielo y caes por un tramo de escaleras. Mientras das tumbos hasta el fondo y ves que el fémur atraviesa la piel, te preguntas si seguirás consciente para contarle al hospital tu alergia a los anestésicos locales y tu cardiopatía, que te ha dejado con un ritmo cardíaco anormal.

Cuando despiertas de la cirugía para reparar tu pierna, te cuentan que el anestesiólogo se puso en contacto con tu oficina, que tu oficina contactó con tu cónyuge, que tu cónyuge contactó con tu médico y que este facilitó al anestesiólogo la información que necesitaba. Tuviste mucha suerte de que se pudiera localizar a todas las personas necesarias y de que la atención médica no empeorara tu estado.

¿Por qué no pueden parecerse nuestros datos médicos a nuestros cajeros automáticos? ¿No deberías poder consultar tus historiales médicos en cualquier lugar del mundo? Hay varias razones por las que esto no ocurre. En primer lugar, la medicina es más difícil que la banca. Todo lo que necesita saber un cajero automático es el banco (un número), mi cuenta (otro número), mi saldo (otro número) y qué privilegios de retirada tengo (algo que puede codificarse fácilmente en un número). En cambio, un historial médico contiene muchos tipos distintos de campos de datos con texto, más difícil de normalizar y comunicar, desde los antecedentes familiares hasta la interpretación de radiografías o los informes de anatomía patológica.

En segundo lugar, aunque existen códigos de diagnóstico ampliamente aceptados (abreviaturas consolidadas para afecciones comunes), la forma en que los médicos eligen usar uno u otro código no está codificada en sí misma. Dado que hay muchas maneras de describir el mismo diagnóstico, existe un amplio margen para la confusión.

No obstante, la información médica se intercambia con facilidad dentro de muchos países, donde existen normas establecidas que garantizan que todos los sistemas de registro utilicen el mismo método para codificar los resultados de laboratorio, los diagnósticos y los tratamientos. Por desgracia, las normas de un país no son universales, y sin normas universales es muy improbable que se pueda consultar el historial médico de una persona en Mali, Singapur, el Tíbet, Rumanía o Estados Unidos.

Algunas organizaciones, como CDISC, se dedican a establecer normas internacionales de intercambio de datos médicos. CDISC lleva más de una década trabajando en este problema y avanza de forma real, aunque lenta. Es fácil entender por qué el cambio tarda tanto si se tiene en cuenta que solo en Estados Unidos no logramos ponernos de acuerdo en un único identificador de paciente para todo el país. A esto se suma que los registros pueden existir en muchos idiomas distintos y que la traducción de un idioma a otro nunca es sencilla. Un error de traducción al pedir la cena es una cosa; si se trata de un medicamento que salva vidas, es otra muy distinta.

Además, existe el problema de que muchos lugares ya cuentan con sistemas establecidos que les funcionan. Cualquiera que haya intentado actualizar las aplicaciones de su teléfono inteligente sabe que hacer lo que parece un cambio sencillo está plagado de errores. ¿Por qué iba a querer un país con un sistema que funciona bien cambiar su forma de trabajar para ayudar a otros?

La respuesta es que el mundo se hace cada vez más pequeño y todos necesitamos poder trabajar unos con otros. Estos problemas tienen solución. De hecho, existen diccionarios médicos estándar en muchos idiomas, y las organizaciones de normalización trabajan para que los reguladores y las empresas que fabrican tecnología de registro médico adopten una codificación coherente para los distintos campos que deben completarse.

Hemos normalizado con éxito las zonas horarias, el control del tráfico aéreo y las plataformas electrónicas de música y vídeo. Se puede hacer lo mismo en medicina, pero requiere voluntad y dinero. Si no lo hacemos, reviviremos la historia de la Torre de Babel, condenados a sufrir malentendidos mutuos. La idea de poder consultar tus historiales médicos en cualquier lugar del mundo con la misma facilidad con que puedes sacar dinero en efectivo no debería seguir siendo un sueño lejano.

Autor: Jeff Drazen es redactor jefe de The New England Journal of Medicine y miembro del Global Agenda Council on Personalized and Precision Medicine. El Summit on the Global Agenda se celebrará en Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos, del 18 al 20 de noviembre.

Imagen: Huellas en una playa de Sídney. REUTERS/Tim Wimborne.

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