Este artículo se publica en colaboración con The Conversation.
¿Por qué invertir en la compra, el alojamiento y el mantenimiento de un conjunto de ordenadores cuando se puede externalizar toda esa preocupación a otra entidad? Este ha sido el eslogan publicitario más utilizado de la computación en la nube. Y funciona. Es mucho más fácil delegar el problema de los datos y concentrar los recursos (sobre todo si son limitados) en las operaciones principales.
Durante su asombroso crecimiento a mediados de la última década, empresas tecnológicas como Amazon y Google construyeron enormes infraestructuras para atender sus necesidades en constante aumento. Se estima que Amazon, por ejemplo, cuenta con más de 2 millones de servidores en todo el mundo, mientras que a Google se le estima una capacidad de almacenamiento de datos de 10 exabytes. Eso equivale a 10 millones de terabytes, o 10 000 millones de gigabytes.
Con el tiempo, aprendieron a gestionar todos sus activos de software y hardware en estas infraestructuras sin aumentar significativamente los costes. También se dieron cuenta de que estas infraestructuras podían alquilarse a empresas externas para que las utilizaran cuando lo deseen. Esto reduce considerablemente la inversión de capital que estas empresas necesitan para construir sus propias instalaciones de servidores y también les permite ampliarlas o reducirlas según lo exijan sus necesidades.
Así nació la computación en la nube, denominada así porque los especialistas en informática suelen usar un dibujo de una nube en los diagramas esquemáticos para referirse a las partes del sistema que son opacas. Pero, aunque sabemos que funciona – se prevé que el mercado mundial de la computación en la nube alcance los 127 000 millones de dólares en los próximos dos años –, no estamos tan seguros de cómo funciona exactamente.
Datos en el viento
Por ejemplo, sabemos que los proveedores de la nube suelen almacenar sus datos en distintas ubicaciones para garantizar la fiabilidad, pero no sabemos exactamente dónde ni cuántas copias conservan. De hecho, identificar la ubicación exacta de todos sus datos en la nube es una hazaña casi imposible. Solo unos pocos proveedores permiten a los usuarios elegir en qué países se almacenan sus datos, aunque más proveedores están atendiendo poco a poco estas necesidades. Sí sabemos que la mayor densidad de servidores en la nube se encuentra en Estados Unidos e Irlanda.
Esto significa que está sujeto a diversas leyes nacionales e internacionales que cambian constantemente. Los datos conservados en la UE, por ejemplo, están sujetos a la Directiva de Protección de Datos de la UE, a la que deben ajustarse las empresas que transfieren datos dentro y fuera de la UE. Hasta hace poco, el acuerdo «puerto seguro» entre la UE y EE. UU. facilitaba esta cuestión, pero las revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia estadounidense llevaron a que fuera invalidado por el Tribunal de Justicia Europeo.
La cuestión de quién es realmente propietario de los datos también es bastante compleja. La respuesta breve es que usted es propietario de los datos que genera, pero el proveedor del servicio en la nube tiene el control último sobre ellos.
Esto se refleja en las condiciones de servicio de muchos proveedores, que establecen que pueden conservar los datos para cumplir con la normativa legal. También pueden transferir los datos a organismos gubernamentales si se les solicita (por ejemplo, DropBox). Por el lado positivo, los proveedores son responsables de proteger los datos que custodian en su nombre frente a un uso indebido, especialmente cuando se trata de información de tarjetas de crédito – aunque se han producido numerosas filtraciones masivas de datos.
¿De quién son los datos, en cualquier caso?
Además, muchos proveedores de servicios, como Facebook y DropBox, afirman que puede haber un retraso antes de que sus datos se eliminen tras su solicitud, pero no especifican cuánto tiempo podría durar dicho retraso. Es probable que gran parte de esto cambie, no obstante. La Comisión Europea está actualizando su normativa para ofrecer un control más transparente de los datos personales en la nube.
Ampliar el modelo de la nube más allá de los grandes centros de datos e integrarlo en la estructura de los edificios residenciales y empresariales puede brindar grandes oportunidades. Algunos se refieren a ello como computación en niebla. Las micronubes con funcionamiento a batería también actuarían como centros importantes para publicar y retransmitir información dentro y entre comunidades que han quedado aisladas a causa de desastres naturales (por ejemplo, inundaciones y terremotos) y de crisis de seguridad (atentados terroristas y disturbios). Pero hasta dónde crecerá la nube y cómo nos moveremos todos por ella sigue siendo un asunto poco claro.
La publicación no implica el respaldo de las opiniones expresadas por el Foro Económico Mundial.
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Autor: Yehia Elkhatib es profesor titular de Computación Distribuida en la Universidad de Lancaster.
Imagen: Una mano aparece recortada frente a la pantalla de un ordenador en esta ilustración. REUTERS/Pawel Kopczynski.

