Poder demostrar y verificar la identidad es una necesidad desde el principio hasta el final de la vida. El nacimiento se inscribe en el registro civil y es probable que se necesite el certificado para obtener un pasaporte, casarse o abrir una cuenta bancaria.

Y, sin embargo, aproximadamente 1.000 millones de personas en el mundo no tienen forma de demostrar formalmente su identidad. Se encuentran entre quienes se han quedado atrás y no pueden acceder a muchas cosas que en otros lugares se dan por sentadas: oportunidades económicas, educación, derechos de atención médica y mucho más. Todo ello por estar fuera de los canales formales de verificación de identidad.

A medida que aumenta la variedad de servicios que migran al ámbito digital, contar con una identidad digital sólida cobra cada vez más importancia.
La identidad digital utiliza tecnología para verificar la identidad: alrededor de 3.200 millones de personas en todo el mundo tienen una, según un nuevo informe del McKinsey Global Institute, que ha analizado el uso de la identidad digital en Brasil, China, Etiopía, India, Nigeria, el Reino Unido y Estados Unidos.

Una identidad digital puede agilizar las transacciones entre los gobiernos y la ciudadanía, y reducir drásticamente muchos de los largos procesos que conllevan negociaciones complejas, como comprar o vender una casa.
Para algunas empresas que operan en mercados regulados, también puede ayudar a simplificar el proceso de recopilación de todos los datos necesarios para una auditoría o para cumplir los requisitos de «conozca a su cliente». La identidad digital puede proporcionar de inmediato todas las comprobaciones y garantías necesarias, y también ofrecer a los clientes un registro de actividad.

Gracias a transacciones más sencillas, rápidas y precisas, McKinsey considera que la identidad digital puede generar valor económico. El análisis sugiere que las identidades digitales podrían liberar un valor equivalente a entre el 3 y el 13 % del PIB para 2030.
Los beneficios procederán de formalizar los flujos económicos, fomentar una mayor inclusión de las personas en distintos servicios y permitir la digitalización gradual de interacciones delicadas que requieren altos niveles de confianza.

McKinsey define un buen programa de identidad digital como uno que es:
Único
Verificado y autenticado con un alto grado de fiabilidad
Establecido con el consentimiento de cada persona
Protege la privacidad de los usuarios
Permite garantizar el control sobre los datos personales.
Sin embargo, existen algunas preocupaciones sobre la seguridad de las estrategias de identidad digital y la posibilidad de que se abuse de ellas o se haga un uso indebido.
Pero McKinsey afirma que un programa de identidad digital bien diseñado puede disipar muchas de las preocupaciones más comunes. Minimizar los datos recopilados, restringir el acceso y el intercambio de información, así como contar con una gobernanza sólida, son medidas importantes para ayudar a protegerse frente a posibles riesgos.
