Las fronteras nacionales no se detienen en el mundo físico: también están en el ciberespacio

Macedonian policemen hold shields as they stand on the borderline during clashes as hundreds of stranded migrants tried to cross the Greek-Macedonian border near the Greek village of Idomeni November 26, 2015. A few migrants ran across into Macedonia but were quickly detained by police. Police in riot gear guarded some 30-40 meters of the fence which was torn down, and a Reuters photographer saw riot police armed with assault rifles. REUTERS/Yannis Behrakis - GF20000075156
Governments have never fully loosened their grip on the flow of data.Image: REUTERS/Yannis Behrakis - GF20000075156
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Para consternación de los globalistas, en los últimos años se han fortalecido las fronteras nacionales. La soberanía estatal sigue imponiéndose con cada vehículo devuelto y cada visado revocado.

Pero, por si pensabas que las divisiones eran solo físicas, las fronteras virtuales también han ido dividiendo sutilmente el mundo. Llegas al país A con la esperanza de disfrutar de una escapada romántica, pero descubres que la aplicación de citas que acababas de usar en el aeropuerto ahora ya no funciona en tu teléfono. No pasa nada. Pero, minutos antes de tu importante reunión de negocios en el país C, entras en pánico cuando la unidad en la nube donde habías guardado todos tus archivos en el país B no se abre por alguna razón en tu portátil. Esto sí que es un problema.

El poder del Estado para perturbar y excluir va mucho más allá del flujo de personas, bienes y dinero. Al erigir fronteras virtuales, los Estados ejercen un tipo de poder aún más formidable al controlar el flujo de información en internet. A diferencia de las fronteras físicas, las virtuales están en todas partes y en ninguna, y quizá nunca se sepa con certeza si existen.

En todas partes, porque la información

Claro que no «ves» realmente el control de internet, porque no implica alambre de púas ni armas semiautomáticas. Son solo unos cuantos bytes insignificantes, estériles e inofensivos. ¿O no? Veamos qué se ve afectado cuando se imponen restricciones en internet, para entender hasta qué punto pueden ser extensas y complejas.

En primer lugar, están las ideas. La razón más evidente para que los gobiernos censuren internet es limitar la difusión de ideas consideradas inaceptables o incitadoras. Tras observar cómo una simple plataforma de redes sociales contribuyó a desencadenar una revolución en 2010, los gobiernos de todo el mundo tienen motivos para preocuparse: el informe Freedom on the Net de 2018 registra un descenso mundial de la libertad en internet como resultado de una mayor injerencia de los gobiernos, especialmente en lo que respecta a las elecciones.

Image: Freedom on the Net

Pero a los gobiernos no solo les inquietan los golpes de Estado sangrientos. Saben perfectamente que el flujo de información abarca mucho más que las ideas. Desde hace tiempo se habla de que la información es un factor de producción, pero aquí el verdadero foco está en los datos , el «nuevo petróleo» de la economía digital. Para las empresas tecnológicas que dependen del entrenamiento de algoritmos para mejorar sus productos y servicios, los datos son tan valiosos como cualquier forma de capital, o incluso más.

Y aquí está el aspecto menos evidente de la censura. La politóloga Molly Roberts señala que los regímenes de censura, como el «gran cortafuegos» de China, imponen, en esencia, un impuesto a los usuarios de internet al aumentar el costo de acceder a la información. Pero si la censura es un impuesto para los ciudadanos del país, bien puede ser un arancel en el comercio internacional.

Esto es precisamente hacia donde se encaminan las cosas. Desde 2016, los representantes comerciales de Estados Unidos han alegado en sus informes National Trade Estimate que la política de internet de China constituye una barrera comercial. Afirman que el filtrado y el bloqueo de sitios web han afectado a «miles de millones de dólares en actividad comercial, incluidos sitios de comunicaciones, redes, noticias y otros». Estados Unidos también ha planteado esta preocupación ante la Organización Mundial del Comercio. Si se llevara adelante, una queja de este tipo abriría un nuevo capítulo en el comercio mundial al reconocer formalmente el impacto de las medidas virtuales en el comercio de bienes y servicios tanto virtuales como reales.

En resumidas cuentas, en la medida en que los datos constituyen una forma de capital en la economía digital, el control de internet es una forma de control del capital. Además, el control de internet actúa como una barrera de doble sentido: impide al mismo tiempo la entrada de productos y servicios digitales extranjeros y la salida de datos de usuarios nacionales. La información puede significar muchas cosas a la vez. Por eso, controlar su flujo puede tener muchos efectos distintos, también al mismo tiempo. Así como alguien podría ir a la cárcel por ayudar a otras personas a cruzar fronteras físicas, ahora también puede ir a la cárcel por ayudarlas a cruzar las virtuales.

Un agente de policía egipcio pasa junto a un mural que representa a un joven activista asesinado durante el levantamiento de El Cairo de 2011, organizado a través de las redes sociales. Image: Reuters/Amr Abdallah Dalsh

En ninguna parte, porque hay algoritmos

Aunque el control de internet es generalizado, quizá nunca se advierta su existencia, incluso mientras se está sometido a él. En el verano de 2018, el medio de noticias independiente The Intercept dio a conocer que en Google se había debatido la posibilidad de lanzar en China una versión censurada de su motor de búsqueda. La versión «identificaría y filtraría automáticamente los sitios web» bloqueados por China, y cualquier material de ese tipo desaparecería de la primera página de resultados. Que esta versión censurada llegue o no a existir importa menos que la posibilidad real de que los gobiernos ya estén delimitando discretamente la información que obtenemos a través de proveedores supuestamente «privados».

Como sucede con cualquier derecho humano, el grado en que un ciudadano puede ejercer el llamado «derecho a conectarse» depende del equilibrio de poder entre el Estado, las empresas y las personas. No podemos resolverlo simplemente con las puntocom: los Estados nunca han soltado las riendas. Antes del reciente episodio de Google, según se informó, Facebook estaba desarrollando una herramienta de software para suprimir ciertos contenidos, en un intento por volver a China después de ser expulsada en 2009 cuando activistas la usaron para organizar los disturbios de Ürümqi. Más inquietante que lo que se estaba negociando es la opacidad de estos acuerdos, que se negocian exclusivamente entre el Estado y las empresas, excluyendo a la ciudadanía.

Si esto se convierte en la norma para la gobernanza del ciberespacio, estaremos hablando de un dominio virtual cuyas fronteras se trazan de manera aún más autoritaria que las del territorio físico. Los sistemas de caja negra algorítmica, impenetrables al escrutinio, ofrecen a los gobiernos el canal indirecto perfecto para hacer que las fronteras virtuales parezcan invisibles. ¿Resultados de búsqueda distintos en Pekín y Boston? Un simple toque de nuestra fórmula secreta de optimización para mejorar la experiencia del usuario. Si se permite que avance esta balcanización digital, no tardaremos en dejar de ser conscientes de los compartimentos de información en los que vivimos.

Image: Freedom on the Net

¿Hay alguna salida? No es fácil. El Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea, que países como China ya han empezado a emular, no llega a abordar la transparencia algorítmica de manera directa y enérgica, como a menudo hace falta. Es urgente avanzar un paso más en esa dirección, pero, visto el grado de resistencia que ya ha suscitado el RGPD, cabe esperar una ardua batalla cuesta arriba, quizá digna de Sísifo.

404: página no encontrada: las fronteras virtuales como control arquitectónico

Hay que añadir una última cosa sobre las restricciones de internet: muchos saben que son una forma de control legal mediante el castigo. Hay mucha menos conciencia de que también son una forma de control arquitectónico mediante las molestias. Los arrestos de alto perfil hacen que la primera forma sea fácil de detectar, pero la segunda suele pasar desapercibida.

En su análisis incisivo sobre la regulación del ciberespacio, el teórico del derecho Lawrence Lessig expone cuatro medios por los que el Estado regula: normas jurídicas, normas sociales, precios y arquitectura. Mientras que la ley regula mediante el «castigo que amenaza con imponer», la arquitectura lo hace mediante la «carga física que impone». Según Lessig, lo que hace que la arquitectura sea especialmente peligrosa es su capacidad para disfrazar una regulación deliberada de consecuencia no intencionada. En Estados Unidos, por ejemplo, una vez que las disposiciones de segregación racial fueron declaradas inconstitucionales, en su lugar aparecieron numerosas «pequeñas molestias arquitectónicas y urbanísticas»: desde autopistas sin pasos fáciles de cruzar hasta vías ferroviarias diseñadas para dividir.

La misma lógica opera en el ciberespacio. Los actos de represión descarados que acaparan titulares son solo la punta del iceberg, mientras que la mayor parte del control sigue operando bajo la superficie. La censura de internet basada en el «miedo», señala Roberts, constituye solo una parte pequeña y a menudo ineficaz. De hecho, buena parte del control se ejerce mediante la «fricción»: la mayor dificultad para acceder a la información, por ejemplo, un tiempo de conexión ligeramente más largo, que puede «explicarse» fácilmente como un fallo técnico o un defecto arquitectónico fortuito.

Image: New America

Así que aquí estás, abriendo una página web y notando que tarda más en cargarse de lo habitual. Sospechas que algo va mal, pero no puedes estar seguro: ¿algún término delicado que buscaste antes te ha puesto bajo vigilancia? ¿Es uno de los pocos sitios web bloqueados en determinados momentos? ¿Un cambio en el ancho de banda de tu proveedor de servicios de internet? ¿O simplemente el fastidio cotidiano de contar con una infraestructura de internet bastante deficiente? Mientras te mareas con tantas posibilidades, empiezas a pensar que quizá la página de cotilleos de famosos no merece la pena y que deberías ponerte a trabajar; salvo que GitHub también tarda una eternidad en cargar.

404: página no encontrada. De acuerdo. Decides servirte un whisky escocés y dar por terminado el día. Ves las noticias sobre refugiados que mueren en el mar y familias separadas. Te avergüenza que el mayor problema de tu vida en este momento sea un mensaje de error. En efecto, vives en un mundo distinto: un mundo donde las fronteras son visibles y silenciosas, donde el poder se impone mediante retrocesos y barras diagonales, y donde la exclusión no suena a «Sal de mi país», sino más bien a «Se ha restablecido la conexión». Y ahora todos vivimos en ese mundo distinto.

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