Tanto si se trata de la primera Revolución Industrial como de la cuarta —la transformación del siglo XXI impulsada por la tecnología—, la automatización siempre se ha visto con temor.
Se da por sentado que las máquinas quitan el trabajo a las personas, lo que provoca desempleo y desigualdad económica. Para los trabajadores del siglo XIX, la amenaza provenía de la hiladora Jenny y la máquina de vapor. Hoy, preocupa que la inteligencia artificial y los robots dejen obsoletos a los trabajadores.
Incluso hay un corpus de investigaciones científicas que sugiere que ese pesimismo tecnológico podría estar justificado: que los ordenadores pondrán en riesgo una gran proporción de las ocupaciones, especialmente las de salarios medios, y que, en consecuencia, polarizarán el empleo entre trabajos de baja remuneración y otros muy bien pagados.
James Bessen, economista de la Universidad de Boston, ha puesto a prueba estas afirmaciones estudiando las relaciones entre la tecnología y las ocupaciones. Llega a dos conclusiones sorprendentes.
La primera es que las ocupaciones que utilizan ordenadores crecen más rápido, no más despacio, y no hay indicios de que la tecnología provoque desempleo a gran escala ni polarización.
La segunda conclusión es que, en lugar de pérdidas de empleo, surge la necesidad de nuevas competencias: «Las nuevas tecnologías pueden aumentar la demanda de una ocupación y compensar las supuestas pérdidas de empleo».

Ascender en la cadena de valor
En su artículo, «Cómo afecta la automatización informática a las ocupaciones», Bessen señala que, pese a la automatización, la fuerza laboral del sector manufacturero pasó de menos del 12 % en 1820 al 26 % en 1920. Del mismo modo, el número de cajeros ha aumentado desde la introducción de los lectores de códigos de barras en la década de 1980. Aunque las ventas por Internet representan ahora más del 7 % de la facturación minorista, el número de personas con empleos en ventas ha crecido desde 2000.
Su propia investigación concluye que, en general, el impacto neto de los ordenadores en el número de empleos disponibles es insignificante.
El empleo crece más rápido en los trabajos donde se usan más ordenadores, pero esta tendencia se ve compensada por el hecho de que los puestos basados en ordenadores sustituyen a otras ocupaciones. Los ordenadores aumentan el número de puestos bien remunerados que requieren trabajadores con más formación, en detrimento de los empleos peor pagados. En pocas palabras, los empleos no desaparecen: simplemente ascienden en la escala de competencias y salarios.
Para ascender, los trabajadores deben adquirir las competencias necesarias. Si hacerlo resulta costoso o difícil, solo una pequeña proporción podrá dar el salto, lo que contribuye a las desigualdades salariales. Bessen también observa que el uso de ordenadores está asociado a un aumento de la proporción de la fuerza laboral con cuatro o más años de estudios universitarios, incluso en ocupaciones que no exigen un título universitario. Esto podría indicar que las empresas contratan a personas con competencias más avanzadas en lugar de formarlas.

Las máquinas aún no se han hecho con el control…
A pesar de su mensaje optimista sobre cómo la automatización impulsa el empleo y eleva los puestos en la cadena de valor, Bessen no garantiza que la situación vaya a mantenerse.
«Si la historia sirve de guía, los ordenadores podrían acabar reduciendo el número de empleos a medida que se aprovechen más aplicaciones informáticas marginales que no generen tanto crecimiento del empleo», concluye. Un ejemplo: la automatización del tejido textil en el siglo XIX propició un aumento del empleo mientras la demanda de telas era muy alta. Sin embargo, cuando el mercado se fue saturando y se introdujeron nuevas mejoras técnicas, el empleo se estancó y luego disminuyó.
La esperanza es que, para cuando percibamos una tendencia similar, otros avances tecnológicos y económicos más amplios hayan creado nuevas oportunidades de empleo en otros ámbitos.
