La expansión innecesaria de las tierras agrícolas se ha convertido en una de las mayores amenazas para la salud ecológica del planeta. Para proteger los hábitats de la fauna silvestre, los países en desarrollo deben aumentar la productividad de las tierras que ya cultivan fomentando prácticas agrícolas más sostenibles.
El 3 de abril, el Reino Unido anunció la prohibición de la venta de marfil, considerada «una de las más estrictas del mundo». Al restringir el comercio de marfil, el Reino Unido se sumó a otros países —entre ellos China y Estados Unidos— que recurren a medidas disuasorias de mercado para desalentar la caza furtiva y proteger de la extinción a una especie amenazada. Como señaló el secretario de Medio Ambiente británico, Michael Gove, en el anuncio, el objetivo es «proteger a los elefantes para las generaciones futuras».
Sin duda, son gestos encomiables al servicio de un objetivo noble. Pero poner fin a la venta de marfil por sí solo no revertirá el declive de las poblaciones de elefantes. De hecho, la mayor amenaza para estas y muchas otras especies es una actividad humana mucho más corriente: la agricultura.
En todo el mundo en desarrollo, los agricultores amplían las zonas de cultivo en su incesante búsqueda de suelos fértiles. En el proceso, se destruyen hábitats esenciales para la fauna silvestre a un ritmo alarmante. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), si se mantienen las tendencias actuales, para 2050 las tierras cultivables del mundo aumentarán en unos 70 millones de hectáreas, y gran parte de las nuevas tierras agrícolas ocupará zonas que actualmente están cubiertas de bosques. El riesgo es mayor en América del Sur y el África subsahariana, donde el crecimiento demográfico y la demanda de alimentos afectarán especialmente a los bosques tropicales.
La pobreza está en el origen de esta crisis ecológica, pero las malas prácticas agrícolas perpetúan el ciclo de hambre y pérdida de hábitats. En África, por ejemplo, los rendimientos de los cultivos siguen siendo bajos —a menudo apenas el 20 % del promedio mundial— debido a la baja calidad de las semillas, la falta de fertilizantes y la escasez de riego. A medida que se deteriora la salud del suelo y disminuye la producción, muchos agricultores no ven otra opción que buscar nuevas tierras para cultivar.1
Afortunadamente, hay una manera de poner fin a este círculo vicioso. Las investigaciones muestran que las mejores prácticas agrícolas y la tecnología pueden aumentar la productividad agrícola, reducir la pérdida de hábitats y proteger la fauna silvestre. Este enfoque, conocido como «intensificación sostenible», busca aumentar la producción de las tierras agrícolas existentes mediante técnicas como la gestión integrada de cultivos y el control avanzado de plagas. Si se aplica ampliamente, la intensificación sostenible incluso podría reducir la superficie total de tierras actualmente cultivadas.
No es un objetivo imposible. En los últimos 25 años, agricultores de más de 20 países de todo el mundo mejoraron la seguridad alimentaria y, al mismo tiempo, mantuvieron o aumentaron la cubierta forestal. Según un estudio, entre 1965 y 2004, los agricultores de países en desarrollo que sembraron semillas de alta calidad pudieron reducir las tierras agrícolas en casi 30 millones de hectáreas, una superficie aproximadamente equivalente a la de Italia. Estos avances podrían ampliarse aún más si los pequeños agricultores tuvieran acceso a equipos modernos, mejores métodos de recopilación y análisis de datos y más financiación.
Los críticos sostienen que aumentar la productividad de las pequeñas explotaciones agrícolas podría tener efectos contraproducentes, especialmente si alentara a los agricultores pobres a ampliar sus tierras con la esperanza de aumentar sus ganancias. Para evitar este resultado, las estrategias de intensificación deben ir acompañadas de una planificación sólida de la conservación.
Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede pedir sin más a los agricultores de los países en desarrollo que dejen de utilizar los recursos no agrícolas que hay junto a sus campos. Muchas personas de comunidades pobres dependen de los productos forestales para obtener combustible y materiales de construcción, y probablemente fracasarán las políticas gubernamentales que prohíban el uso de estos recursos sin ofrecer alternativas adecuadas. El enfoque ideal de conservación en los países en desarrollo vincularía, más bien, el apoyo agrícola y económico a límites estrictos a la expansión de las tierras agrícolas.
Hoy estamos muy lejos de esa situación. En todo el mundo se invierten anualmente miles de millones de dólares para hacer frente a la degradación ambiental y la pobreza; muchos de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU están relacionados de algún modo con estas dos preocupaciones. Sin embargo, la mayoría de los programas concebidos para abordar estos problemas funcionan de forma aislada. Esto es un error: las soluciones a la inseguridad alimentaria y a la pérdida de hábitats deben integrarse mejor para poder resolver cualquiera de estos desafíos.
Nadie duda de que políticas bien intencionadas, como las prohibiciones del marfil, pueden reducir el impacto ecológico de la actividad humana. Pero, por ahora, la agricultura —la actividad que más contribuye a perjudicar la salud de muchas especies— no recibe la atención política que merece. Hasta que eso cambie, es muy probable que las estrategias gubernamentales para proteger la fauna silvestre «para las generaciones futuras» se queden cortas.

