Internet pone el mundo al alcance de nuestras manos, pero resulta que obtener información en línea también tiene un efecto sorprendente en nuestro cerebro: sentimos que sabemos mucho más de lo que realmente sabemos, según un estudio dirigido por Yale y publicado el 30 de marzo en el Journal of Experimental Psychology.
En nueve experimentos distintos con más de 1.000 participantes, psicólogos de Yale descubrieron que, si los sujetos recibían información mediante búsquedas en Internet, valoraban sus conocimientos como mucho mayores que quienes obtenían la información por otros métodos.
«Este fue un efecto muy sólido, que se reprodujo una y otra vez», afirmó Matthew Fisher, estudiante de doctorado de cuarto año y autor principal del estudio. «Las personas que buscan información tienden a confundir el conocimiento al que pueden acceder con sus propios conocimientos personales».
Por ejemplo, en un experimento, las personas buscaron en línea un sitio web que respondiera a la pregunta: «¿Cómo funciona una cremallera?». El grupo de control recibió la misma respuesta que habría encontrado en línea, pero sin buscarla por su cuenta. Más adelante, cuando se les preguntó cuánto entendían sobre ámbitos del conocimiento completamente ajenos, quienes habían buscado en Internet valoraron sus conocimientos como sustancialmente mayores que quienes solo habían recibido el texto. Antes del experimento, no existía tal diferencia.
El efecto fue tan intenso que, incluso cuando no se proporcionaba una respuesta completa a la pregunta de quienes buscaban en Internet, estos seguían teniendo una percepción exagerada de sus propios conocimientos.
«Los efectos cognitivos de estar en “modo de búsqueda” en Internet pueden ser tan poderosos que las personas siguen sintiéndose más inteligentes incluso cuando sus búsquedas en línea no revelan nada», afirmó Frank Keil, profesor Charles C. y Dorathea S. Dilley de Psicología y Lingüística y autor principal del artículo.
Keil recuerda que se quedó sin acceso a Internet durante un huracán y afirma: «Sentía que me volvía más tonto a cada hora». En las generaciones más jóvenes, el efecto podría ser aún más pronunciado. «El teléfono móvil es casi como una extensión de su cerebro», dijo. «Ni siquiera se dan cuenta de que no es real hasta que se desconectan».
La investigación fue posible gracias a una subvención del Fuller Theological Seminary/Thrive Center for Human Development, en colaboración con la John Templeton Foundation.
Este artículo se publica en colaboración con Yale News. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Bill Hathaway es director asociado de Ciencia y Medicina de Yale.
Imagen: Se muestra una obra de arte de cristal de plomo grabado con láser, de Katherine Dowson, titulada Memory of a Brain Malformation. REUTERS/Chris Helgren
