La conferencia de la International Studies Association, desde donde escribo, es la mayor reunión del mundo de especialistas en relaciones internacionales. Se celebra cada año en una u otra atractiva ciudad estadounidense —Nueva Orleans este año— y es representativa de las grandes reuniones que, sin duda, caracterizan también los encuentros tribales de otras disciplinas.
Es —por tomar prestada una metáfora algo manida y anacrónica— el Woodstock de los especialistas en relaciones internacionales.
Lo llamativo de esta conferencia y, sospecho, de eventos similares en otros ámbitos de la actividad intelectual es la ausencia de una estrella indiscutible. Aquí abundan las figuras más destacadas del campo, pero no hay una sola persona a quien todos reconozcan por llevar los proverbiales límites del conocimiento más allá de lo que hace cualquier otra.
A riesgo de llevar una metáfora improbable hasta el punto de quiebre, no hay ningún Jimi Hendrix del mundo de las relaciones internacionales, ni de ningún otro, ya puestos.
Las analogías son inexactas, pero cualquiera que tenga siquiera un interés pasajero por lo que antes llamábamos música popular sabrá que Jimi hacía con la guitarra cosas que iban más allá del mero virtuosismo técnico. Literalmente, a nadie más se le había ocurrido que se pudieran hacer con un instrumento musical de cualquier tipo las cosas que él hacía. Tenía una originalidad y una creatividad que lo distinguían de sus pares.
Aunque dejemos de lado la posibilidad de que la música y la actividad intelectual funcionen de maneras distintas y tengan métodos diferentes para definir la excelencia y la originalidad, es notable que las grandes ideas capaces de cambiar paradigmas parecen haberse vuelto cada vez más escasas con el paso del tiempo.
Al parecer, nadie tendrá esos destellos de inspiración verdaderamente revolucionarios y deslumbrantes que debieron de asaltar a Copérnico cuando comprendió que todos los demás en la historia de la humanidad se habían equivocado sobre la relación de la Tierra con el Sol.
Copérnico también pudo descubrir una verdad con mayúscula, una posibilidad que hoy se ha vuelto más difícil y controvertida incluso en las ciencias exactas. En las ciencias sociales, podemos acumular nuevos hechos tan bien como cualquiera e incluso desarrollar mejores interpretaciones de los problemas y las relaciones. Pero nadie afirma poder explicar el mundo en su totalidad, y mucho menos predecir qué ocurrirá después. Las «grandes narrativas» han pasado de moda, por lo general con buenas razones.
Esto no significa que hoy no haya muchísimas personas extraordinariamente inteligentes. Al contrario: hay más que nunca. La ISA reúne a las grandes figuras de la disciplina y a sus acólitos. Estoy dispuesto a admitir que algunas figuras veteranas de las relaciones internacionales tienen muchas más neuronas que yo —por desgracia, hoy en día no es un parámetro muy imponente— y que a menudo las emplean de formas más imaginativas e influyentes que yo también.
Pero en los últimos días no he oído nada que no entendiera o reconociera, aunque en ocasiones me quedara deseando tener la capacidad de aplicarlo con tanta inteligencia y/o elocuencia como algunos de mis pares más ilustres. La cuestión es que la distancia entre ser un genio —si es que hoy en día existen personas así— y ser un zoquete comparativo no es tan grande como podríamos pensar.
Quienes están a la vanguardia del conocimiento, al menos según los importantísimos índices de citas, no hacen nada realmente muy distinto del resto de nosotros. Sin embargo, quizá aún haya algo que decir a favor de ser lo que Isaiah Berlin llamaba un erizo —alguien que sabe una gran cosa— y un zorro, alguien que sabe un poco de muchas cosas. Tener una marca reconocible es una forma muy eficaz de ampliar la base de seguidores en las ciencias sociales.
Y, sin embargo, como alguien que sin duda se encuentra en el extremo más zorruno del espectro, me consuela la idea de que uno de los desarrollos teóricos más de moda en mi propio ámbito de trabajo se llama «eclecticismo analítico». En pocas palabras, sostiene la idea, bastante sensata, de que combinar perspectivas de distintos enfoques podría ofrecer una imagen más completa de una realidad social cada vez más compleja.
Pero, aunque el eclecticismo analítico pueda dar una pátina de respetabilidad intelectual a quienes tendemos a hacer generalizaciones bastante amplias, también es un recordatorio revelador de que entre personas formidablemente inteligentes no existe una postura consensuada sobre cómo estudiar ni qué estudiar.
Uno de los reproches más mordaces en la vida académica es que tal o cual persona nunca ha tenido una idea original en toda su vida. Me temo que podría aplicarse a todos nosotros. Incluso cuando creí haber tenido una idea vagamente original sobre la posible relación entre la catástrofe medioambiental y los órdenes políticos, después me señalaron que otros ya habían planteado esta posibilidad 20 o 30 años antes.
Reinventar la rueda intelectual es un problema al que son especialmente propensos los zorros y los diletantes de todas partes. Pero hoy en día ni siquiera los erizos están aportando ideas y teorías que cambien las reglas del juego. A mis oídos poco instruidos y envejecidos, podría decirse lo mismo de la música contemporánea. ¿Dónde está vuestro Jimi, jóvenes?
Quizá vivimos en una época en la que los grandes avances e innovaciones capaces de cambiar paradigmas —ya se trate de conceptos intelectuales, música o cualquiera de las demás artes creativas— han quedado atrás. Lo han oído aquí primero; eso creo.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Mark Beeson es profesor de Política Internacional en la University of Western Australia.
Imagen: Una bombilla cuelga dentro de un restaurante en Madrid. REUTERS/Andrea Comas.
