¿Pueden las leyes fomentar la creatividad?

¿Pueden las leyes fomentar la creatividad?
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Hoy damos comienzo a nuestra serie dedicada a la creatividad: analizaremos qué es, qué sabemos sobre ella y por qué es tan importante.

Imagina que te pidieran redactar una ley que fomentara la creatividad. ¿Cómo sería? Sea cual sea tu respuesta, está bastante claro que no se parecería a los derechos de autor.

Lo cual es extraño, ¿verdad? Porque se supone que los derechos de autor son la ley que impulsa la creatividad. Resulta que el problema es que las características centrales de los derechos de autor se oponen directamente a aquello que favorece la creatividad.

La creatividad es difícil de comprender, y sabemos muy poco sobre qué anima la chispa creativa y por qué algunas personas son más creativas que otras.

Pero hay algo que sí sabemos sobre la creatividad: una forma muy eficaz de hacer que las personas sean menos creativas es pagarles. Una serie de estudios de Edward Deci y Richard Ryan Teresa Amabile, entre otros, han demostrado que los niños de primaria no aprenden a leer si se les paga por hacerlo; que los artistas producen sus peores obras cuando se les encarga producirlas; y que las personas resuelven peor los rompecabezas si se las recompensa por encontrar soluciones acertadas.

¿A qué se debe? La creatividad está estrechamente vinculada a la motivación, y las personas se vuelven creativas cuando las motivan internamente la curiosidad, el interés o el deseo. Se desmotivan —y son menos creativas— cuando se introduce el dinero en la ecuación.

Siempre decimos que el sistema de derechos de autor apoya la creatividad y a los artistas. Pero sus cimientos consisten en asignar derechos económicos que se compran y se venden. Es un sistema basado en el dinero, y ni siquiera exige que se atribuya al artista o autor la creación de su obra. Esto resulta extraño, ya que muchos artistas aceptan que no ganarán mucho dinero, pero todos quieren que se les reconozca como creadores de sus propias obras.

Así pues, los derechos de autor son un sistema jurídico fundado en una premisa que tiende a reducir la producción creativa, en lugar de aumentarla. Y eso sin siquiera considerar todos los problemas que surgen cuando los intereses comerciales buscan extraer el máximo valor de sus derechos de autor.

Esto no significa que los artistas no deban poder ganarse la vida. Simplemente, si diseñaras un sistema para maximizar la creatividad, no vincularías la producción creativa al dinero como hacemos con los derechos de autor.

¿Qué harías entonces? Podrías proporcionar a los artistas dinero suficiente para vivir, sin vincularlo directamente a su producción, por ejemplo mediante subvenciones, ayudas públicas u otras medidas similares. Hace unos años, investigadores del MIT demostraron que una buena forma de fomentar la creatividad es ofrecer financiación a largo plazo, en vez de recompensas a corto plazo.

Te asegurarías de apoyar las mejores obras de los artistas, por lo que ampliarías la importancia de los premios que conceden grandes sumas por obras muy creativas. Y casi con toda seguridad exigirías algún tipo de atribución de las obras, para que, aunque los artistas no cobraran, al menos vieran su nombre en letras de molde.

¿Qué otra cosa harías sin duda? Fomentar una enorme diversidad de creatividad, de todo tipo, sin esperar ningún beneficio comercial.

Y, por supuesto, eso es exactamente lo que hace internet: desde los LOLcats, los creadores de YouTube, los tuits y los fanfics hasta lo que sea que surja como la próxima novedad, internet proporciona el medio para crear y distribuir una gran variedad de material amateur.

No «amateur» en el sentido de que no sepan lo que hacen; no, «amateur» en el sentido de que quienes lo hacen lo hacen por amor, no por el dinero que agota la creatividad.

Quizá, solo quizá, algunos de estos aficionados encuentren un público enorme y puedan sacar provecho de ello. Como E.L. James, cuya obra Cincuenta sombras de Grey fue originalmente un fanfic de Crepúsculo. O la extraordinariamente exitosa serie de novelas Silo, de Hugh Howey. Publicada originalmente por cuenta propia, desde entonces se ha editado en numerosos países, Hollywood ha adquirido sus derechos para una adaptación y constituye la base de una brillante carrera como escritor. Howey ha aprovechado las posibilidades de internet y ha animado a toda una comunidad de autores a reutilizar su material de muchas maneras interesantes.

Pero no empezaron así: empezaron a hacerlo porque no podían evitarlo; eran humanos y, por tanto, tenían que crear.

No deberíamos pensar que los derechos de autor son la única manera, ni siquiera la mejor, de fomentar la creatividad en nuestra sociedad. Gracias a internet, estamos al comienzo de una comprensión totalmente nueva de qué otras posibilidades podrían funcionar mejor.

Buscamos historias sobre todos los aspectos de la creatividad: desde la historia, la psicología y la sociología de la creatividad hasta guías prácticas sobre cómo gestionar, medir y maximizar la creatividad. Si eres académico y tienes experiencia en este campo, presenta una propuesta al editor de Artes.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: el profesor Dan Hunter es el decano fundador de Swinburne Law School.

Imagen: fotografía genérica de una mujer escribiendo. OFFPO REUTERS/Catherine Benson.

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