¿Y si las grandes empresas tecnológicas se convirtieran en organizaciones sin ánimo de lucro?

Who benefits from big tech?
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Tras años de desinformación, brechas de seguridad, prácticas laborales abominables e injerencia en las elecciones, los políticos han decidido que por fin ha llegado el momento de regular a las principales empresas tecnológicas.

Cuesta casi imaginar que hace tan solo una década se considerara a las grandes empresas tecnológicas agentes de la democracia que inaugurarían una era de transparencia y participación cívica sin precedentes. Sus dispositivos y plataformas se crearon (y comercializaron) como bastiones de la libertad de expresión y del intercambio sin restricciones de bienes e ideas.

Sin embargo, la historia reciente nos ha enseñado que las plataformas de estas empresas son demasiado vulnerables a los actores malintencionados, la desinformación y el rastreo ilegal de datos como para dejarlas sin supervisión. Además, algunas empresas que venden bienes físicos han creado rápidamente monopolios que explotan a los trabajadores, ofrecen condiciones laborales deficientes (a menudo peligrosas) y eluden miles de millones de dólares en impuestos.

A estas alturas, la regulación de estas empresas parece inevitable, si no absolutamente necesaria.

La pregunta inevitable, entonces, es hasta qué punto deberían regularse. A los tecno-utopistas, como el fundador de Wikipedia, Jimmy Wales, les parece abominable la idea y sostienen que, pese a sus defectos, las empresas tecnológicas no deberían estar sujetas a la supervisión del Gobierno, por temor a que esta tenga un efecto inhibidor sobre la libertad de expresión o frene el crecimiento económico. En el otro lado del debate están políticos vehementes, como la congresista estadounidense Elizabeth Warren, que ha pedido que se divida Amazon, Apple, Facebook y Google, y Margrethe Vestager, comisaria de Competencia de la UE, que quiere imponer normas estrictas a las prácticas de recopilación de datos.

Pero hay una tercera vía, que no implica disolver ni regular estrictamente a estas empresas de enorme influencia y que, además, garantiza que cumplan su promesa de beneficiar a la sociedad.

Si las empresas tecnológicas se toman en serio su compromiso con el bien común, deberían convertirse en organizaciones sin ánimo de lucro.

A primera vista, esta idea puede parecer aún más radical que intentar disolver estas empresas. Pero operar como organizaciones sin ánimo de lucro permitiría a la industria tecnológica continuar con sus actividades y, al mismo tiempo, cumplir su promesa de servir al bien común.

Todos los problemas que aquejan a la industria tecnológica se derivan de su enfoque en los beneficios a corto plazo. Esto no es necesariamente culpa de la industria, sino más bien consecuencia de un sistema financiero defectuoso que incentiva las ganancias a corto plazo, a menudo a expensas de la sostenibilidad a largo plazo. Estas empresas han actuado como lo habría hecho cualquier otra: tratando de maximizar los ingresos y el valor para los accionistas. Y se les da muy bien. Las grandes empresas tecnológicas mencionadas antes están entre las más grandes de la historia de la humanidad.

Pero todo ese éxito ha tenido un coste considerable: en particular, la propagación de la desinformación y una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres. Según Kaushik Basu, ex economista jefe del Banco Mundial, la tecnología ha ampliado la brecha de riqueza en los países de ingresos medios y altos, y probablemente tendrá el mismo efecto de estratificación en los países en desarrollo durante los próximos años.

Eliminar el afán de lucro de estas empresas las libraría de esa presión y les daría libertad para actuar conforme a sus misiones declaradas. (Una organización sin ánimo de lucro es aquella cuyo objetivo declarado es promover el bienestar público y que, por lo general, no tiene que pagar impuestos por ello. Sin embargo, en muchos casos funciona de manera similar a una empresa.)

«Lo verdaderamente poderoso de las organizaciones sin ánimo de lucro es que no intentan generar beneficios», dice Chris McKenna, historiador empresarial de la Saïd Business School de la Universidad de Oxford y firme defensor del modelo empresarial sin ánimo de lucro. «En cambio, [las organizaciones sin ánimo de lucro] pueden invertir durante largos períodos. Pueden atraer a personas muy intelectuales e interesantes para que trabajen con ellas por salarios más bajos. Y pueden motivar a la gente a invertir en ellas, literalmente, a darles dinero».

Este tipo de estructura empresarial es más común de lo que muchos creen. Varias multinacionales de gran éxito son propiedad de «fundaciones industriales», como Carlsberg, Heineken, Ikea y Rolex. Según este modelo, la fundación elige un consejo de administración que opera de forma independiente de la empresa. Nadie del área empresarial de la organización puede destituir ni sustituir a sus miembros. La remuneración de estos tampoco depende de la rentabilidad de la empresa. Todas estas características garantizan que la empresa mantenga el foco en la sostenibilidad y la viabilidad a largo plazo.

Quienes se oponen a esta idea la criticarán con el argumento de que frenará el progreso e impedirá que la economía mundial alcance todo su potencial. Pero esos temores carecen de fundamento. No hay pruebas de que las empresas con ánimo de lucro sean más innovadoras que las que sirven al bien común, y en los últimos años, las organizaciones sin ánimo de lucro han crecido más rápido que las empresas privadas.

Como organizaciones sin ánimo de lucro, las empresas tecnológicas seguirán pudiendo contratar a los mejores talentos y crear dispositivos y programas informáticos de primer nivel. Si acaso, transformarse en organizaciones sin ánimo de lucro aumentará el talento disponible en el sector tecnológico, pues la gente tendrá ganas de trabajar en proyectos que beneficien activamente a la sociedad.

El fabricante alemán de componentes para automóviles Bosch Group, por ejemplo, pertenece mayoritariamente a la fundación sin ánimo de lucro Robert Bosch Stiftung, que vela por que el área empresarial de la compañía se ajuste a los ideales filantrópicos de la fundación. Durante las últimas décadas, esta ha donado más de 1.000 millones de dólares a diversas organizaciones benéficas. Y la propia empresa sigue prosperando.

De hecho, las organizaciones sin ánimo de lucro tienen tanto éxito que algunos expertos en negocios y marketing afirman que gozan de una ventaja injusta frente a empresas con modelos corporativos más tradicionales.

Por otro lado, el modelo basado en los accionistas sencillamente no es bueno para el planeta ni para sus habitantes. The Enlightened Capitalists, un nuevo libro de James O’Toole sobre empresas socialmente responsables, destaca compañías que han logrado crecer sin renunciar a sus principios. Pero el libro también revela, aunque sin proponérselo, lo difícil que resulta hacerlo con la estructura típica de una empresa privada.

«La inmensa mayoría de la riqueza está en manos de empresas propiedad de accionistas. Entonces, ¿qué valor tienen las prácticas virtuosas si solo pueden existir en los márgenes, donde no está el dinero de verdad?» escribe Bethany McLean en una reseña del libro.

La tecnología siempre ha prometido hacer del mundo un lugar más conectado, abierto y equitativo. Si de verdad quiere cumplir esa promesa, sus empresas deberían abandonar las prácticas habituales y adoptar el modelo sin ánimo de lucro, que nos beneficia a todos.

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