Hora cero: nuestra región ante la pandemia

A group of residents of the marginal neighborhood of Chapeu Mangueira, carry boxes of food to give to homeless people in the Copacabana neighborhood during the outbreak of coronavirus disease (COVID-19), in Rio de Janeiro, Brazil, on April 11 2020.
A group of residents of the marginal neighborhood of Chapeu Mangueira, carry boxes of food to give to homeless people in the Copacabana neighborhood during the outbreak of coronavirus disease (COVID-19), in Rio de Janeiro, Brazil, on April 11 2020.Image: REUTERS / Lucas Landau
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Es cierto que la historia relata el impacto devastador de pandemias pasadas, pero ninguna de ellas estalló en un mundo tan poblado (con 7.600 millones de personas) ni tan interconectado, y con un planeta ambientalmente enfermo. Esta es la mayor crisis humana y sanitaria que jamás hayamos afrontado. Esa afirmación debe servir de principio rector para abordarla eficazmente. Por supuesto, tiene profundas implicaciones económicas, pero el centro de atención, el foco de las decisiones de política pública, debe ser proteger uno de los bienes públicos globales más valiosos que existen: la salud y el bienestar de las personas.

En este contexto, cabe mencionar que América Latina y el Caribe se verán afectados por cinco principales canales externos: la caída de la actividad económica de nuestros principales socios comerciales, especialmente China, Europa y Estados Unidos; el descenso de los precios de nuestras materias primas; la interrupción de las cadenas de valor globales y regionales; la fuerte caída de la demanda de servicios turísticos, que afecta principalmente al Caribe; y un aumento de la aversión al riesgo y el deterioro de las condiciones financieras globales, así como las salidas de capital de la región, con la consiguiente devaluación de nuestras monedas.

La llegada de la COVID-19 se produjo en un mal momento. A escala mundial, 2019 registró el peor desempeño de la última década (un crecimiento del PIB del 2,5 %). En el caso de América Latina y el Caribe, el desempeño fue aún más dramático. Para encontrar niveles de crecimiento inferiores a los registrados por la región en los últimos siete años, hay que remontarse siete décadas.

«Debemos aprender a mirar la realidad de frente; si es necesario, debemos inventar palabras e ideas nuevas para estas nuevas realidades que nos desafían. Pensar es la primera obligación de la inteligencia y, en ciertos casos, la única.»

Octavio Paz, ensayista y poeta, El laberinto de la soledad

Hace apenas unos meses, tras cerrar 2019 con un magro crecimiento regional de tan solo el 0,1 %, la CEPAL estimó que en 2020 habría una modesta recuperación y que la tasa de crecimiento alcanzaría el 1,3 % del PIB. Hoy, una estimación conservadora —basada en datos que todavía están en proceso de estabilización— indica que América Latina y el Caribe registrarán un crecimiento negativo del -1,8 % este año, con una probable tendencia a la baja.

Los efectos de esta crisis en nuestros principales socios comerciales presagian una caída del valor de las exportaciones de nuestra región que podría alcanzar una magnitud del -10,7 %. Este escenario implica un aumento significativo del desempleo, junto con una mayor informalidad en el mercado laboral.

Los efectos consiguientes del crecimiento negativo y del aumento del desempleo se traducen en un incremento de la pobreza y la pobreza extrema. Si se confirman los datos de referencia, en 2020 el número de personas pobres aumentaría de los 186 millones actuales a 220 millones, y el número de habitantes de América Latina y el Caribe que viven en condiciones de pobreza extrema pasaría de 67,5 millones a 90,8 millones.

Esta crisis nos encuentra con sistemas de salud fragmentados y sin cobertura universal: actualmente, más del 47 % de la población carece de acceso a la seguridad social. La crisis es especialmente aguda para los 58 millones de personas mayores de 65 años de nuestra región. El desafío es enorme y exige encontrar nuevas herramientas para nuestra caja de herramientas. Cada país tendrá que explorar sus opciones con creatividad y ampliar el abanico de respuestas posibles, reconociendo que no existen fórmulas conocidas, pero también que hay medidas que deben tomarse.

En la situación actual, no se puede pasar por alto que se necesita un estímulo fiscal masivo para reforzar los servicios de salud y proteger los ingresos y el empleo, entre los numerosos desafíos que tenemos por delante. Hoy no se puede interrumpir el suministro de bienes esenciales (medicamentos, alimentos, energía), y debe garantizarse el acceso universal a las pruebas de COVID-19, junto con la atención médica para todas las personas que la necesiten. Dotar a nuestros sistemas de salud de los fondos necesarios es un imperativo ineludible.

Cuando hablamos de un estímulo fiscal masivo, también hablamos de financiar los sistemas de protección social que atienden a los sectores más vulnerables. Hablamos de poner en marcha programas no contributivos, como las transferencias directas de efectivo, la financiación del seguro de desempleo y las prestaciones para las personas subempleadas y autónomas.

Asimismo, los bancos centrales deben garantizar la liquidez para que el aparato productivo pueda seguir funcionando. Estos esfuerzos deben traducirse en apoyo a las empresas mediante préstamos sin intereses para pagar los salarios. Además, hay que ayudar a empresas y hogares aplazando los pagos de préstamos, hipotecas y alquileres. Se necesitarán muchas intervenciones para garantizar que no se interrumpa la cadena de pagos. Los bancos de desarrollo deben desempeñar un papel importante en ello.

Y, desde luego, los organismos multilaterales de financiación tendrán que considerar nuevas políticas de préstamos a bajo interés y ofrecer alivio y aplazamientos en el servicio de la deuda vigente para crear margen fiscal.

También es urgente levantar las sanciones unilaterales y los bloqueos impuestos en el mundo y en nuestra región, ya que obstaculizan el acceso de poblaciones enteras a bienes y servicios indispensables para afrontar este desafío. Hoy, las consideraciones humanitarias deben primar sobre las diferencias políticas. La salud no puede ser rehén de disputas geopolíticas.

Es un momento complejo, y llega cuando nuestro planeta está enfermo. Atraviesa una de sus peores etapas desde el punto de vista ambiental, con océanos y ríos contaminados, bosques devastados, suelos erosionados, extinción masiva de especies y ciclos climáticos alterados. Este debe ser el momento de reflexionar sobre la insostenibilidad de un modelo de desarrollo desigual.

Esta nueva crisis sanitaria ha dejado al descubierto la fragilidad de la globalización y del modelo de desarrollo en que se basaba. La ruptura de las cadenas de suministro, la caída del crecimiento global y el desempeño de los mercados financieros han expuesto la vulnerabilidad global de nuestras economías. A la luz de las pruebas que aporta esta crisis, la comunidad mundial tendrá que afrontar el hecho de que la globalización no funcionó como se prometía y debe reformarse.

Hay que contener y regular la desconexión entre los mercados financieros y los flujos de la economía real. El comercio internacional no es un motor inevitable del crecimiento a largo plazo si no existen políticas para diversificar y transformar la producción. Las desigualdades entre países y dentro de ellos agravan la fragilidad del sistema global y deben revertirse.

Esta pandemia tiene el potencial de transformar la geopolítica de la globalización, pero también es una oportunidad para examinar los beneficios de la acción multilateral y abrir espacio al debate necesario sobre un nuevo modelo de desarrollo sostenible e igualitario. Como escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad: «Debemos aprender a mirar la realidad de frente. Si es necesario, debemos inventar palabras e ideas nuevas para estas nuevas realidades que nos desafían.»

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