Cómo crear un mundo en el que la atención sanitaria sea un derecho, no un lujo

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Ha sido gratificante ver que la Organización Mundial de la Salud (OMS) utiliza su voz para insistir en que la cobertura sanitaria universal –la idea de que todas las personas, en cualquier lugar, deberían poder acceder a servicios de salud y medicamentos de calidad– es un componente esencial para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Ha logrado situar la cobertura sanitaria universal, o CSU, en un lugar destacado de la agenda de la Asamblea General de las Naciones Unidas de este otoño.

Pero en un mundo donde la mitad de la población carece de atención sanitaria esencial, surgen de inmediato preguntas clave: ¿cómo logramos la CSU y cómo la financiamos?

Esperamos que ambas cuestiones figuren en la agenda cuando los ministros de Salud y de Finanzas del G20 se reúnan para una cena de trabajo en Japón, al margen de la Cumbre de Líderes del G20 en Osaka. Es la primera reunión de este tipo, pero algo que deberá ser habitual para crear un mundo en el que la cobertura sanitaria sea un derecho humano, no un lujo.

Como personas cuyo trabajo se dedica a aprovechar el poder de la investigación y la innovación para reducir las desigualdades sanitarias mundiales, hemos seguido de cerca el creciente interés por la CSU y el desafío muy real de movilizar financiación para atender las necesidades sanitarias de las poblaciones más pobres del mundo. Creemos que nuestra experiencia puede ofrecer algunas perspectivas útiles tanto para alcanzar como para financiar la CSU.

En primer lugar, creemos que alcanzar este objetivo requerirá inversiones públicas nuevas y significativas en investigación y desarrollo (I+D) para ofrecer innovaciones específicas a las comunidades desatendidas de los países de ingreso bajo y mediano.

También creemos que dos décadas de financiación innovadora y de alianzas público-privadas (APP), que han aportado soluciones revolucionarias en materia de salud mundial, constituyen un modelo para utilizar inversiones gubernamentales que aprovechen los activos de la industria y nos acerquen a los objetivos de cobertura universal.

Image: Organización Mundial de la Salud

La innovación es fundamental

Pero, primero, cabe preguntarse: ¿por qué es fundamental la innovación para la CSU? ¿Acaso la atención sanitaria esencial no está ya disponible en algún lugar, solo que no es accesible para todas las personas en todas partes? En realidad, eso no es cierto.

Consideremos la tuberculosis (TB), que actualmente afecta a una cuarta parte de la población mundial, en su mayoría personas de países de ingreso bajo y mediano. Por tanto, para unos 2000 millones de personas, la cobertura sanitaria esencial exige diagnosticar y tratar eficazmente la TB.

Sin embargo, la mayoría de los tratamientos contra la TB tienen casi 50 años y requieren de seis meses a dos años de ingerir una asombrosa variedad de medicamentos. Algunos son tóxicos y están fracasando frente al número creciente de infecciones resistentes a los fármacos.

Pero están surgiendo nuevas soluciones. A principios de este mes, un panel asesor de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos votó a favor de un nuevo régimen farmacológico para formas de TB altamente resistentes a los fármacos. El régimen surgió de un consorcio que utiliza fondos de varios gobiernos y filantropías para incentivar a los socios de la industria a desarrollar nuevos tratamientos contra la TB.

Alianzas público-privadas

Otro modelo de APP, el Fondo Japonés de Tecnología Innovadora para la Salud Mundial (GHIT, por sus siglas en inglés), fue concebido, conceptualizado e institucionalizado originalmente por la dirección de empresas farmacéuticas japonesas para utilizar sus innovaciones y tecnologías en beneficio de pacientes de todo el mundo que padecen enfermedades desatendidas.

El Fondo GHIT estableció un modelo de financiación innovador para impulsar innovaciones en salud mundial mediante alianzas entre el Gobierno de Japón, empresas farmacéuticas y de ciencias de la vida, la Fundación Bill y Melinda Gates y el Wellcome Trust. Por ejemplo, el Fondo GHIT ha invertido en una alianza entre FUJIFILM Corporation y la Fundación para Nuevos Diagnósticos Innovadores con el fin de desarrollar una prueba de diagnóstico rápido de la TB en pacientes VIH positivos. Solo requiere una muestra de orina, una alternativa a pruebas invasivas de mala calidad que hacen que muchas infecciones de TB pasen desapercibidas y sin tratamiento.

Mientras tanto, otras APP están desarrollando nuevas soluciones para varias enfermedades desatendidas, como el paludismo, la enfermedad de Chagas y la tripanosomiasis africana. Como estas enfermedades afectan de manera desproporcionada a los países pobres, existe una falta de incentivos comerciales que atraigan la inversión de la industria. De cara al futuro, lograr la CSU en muchas partes del mundo requerirá una financiación más innovadora para la innovación.

La búsqueda de fondos públicos

Ha sido alentador que los líderes mundiales, al organizar la próxima Reunión de Alto Nivel de las Naciones Unidas sobre la Cobertura Sanitaria Universal, hayan reconocido explícitamente la necesidad de I+D impulsada por la salud pública, así como de incentivos que reúnan a socios de los sectores público y privado para avanzar en nuevos productos sanitarios. Pero ¿cómo convencemos a los ministros de Finanzas para que impulsen estos loables objetivos con financiación nueva y significativa?

Para empezar, pueden observar cómo las alianzas que hoy ofrecen innovaciones en salud mundial han utilizado con éxito una inyección de nuevos fondos públicos para reducir el riesgo de una inversión industrial considerable que, de otro modo, sería imposible de justificar ante los accionistas.

Pero los beneficios para los países del G20 van más allá de la asignación prudente de fondos públicos. El G20 es una alianza económica, y la salud es cada vez más un asunto económico. Por ejemplo, solo en los países donde el paludismo es endémico, una reducción del 10 % de las infecciones se ha asociado con un aumento del 0,3 % en el crecimiento económico. Es una cifra que merece atención en el G20 de Japón, dado que el paludismo resistente a los fármacos sigue extendiéndose entre socios comerciales japoneses clave, como Tailandia y Vietnam. Y la única solución es realizar las inversiones que puedan generar nuevas innovaciones contra el paludismo.

Mientras tanto, la I+D en salud mundial también puede estimular el crecimiento en los países donantes. Un estudio de 2017 concluyó que, en Estados Unidos, durante un periodo de ocho años, las inversiones del gobierno estadounidense en el desarrollo de tecnologías de salud mundial generaron 200 000 empleos nacionales y 33 000 millones de dólares en crecimiento económico.

Un objetivo alcanzable

Es mucho pedir a los ministros del G20 que se sienten a una cena de apenas dos horas para asimilar todas las razones por las que una mayor inversión en I+D en salud mundial es fundamental para alcanzar los objetivos de la CSU, y por qué asumir compromisos nuevos y sustanciales con la financiación innovadora puede generar una serie de avances en salud mundial que ofrecen a los países del G20 una amplia diversidad de rendimientos económicos.

Pero durante demasiado tiempo, las agendas de los ministros de Salud y de Finanzas han parecido existir en órbitas separadas, a veces incluso antagónicas. Y los intereses del sector privado han tenido dificultades para ver el argumento empresarial de invertir en la equidad sanitaria mundial.

Pero la buena noticia es que existen enfoques probados que generan resultados tangibles y aprovechan eficazmente las coinversiones de los gobiernos y de los socios industriales, lo que puede ayudar a salvar estas brechas. También pueden empezar a transformar el impulso hacia la CSU, de un viaje aparentemente quijotesco, en un objetivo realista y alcanzable.

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